El San Juan a escala (fragmento de novela)

En el departamento de al lado —¿por qué ya no hacen las paredes gruesas como antes?— los gritos del hombre fueron acallados por los de la mujer y un estrépito de platos rotos. Imaginé el florero que sobrevivía, azul, transparente, lleno de flores, sobre la mesa, esperando el momento de convertirse en proyectil y nube de margaritas y lluvia dirigidos contra la cabeza del enemigo. Luego los sollozos, sincopados y burbujeantes. En diez minutos, al silencio lo sustituirían los murmullos arrepentidos; y en cinco más, a los murmullos seguirían los chirridos estoicos de la cama y los otros gritos, más sinceros. Lo repiten puntualmente, más o menos cada mes. Aprovecho el episodio como una tregua forzada en el trabajo con mis papeles y libros. Cierro el Diario de Xabier y salgo a pasear.

¿Ya había escrito que en San Juan, mi pueblo, todo el mundo dice adiós? El saludo como despedida: saludespedida. Un adiós de distinto signo al que Torquemada le dedicó a Xabier, ¿cómo decía?, “¡Aquí se acabó España!”. Tonterías. Le faltaban las islas de la Gran Canaria, las escalas, un océano completo que cruzar para llegar a La Española, y luego, ¿cuántos días más para llegar a la Villa Rica de la Vera Cruz? ¿Cuántos años para darle la vuelta al mundo y darse cuenta que, por más lejos que fuera, no se podía librar de España, que a España la llevaba a cuestas? “Aquí se acabó España”, el grito amenazante, incierto de Fray Diego, que a Xabier se le tornaba sentencia mínima en la que cabía toda una cultura. Un Adelantado, un galeote, un talabartero, un virrey, una puta, fuera quien fuera, llevaba España encima, sin remedio, y la propagaba sembrando la semilla de un naranjero; una semilla, un poema, los balbuceos y comparaciones del Gran Almirante, la vegetación, la palabra que habría de fertilizarse con la exhuberancia del paisaje; la palabra está con la Corona, siempre. La palabra está con todos, las palabras, “chillen putas”, nobles, sagradas, elásticas palabras para escribir oraciones, párrafos, libros, diarios; letras para escribir México y España, Nueva España, tarántula, Italia, Santo Oficio, hoguera, fuego, chichi, pito, teta, culo, concha; el fuego que nos consume, las palabras, nobles, indómitas palabras ¿Qué hacemos con ellas? ¿Qué haremos nunca, siempre con ellas?

En el pueblo era la hora en que las calles se llenan de gente amable que va en busca del pan, la leche para la merienda. Una mano blanca y arrugada asoma bajo el chal, “Adiós, Doña Cata”; y otra mano que sube, que toca el sombrero “Adiós, Don Eusebio”. Yo iba meditabundo, barruntabundo y con la sana intención de olvidarme por un tiempo de lo que había estado leyendo durante ¿cuántos días, meses, años? Bien podían ser años. ¿Y todo eso para qué? No era que privilegiara uno u otro tipo de escritura: escribía; no privilegiaba uno u otro tipo de lectura: leía ¿Y cómo se escribe, cómo se lee un diario? Sin lugar a dudas Xabier escribía cuando le daba la gana o cuando recordaba algo que le interesaba expresar. ¿Por qué se escribe un diario? ¿Cuál es, o cuál fue, la intención que alimentó su escritura? Parecía que, en lo que dejó escrito Xabier, no lo podría encontrar tal y como era o al menos algo aproximado. ¿En dónde estaba el hilo rojo, negro, la seda de araña, los mapas o el surco amarillo para ciegos, como el de las estaciones del metro, las señales que nos pudiesen guiar en este periplo desconcertante a través de la historia…?

Me detuve en la vidriera de “El navegante, tienda de antigüedades y modelismo” y reconocí los instrumentos. Sobre el terciopelo azul, lado a lado, catalejos, telescopios, astrolabios y microscopios; lupas y modelos a escala de galeones, un rompecabezas de cinco mil piezas de las carabelas, Niña, Pinta, Santa María. La luz del exhibidor se prendió de pronto y en el vidrio apareció mi reflejo entre las luces de la plaza; mi rostro quedó partido, flotando entre el telescopio y el microscopio; los labios de mi fantasma tocaban el arco del astrolabio y pensé en las estrellas y en la poesía. Las imágenes me siguen; me gusta que lo hagan. Y escribirlas. ¿Cuál fue la imagen que vio Fray Diego, parado en el muelle? ¿Qué quiso decir con su “¡Aquí se acabó España!”? Él también subió a un galeón para seguir a Xabier. Subirse a un navío también era, aunque no lo supiera, subirse a España.

En una esquina del aparador estaba la caja de mi encargo: un galeón castellano navegaba sobre el mar embravecido de la ilustración que anunciaba con letras amarillas “¡Más de mil piezas!” Y, tranquilizadoramente: “Incluye súper pegamento”. El celofán le daba al conjunto un atractivo de cosa nueva, acrecentaba mi impaciencia por tener todas las piezas desparramadas en mi escritorio. Imaginé el batir de las olas en la dársena, rotas en espuma contra los pilotes del astillero; los chirridos de los cabrestantes izando la verga mayor. El departamento de al lado ya estaría en silencio.

***

Marti Lelis / Fragmento de novela

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