Camioncito rojo

—Señor —dijo Lalo—: usted debería volver a escribir sobre la mano.

Me le quedé mirando con esfuerzo. Sentí la pesada carga de los días pasados en el aturdimiento de los fármacos y pude verme, como desde afuera, como si yo fuera un Lalo curioso que se hubiese atrevido a fisgonear en mi diario y ahora estuviese sorprendido, no por la lectura, sino por lo que anticipaba; era el hambre que tenemos de volver a ser niños y que nos cuenten historias, la indiscreta ansiedad que nos cambia el rostro y el pulso.

—Señor  —insistió el hombretón con cara de niño—: ya pasaron muchos días. Si no cambia su rutina lo van a seguir llenando de pastillas. Después será más difícil regresar. Algunos no regresan.

Lo decía por Mayra. Lo decía mirando hacia el bulto cubierto por la bata turquesa que estaba parado más allá de la mesa de jardín donde nos encontrábamos. El cabello a rape, el cuello perdido en dos o tres pliegues de gordura que eran la muestra de lo que ocultaba la tela más abajo. Una mujer altísima perdida entre la grasa del cuerpo; obesidad que la hacía parecer más pequeña de lejos. Ahí estaba, parada frente al tronco del fresno más añoso del jardín, con los pies ocultos por la mar de hojarasca, mirando no se sabe qué, si el tronco o su pasado, o un futuro imposible de descifrar. Todos los días ahí, después del desayuno triple que aprendieron a darle para calmar la furia que le venía con el hambre. De otro modo no había forma de hacerla tomar las cuatro pastillas de rutina que le permitían volver a ser la Mayra inofensiva y enorme, la Mayra del árbol a la que ahora miraba Lalo, la Mayra ejemplo de lo que me pasaría si me abandonaba.

No sería fácil vencer el agotamiento, sentir los párpados inflamados y las ganas de perderse en los mundos del sueño sólo por perderse, olvidado ya el interés por las historias de los sueños, incapaz de recordar lo soñado a pesar del placer de sentirse a salvo ahí en los sueños perdidos de los que sólo regresaba para alimentarme y tomar los fármacos, ir al baño, salir como zombi a las mesas de jardín donde, arrellanado en las tumbonas me dejaba perder de nuevo, vencido por el efecto idiotizante de las pastillas.

—Yo le ayudaré a recuperar la mano —dijo Lalo.

—¿La mano? —pronunció mi boca—. ¡¿La mano?!

Y me volví a perder en el sueño con la mirada puesta en la figura inmóvil de Mayra del árbol. Todavía escuché que Lalo dijo: “Lo dejaré dormir. Pero recuerde la mano. Encuéntrela en sueños. Yo veré qué podemos hacer de este lado”.

No soñé con la mano. En cambio fue la imagen del camioncito rojo sumergido en la fuente. El camioncito de Lalo.

***

Marti Lelis / Fragmento de novela.

2018, Segundo Año de la Revolución.

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