No es una pipa

Siempre fui por la vida batallando con los nombres de las cosas y de las personas. Me parecía extrañísimo que el objeto en el que me servía agua se llamara “vaso”. Es decir, ¿vaso?, ¿no suena extraño? ¿Qué tenía que ver “vaso” con cualquier otra cosa? Y la palabra “agua” me remitía a cosas aún más misteriosas.

A veces jugaba a cambiar los nombres, a decirle “gurflu” al vaso y “brisa” al agua; “libro” a las personas, “fiambre” a los policías; a un gato lo llamaba “ángel” o “demonio”, y caminaba por las calles (que ya no eran “calles” sino “serpientes” o “brezas”) recitando lo que veía, con los nombres cambiados, como si mi vida fuera un poema incomprensible pero con más sentido del que podía darle en mi habitual vida de extravío y miedo a estar solo, cargando con la culpa por mi extraña forma de ver las cosas y la incontrolable tendencia a temer el contacto con la gente (con la justificable tendencia de la gente a evitarme por mis maneras hurañas y huidizas que, pensaban, lo hacía por egoísmo o por no querer socializar).

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Es decir, no vivía en el mismo planeta que los demás; la realidad para mí transcurría lenta y, cuando quería continuar con la charla que estuviera sosteniendo con alguien, hacía días, meses, años, que esa persona me había mandado al demonio y andaba en mejores sitios, con mejores personas, más rápidas y duchas para digerir la realidad que yo.

Por eso, con Angélica la Bella, que no se llamaba así, y a quien había renunciado a darle un nombre verdadero hasta que ella me lo dijera; con ella, que nunca me urgió por respuestas, que ahora hablaba, y escribía, siempre escribía y me miraba con ternura desde la tarde del Café Avenida; con ella, las palabras cobraron otra dimensión, tal vez la verdadera, y yo comencé a querer saber más de su mundo, pero sin poder evitar el temor de que ella no fuera real sino una alucinación más, una broma cruel de mi mente extraviada.

Sólo me quedaba esperar más palabras de sus labios: su verdadero nombre y el nombre con que ella conocía las cosas de su mundo. Yo le hablaba con poemas del mío; pero no, esto tampoco era una pipa y nos quedábamos con la música de las palabras, con la danza feliz de las imágenes en papelitos escritos como al descuido, pero escritos con toda el alma, con amor.

***

Marti Lelis / Fragmento de novela (buscando arriesgado editor).

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