Donde aparece la mujer del violonchelo

Imagen: The Cello Player / Robert Sivell (1888–1958)

 

Marti Lelis / Pasajes de novela

 

De esos sábados en que parece que no pasa nada en la ciudad, viendo el atardecer, en medio de un bochorno inusual para la época del año.

Sin embargo, es seguro que desde el consultorio de Medina se debió ver bien lo que sucedió en la plaza, el domingo pasado. Como siempre, ya era la hora del crepúsculo con las mismas nubes naranjas y violetas. Tal vez Medina acababa de quitarse la bata blanca y la había colgado en el perchero. Fue a pararse frente a la ventana. Debió haber visto la inusual calma en la plaza, las ardillas disputando con las palomas mendrugos de pan en los jardines.

Yo estaba metido bajo los arcos de los portales, recargado en una de las columnas de basalto, sintiendo moverse a la doctora Medina, allá arriba. Antes, la había visto entrar en el edificio, cuando yo aún estaba sentado en una banca del parque, aguardando a que “la voz” apareciera de nuevo.

Hace tiempo descubrí que Medina suele venir los domingos por la tarde al consultorio. No hay consultas. Debe estar para poner en orden sus papeles, para rumiar su soledad o mirar por la ventana, para lamentarse por no haber defendido a su única hija, para escapar de su casa, del teléfono en su casa, librarse de las insidiosas llamadas telefónicas de los cobradores del banco. El caso es que está en el consultorio hasta las nueve de la noche, hora en que sale puntual y camina por la Avenida Principal, recargándose en su bastón de aluminio. Ahora la podía imaginar espiando en el balcón, veía su perfil aguileño, el montón de arrugas en la frente, el amontonamiento de pequeños pliegues alrededor de los ojos. Tal vez se había permitido un vaso de vodka. Ahora estaría sintiendo la calidez bajando por su garganta.

Primero fue la mujer, antes que “la voz”, pero sólo aventajándola por un instante. No vi si salió del Posada o llegó por la avenida, pero en un momento ya estaba en la plancha del parque y caminaba hacia mi posición, desde mi derecha. Llevaba puesta una larga gabardina de piel roja, zapatillas negras asomando apenas con cada paso; gafas oscuras y el cabello castaño claro, del largo suficiente para tocar sus hombros; usaba guantes blancos y en la mano izquierda balanceaba al ritmo de su paso el ostensible estuche de un violonchelo. Curioso que la visión alternara entre mi posición a nivel de calle, y la elevada, desde los ojos de Medina —en esa perspectiva la mujer parecía más baja, una mancha roja entre los verdes del parque, contra el gris de los adoquines. Pasó de largo con parsimonia y fue a darle la vuelta al parque. Al pasar de nuevo frente a mí, se detuvo, echó un vistazo a su muñeca.

—Perdón, ¿qué hora tiene? —dijo con una voz dulce que me hizo pensar que, además de música, también era cantante.Medina sorbió de su vaso. Miró con curiosidad al que parecía ser su paciente, hablando con una mujer de rojo en el parque.

—Cinco para las ocho —respondí al tiempo de señalarle con un movimiento de la cabeza el reloj en la parte alta del Palacio de Gobierno—. Pero no parece tan tarde, es temporada de días largos —agregué casualmente, sólo por ver si la del violonchelo me decía algo más.

—Gracias —fue todo lo que dijo. Echó a andar de nuevo con el mismo paso ceremonial, con un ligero inclinarse hacia el lado contrario del estuche del violonchelo.

Medina podía pensar lo que le diera la gana, “¡Ah, otra que se le va!”, o cualquier tontería que le viniera a cuento de mirarme hablando con una forastera. No me movería de la banca hasta ver en qué paraba este episodio que, ahora estaba seguro, “la voz” me estaba contando.

Lo malo es que Medina perdió interés en la escena y dejó la ventana para llenar de nuevo su vaso; colocó la botella en el librero, al pie de La noche estrellada y estuvo unos momentos viendo el cuadro. Mañana tenía agenda llena, lo mismo el martes, el miércoles, toda la semana, el mismo fastidio del cual sólo se liberaba por ética profesional y otro poco porque, si se jubilaba ahora, recibiría una miseria. Eso estaba pensando cuando la bala entró por la ventana y agujeró La noche estrellada justo en la iglesia, en el cielo. Se escuchó el tableteo de los disparos en la plaza, Medina echada en el piso, junto a la ventana, aterrada pero ilesa, mirando el cielo y un puñado de estrellas titilando en calma justo en el cuadro perforado. “Ay Dios”, pudo haber dicho, o pensado, y la vista se le fue apagando por el terror. Sin duda, ahí fue el momento en que su mente se quebró.

