¿Cuándo comienza la temporada de duraznos? —se preguntaba.

Porque a Fernán le daban ataques de risa nerviosa, de llanto incontrolable, de mover las manos en el aire, como dibujando, como llenar de caricias la ausencia que dejaba Olivia por si acaso así el mundo volvía a ponerse patas abajo. De pie, porque andaba de cabeza y, oh, esto era mejor que ver a través de lentes polarizadas y antirreflejos: donde aparecían muecas, él veía sonrisas; donde gestos de desdén, él recibía abrazos; y no había ruidos espantosos que para los oídos de Fernán no fueran música; si lo correteaba un perro, él corría en la plenitud de la dicha; si lo insultaban en la calle, eran las musas que le regalaban melopeyas.

Y Olivia no hacía nada más que ser ella misma. Sin darse cuenta enamoraba. Era un durazno a punto de caer del árbol, justo cuando llegó el juglar como queriendo romper en canto y volverse trovador, trovador trovado.

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Sí, esto fue en los tiempos del meteorito cuando el juglar buscó en el cielo, cosas buenas para cantar en las noches tórridas de mayo. Se asomó a la ventana un poquitín demasiado y cayó como flotando, revivió como muriendo y amó de nuevo amando; por más que su cabeza le dijera que aquello era partirse de nuevo el hocico, pero ¡qué más daba!, cerebro idiota, si el aire de esas noches olía a duraznos.
***
Marti Lelis / Fragmento de novela amorosa y disparatada

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