Leyendo a Renzi-Piglia. Primeros encuentros con la literatura. Las madréporas de Verne.

Escritos de las cinco de la mañana

131. Leyendo a Renzi-Piglia. Primeros encuentros con la literatura. Las madréporas de Verne.

 

Están muy buenos Los diarios de Emilio Renzi. Piglia los estructuró alternando las entradas de su diario con textos de mayor extensión en los cuáles habla, por ejemplo, de su primer amor o intercala narrativa. Voy en el Segundo Diario (1959-1960). Ya me enteré de qué leía a sus 16, 17 años; de sus aventuras amorosas y literarias, de qué películas veía entonces y más detalles interesantes en la búsqueda de su vocación.

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A esa edad no recuerdo haber tenido un diario y yo creo que no me interesaba mucho o ni tenía idea del mundo de la literatura como el de un destino posible. Seguro había escrito poemitas o tiras cómicas improvisadas, pero la verdad es que no encuentro registro en mi memoria.

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La primera gran punzada a las certidumbres me llegó temprano. Gregorio Samsa se me atravesó cuando yo tenía once años. El pasmo lo provocó el constatar lo que, con las palabras de todos los días, se podía hacer. El camino lo habían abierto mis lecturas de Julio Verne que comencé a los ocho años, gracias a mi padre que detectó mi afición por la lectura y puso a mi alcance una serie de libros de las obras completas de este autor.

Antes está el recuerdo de mis hermanos leyéndome cuentos de unos libros grandes, ilustrados, donde creo que había cuentos de Grimm y otros autores. Uno titulado “Bolita” o algo así dejó algo en mis recuerdos nebulosos de entonces. Eso debió ser a los cinco años de edad, que fue la de mis primeros recuerdos (aún por contar) de cuando vivía en Tijuana.

Más adelante fui ratoncillo de biblioteca cuando descubrí que existía la Biblioteca Pública de Tlaxcala, la que ahora se llama “Miguel N. Lira”. No recuerdo qué tantas cosas leí (salvo una biografía de Leonardo da Vinci que pesaba de tan gorda), pero sí recuerdo que la bibliotecaria me veía con simpatía, pues yo regresaba semana a semana por libros nuevos.

Algo me dejaron estas lecturas, pero yo estaba muy lejos de saber que la Literatura era un arte, muy lejos de poder distinguir las ventajas y desventajas de las traducciones, lejos de adivinar la belleza de nuestro idioma y todo lo que se había escrito en español. Para ello, para el gran encuentro, faltaban muchos años. Dejé de leer tanto durante el último año de la secundaria, todo el bachillerato y la mitad de la carrera profesional. Pero ya llevaba conmigo el germen de la ficción, de la palabra creadora. Faltaba darme cuenta de que las palabras me pertenecían, de que yo le pertenecía a las palabras: el salto mortal de herramienta de la comunicación a materia prima de la escritura como arte. Gregorio Samsa aún agitaba nerviosamente las patitas al aire, pero seguía preocupándose por llegar tarde al trabajo.

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Vaya a saber por qué, pero de Veinte mil leguas de viaje submarino se me pegó la palabra madrépora. Es la primera palabra que me viene a la mente cuando escucho nombrar a Julio Verne. Yo tenía ocho años cuando leí esa novela. Supongo que fui a buscar la palabra en el diccionario y por eso se imprimió en mi memoria. Bella palabra.

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Hoy es sábado de Taller. Habrá noticias buenas para quienes asisten.

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Estos escritos de las cinco de la mañana: de alguna manera son diarios, cuadernos, ejercicios de escritura.

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Marti Lelis

 

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