***

Cuaderno. Viendo el cuaderno comprendo de pronto que en realidad hay varias voces. Sobre todo, destacan dos: la que describe el mundo y la que narra el mundo. Es sólo que no nos damos cuenta de ello. La idea es inquietante. Cuando vino a mi cabeza, tenía sobre la cama el cuaderno y en el cuaderno la palabra “cuaderno”. Dos cuadernos. Uno era el remedo del otro. Remedo de palabras, imitación. Y si cierro los ojos, aparece otro más en mi mente. La realidad es una ilusión y se repite o quiere repetirse, llegar a la perfección del acto de representarse. ¿Y si yo no estuviera? ¿Si nosotros no estuviéramos? ¿Quién es “yo”?Estuve un rato dándole más vueltas a la idea. Acabé pensando en espejos, divagando sobre los espejos hasta quedarme dormido. Repetí en sueños, transfigurado, lo que había hecho y pensado durante el día.

***
Era una lluvia fina, de ésa a la que no temes meterte, pero igual moja. Toda la tarde, desde que comenzó a llover, la mujer del violonchelo estuvo dando vueltas al parque, dejando mojar, sin preocuparse, la madera del estuche, empapándose la gabardina roja que se le pegaba al cuerpo. La estuve viendo sin lujuria, recargado contra el borde de la fuente, fumando mi último cigarrillo. Tal vez la chica pertenecía a un cuarteto de cuerdas que no acordó bien la hora o lugar de la cita. Quizás era una “mujer fatal” actuando su papel con regocijo, a la espera de más público masculino o femenino. O tal vez era una asesina hollywoodesca que cargaba su mejor arma en el estuche del instrumento y esperaba a su víctima, perdiendo, poco a poco, la paciencia, no por la humedad, sino por el escaso público disponible. Le estuve mirando los zapatos de tacón e imaginé sus deditos fríos, arrugados de humedad al interior de la piel negra, reblandecida del calzado.

De momento vino y me pidió un cigarrillo. Le dije que era el último, y señalé la colilla que recién había lanzado al suelo. Podíamos tomar un café, comprar cigarrillos, hablar del violonchelo, del concierto frustrado y de cómo la lluvia arruinaba la posibilidad de sentarnos en una banca del parque a darle arroz a las palomas; en cambio, nos quedamos mirando hacia el final de la calle, como si de ahí fueran a llegar los otros músicos o el convoy del político que sería víctima del improbable “cuerno de chivo” que la mujer escondía en el estuche del instrumento. Me preguntó la hora después de consultar su propio reloj. Le dije que eran cinco para las ocho, señalando con la cabeza el reloj en lo alto del Palacio de Gobierno.

Ya no llovía. Sólo había gotas que escurrían de los árboles y rompían el reflejo de los charcos. En cualquier momento reaparecería la gente que se fue con la lluvia y se rompería el silencio donde yo sentía crecer nuestra complicidad de extraños, la fantasiosa posibilidad de prolongar el encuentro. “Ahora vuelvo, voy por cigarros”, le dije. Hube de atravesar la calle, meterme de prisa en la tienda del gordo Aceves, prometerle que le pagaría la próxima semana, señalando con la mirada al parque, hacia la mujer, antes de que los disparos y el chirrido de las llantas, los vidrios rotos y un vuelo ruidoso de palomas, nos dejaran pasmados.
Cuando el escándalo terminó, el gordo Aceves temblaba con su libretita en la mano. Nos incorporamos detrás del mostrador. Yo no podía quitar la vista de la banca del parque donde había dejado a la mujer. Un montón de ramas rotas y hojarasca marcaba la ausencia del estuche y de la chica. A continuación, varios vehículos militares cercaron el parque, vomitando soldados por todos lados. “Te los pago la próxima semana”, dije a Macías que seguía temblando. Balbuceó cualquier cosa con las manos sobándose el pecho, pálido, en estado de shock.Ella no estaba. Lo importante era que no estaba. Encendí un cigarrillo. Salí de la tienda. Torcí a la derecha para irme de vuelta a casa; había palomas en el pavimento, los casquillos de las balas se confundían con la hojarasca. La voz me urgía: “No mires atrás, no mires atrás”. Y no miré, ni tuve miedo. Había cosas más importantes que temer.

***

—¿Pérez Maqueda? —preguntó la del violonchelo en cuanto la puerta se abrió y se le vino encima el olor a viejo, a tabaco, a humedad y libros. Fernán la miró sorprendido pues era la primera visita que recibía, fuera de la viudita que lo importunaba cada tercer día para saber si se le ofrecía algo.

—Sí, a sus órdenes. ¿En qué la puedo ayudar? —dijo el detective con el destornillador en la mano, en camiseta de tirantes, analizando ya las dimensiones del estuche, leyendo los significados de la vestimenta, del peinado, del gesto decidido en el rostro de la mujer de gabardina roja.

—Leí su anuncio en el periódico y lo vine a buscar.

—Desde luego —dijo el detective—, pase, pase. Abrió un poco más la puerta e hizo el gesto de ayudarle a cargar el estuche, pero ella lo detuvo:

—Yo puedo, así estoy bien.

Abrazó el estuche mientras entraba dejando una estela de perfume que Pérez Maqueda disfrutó con discreción. El despacho estaba en penumbra.

—Usted disculpará, pero me acaban de llegar todos mis libros y no he tenido tiempo de acomodarlos —dijo indicándole a la de rojo el camino hacia los sillones. Había un laberinto de pilas de libros y cajas de cartón entre la puerta y el fondo del cuarto.

