Rosa doble de otra

“El estilo es el orden y la movilidad que se les pone a los pensamientos”, decía (más o menos) Leclerc. ¡Con qué habilidad el Conde (¡bufón!) nos convence de lo bien que haríamos planificando nuestra escritura! ¡Qué maravilla cartesiana ver florecer textos en medio del campo bien arado y abonado de nuestra inteligencia! Ahí donde diseñamos el plan sintético, lógico, económico, para rendir una rosa —el boceto leve y gris de lo que habrá de ser una maravilla de la técnica—; ahí no cabrán sino las exclamaciones de asombro provocadas por la segunda rosa, tan sin vida como perfecta, que se levanta de entre las bien planificadas estructuras de sus pétalos, de sus hojas y tallos. Ya realizada, esta rosa de palabras queda lista para el escrutinio dedicado de los jardineros, quienes, a poco de contemplarla le descubrirán estructuras, líneas, ideas, temas en los que se refocilarán al descubrir el armazón.

Pero la otra rosa, su doble demoníaco, la rosa que podemos crear al darle un sacudón al rosal y desparramar como cuentas los pétalos en el piso; la falsamente improvisada, la que se puede corregir de un plumazo, la desprestigiada rosa, ¿quién la cultiva?, ¿quién jamás la cultiva?, ¿quién leerá sus pétalos arrastrados por el viento?

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Marti Lelis / Del segundo poemario

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