La mujer del violonchelo

La mujer del violonchelo

Marti Lelis

En la plaza la gente daba vueltas con paso normal, sin llamar la atención, sin vestimentas de colores estridentes y todos muy ocupados en quién sabe qué cosas cotidianas y aburridas; gente de todas las edades; gente pero no tanta, apenas la suficiente para terminar la ambientación de una tarde otoñal en San Juan con viento leve, suficiente para desprender las hojas secas de los árboles y poner en escena una silenciosa lluvia de hojarasca. En una pausa, al pasar junto a una de las fuentes:

—Sí, pero ¿quién es “yo”? —dijo la mujer con la cabeza inclinada un poco mientras seguía caminando procesionalmente, los faldones de la gabardina roja acariciando en cada paso las medias negras a la altura de la pantorrilla; el estuche de violonchelo meciéndose en la mano derecha al ritmo pausado del taconeo, como la pesa de un metrónomo ajustado para un vals o para una marcha fúnebre en un cortejo de dos.

—Quieres decir: “¿quién soy yo?”—apuntó el esmirriado muchacho que caminaba al lado de la mujer del violonchelo, batallando para ajustar sus pasos a los de ella, buscándole los ojos, el rostro, para captar algún gesto y sentir que ya la conocía un poco, tentando la posibilidad de un deja vu, al menos, para no sentir el desasosiego de que algo inesperado iba a suceder entre él y la forastera a continuación.

La mujer frunció los labios:

—Yo sé bien lo que quise decir: “¿quién es “yo”?”; pero tú te enredas con las palabras, con las formas, y pierdes lo que importa en realidad. Si me has visto dar vueltas y más vueltas a la plaza con este estuche, ya nadie te quita la idea de que soy una concertista; estarás muy seguro de que llevo un violonchelo sólo porque la caja tiene forma y tamaño de violonchelo. Tu imaginación no da para más.

El muchacho la miró desconcertado, quizás arrepentido del impulso inicial que lo llevó a abordar a la bella mujer, por puro instinto, para no aburrirse un día más.

—Pero ya es hora de marcharse— dijo la mujer al detenerse. No querrás quedarte aquí — dijo, mirando por segunda vez el reloj en su muñeca y atisbando al final de la plaza la Calle de la Independencia que bajaba hasta desembocar al lugar en donde se encontraban—. Quizás nos encontremos después. Mañana. Aún no dejaré la ciudad. Pero, mira, consígueme unos cigarrillos y ya veremos qué más —dijo ella, ahora con una pizca de urgencia, extendiéndole un billete al muchacho.

—Sí —dijo él, sonriendo al tiempo de tomar el dinero—. Voy rápido, no me tardo, ahora vuelvo, es ahí, al final del portal.

Se alejó corriendo. Ella volvió al reloj, al estuche en forma de violonchelo y comenzó a caminar hacia el oeste, hacia la puesta del sol. Ya por la cuesta venían bajando las tanquetas, las camionetas artilladas, directo hacia la lluvia de hojarasca, hacia las palomas posadas en los árboles añosos de la ciudad.

***

Marti Lelis / Fragmento de La novela que no.

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