—No se preocupe —dijo ella—. Pero sí abriré las cortinas y una ventana, si no le molesta.

—No me molesta. Lo haré yo. Usted tome asiento.

Mientras Fernán se ocupaba de ello, la mujer puso a un lado el estuche del violonchelo y echó un vistazo a la mesa de trabajo, el reloj fuera de su caja, los montones de piezas del rompecabezas; también miró los recortes de periódicos prendidos en las paredes con tachuelas.

—¿Está trabajando en muchos casos? —dijo mientras se sacaba los guantes de cabritilla con movimientos precisos.

—En “el caso”, señorita, en “el caso”. Como ve, recién me estoy instalando en la ciudad y apenas hace dos días que puse el anuncio en el periódico. Usted es la primera persona que viene a buscarme.

—¿“El caso”? —dijo ella con gesto de falsa sorpresa, cruzando la pierna—. Cuénteme, continuó, ¿cuál es “el caso”? Si se puede saber, digo.

—Lo siento, no se puede saber. Usted sabe, la ética y las supersticiones me lo impiden    —dijo el detective de buen humor—. Imagínese que usted me contrata y al día siguiente le ando contando a quien sea los detalles de usted y sus asuntos. No es por otra cosa.

—Bromeaba —dijo la del violonchelo—. Lo ponía a prueba, nada más. Tampoco me lo tome a mal.

La cara se le iluminó con una sonrisa que sobresaltó a Pérez Maqueda, no sólo por la belleza de la mujer y el cuadro que componía sentada ahí en el viejo sillón, con el estuche de violonchelo a un lado, pilas de libros enfrente y atrás; además estaba la sensación de que él ya la conocía o la había visto en otro lado, quizás en el pueblo, quizás en las páginas de algún diario. La miró ladeando un poco la cabeza, como para recordar.

—¿Qué? —dijo ella de improviso—. No me diga que nos conocemos, porque yo a usted no lo recuerdo.

—Lo siento, me le quedé viendo mucho. Algo hay de eso. Quizás la vi, no estoy seguro. Pero no me haga caso. ¿Le ofrezco un café?

—Sí, gracias, sin azúcar.

Mientras ponía a hervir agua en una tetera chifladora y abollada, el detective le calculó unos treinta años o pasados un poco, sin llegar a treinta y cinco. Había algo en el tono oscuro de su cabello, en el peinado, en el labial intenso y la mirada de ella que le hacía sentir que, si la observaba detenidamente unos minutos, acabaría por reconocerla.

—Usted lee mucho, por lo que veo. ¿Qué lee? —preguntó la mujer paseando la mirada por los montones de libros.

—Demasiados libros, sí. Me gusta leer. Un poco de todo: hay que mantener el mecanismo del cerebro funcionando en esta profesión.

La mujer quedó esperando algo más, sin cambiar de expresión, sin apenas moverse, sólo lo necesario para respirar.

—Y hablando de mecanismos: ¿le interesan los relojes antiguos? —dijo él para romper el breve silencio. Se acercó a la mesa de trabajo y levantó el mecanismo—. Acabo de componer éste, y ahora es mío. Sólo me falta meterlo de nuevo a su mueble y lo pondré en esa pared.

—Es bonito —dijo ella—. Qué bueno que ya funciona. Se verá muy bien ahí. Digamos que sí, me interesan los relojes, pero más el tiempo.

Recargó el codo en la rodilla cruzada y puso la barbilla en la palma de la mano, la mirada alerta, los labios apenas apretados y brillantes, esperando con interés lo que ahora él iba a decir, lo que el hombre o el detective iban ahora a decirle a una mujer que sabe a lo que ha ido y tiene todo calculado: seducción o profesionalismo, opción A u opción B, siempre lo mismo, y ella tenía la respuesta a cualquiera de las dos.

—¿Le gustan los gatos? —preguntó él, al tiempo que la tetera en la estufa comenzó a chiflar.

***

—Te vas a ir y yo me quedaría con el arrepentimiento. No puedo. Dejémoslo así —dijo Pérez Maqueda apartándola con suavidad.

—Entiendo. Gracias. No me ofendes, me halagas. Eres gentil.

Ella tomó del piso el estuche del violonchelo y Pérez Maqueda su sombrero. En la puerta le preguntó:

—¿Hace mucho que tocas el violonchelo?

—¿Cuál violonchelo? —replicó ella sonriendo y echó a andar.

—Oye: ¿Y las mariposas…?

Pero la mujer ya era de nuevo la de la gabardina roja y, por supuesto, no contestó. El transbordador zarparía en menos de una hora. Después de todo, pensó Pérez Maqueda, es mi primer caso en esta ciudad, ¿acaso dejaría cabos sueltos, aunque sólo fueran detalles curiosos que daba igual o no aclarar? Dudó sólo un minuto. Se puso la camisa, el saco, y salió. La mujer apenas estaría cruzando el parque.

***

Pasajes de novela inédita (buscando arriesgado editor).

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