El perseguidor de imágenes caza en el paraíso roto

El paraíso no está en la tierra. Pero hay fragmentos. En la tierra hay un paraíso roto
Jules Renard

Suena el despertador de las cinco de la mañana. Salta de la cama aún dormido y apaga el reloj. Sólo se levanta si su mente ha logrado despertar; si la voz le susurra que es un día bueno y su cuerpo no está cansado por el día anterior. Baja las escaleras envuelto en su cobija azul. Calienta una taza de café mientras la computadora arranca. Su imaginación es la trampa donde las imágenes acuden confiadas, como animalitos en pos del sebo que caerán presos.

La primera es la de las torres de libros, erguidos los tomos sobre la mesa y en el piso. Faros que aluzan a los que han alcanzado su sitio en los libreros, desde donde contemplan la mar de papel, una bahía revuelta por las olas del cambio que llega con las mareas. Y de ahí la luna grande que se va volviendo fantasma en el marco de la ventana.

Vienen más detrás de la mira perdida. De la nada un bosque, los guijarros del río, el canto de las aves antes del alba y un horizonte que pardea de naranja y azules tenues,  atravesados por la claridad en rayos de un sol impaciente y cotidiano que va subiendo detrás de la montaña pero aún no asoma.

No sabe por qué pero atrapa la fuente del parque, ese mecerse de la hojarasca que ha caído en el agua, el rumor de las mínimas olas contenidas en el redil de basalto, la brisa que se le pega a la cara, un viento constante que barre las hojas del piso, rebaño de casi papel ocre que rinde una trama sutil de nervaduras. Y las que son arrancadas de los árboles mustios, heridas aves que surcan el aire abandonadas a la gravedad que las obliga hacia el suelo de adoquines rojos en medio de pequeños remolinos de polvo y ráfagas inofensivas que son como los dedos de un Dios indiferente que jugara.
Así cada mañana. Perseguir imágenes o dejarse que lo persigan. En el redil de la imaginación juegan todas. Son fragmentos que piden una historia, tal vez un orden, cuando el perseguidor les otorga una vida nueva al traducirlas a palabras.

Tal vez no. Quizás les basta su vida fragmentaria, su ser paraíso roto, su brillar lucero en un cielo enorme y oscuro donde los ojos de un lector casual y solidario, vengan a darle una vida renovada a las imágenes que el perseguidor recolecta a diario con la esperanza de reencontrarlas otro día, para darles un destino de nada más, pero nada menos, que palabras, que se llamen unas a otras y acaso toquen un alma.

***

Marti Lelis

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