Lo de los vasos

Lo del vaso fue sencillo y cristalino, doctora. Nada más que un simple vaso de vidrio, sin adornos, un vaso como cualquiera, transparente y de buen peso, de fondo un poco más grueso que el resto para mantener el equilibrio cuando estuviera lleno. Aunque no hacía falta el peso extra porque el vaso siempre estuvo vacío, doctora. ¿Que por qué vacío? No lo sé, usted me lo podrá explicar; y también: por qué un vaso. ¿Por qué no una taza o un tenedor, el cual nos habría dado pie para mitologías y símbolos demoníacos o freudianos? Usted explíqueme. ¿Insatisfacción o esperanza? ¿Sed? Pero ¿qué si el vaso vacío significa que alguien acaba de beber todo el contenido?

Una mañana (no sé cuándo, ya sabe usted que conmigo no se llevan bien las cronologías). No sé si lo estuve soñando o qué. Sólo sé que me desperté con el vaso ante los ojos. Fui al baño y el vaso me acompañó. Miré la hora en el reloj. Era tarde (¿se da cuenta?, tenía conciencia de que era tarde). Y el vaso no se iba. Contra mi mala costumbre, me dirigí a la cocina para beber agua. El vaso que tomé no era como el vaso que veía. Podía superponerlos, pero no coincidían en forma y altura. De cualquier modo, bebí el agua. Me tumbé de nuevo en la cama y los gatos vinieron a hacerse bolita, en mis piernas uno, y a un lado de la almohada el otro. Sí, ya tengo otro gato, doctora. Una gatita de dos meses, pelaje tuxeedo, blanco y negro, ojos verdes, bigotes blancos y rizados. ¡Doctora!, son mi compañía. En las mañanas les abro la puerta de la recámara y dejo que se suban a la cama, necesitan sentirme cerca, sentir que los amo. ¡Claro que los cuido! Y ellos me cuidan. Sentí tal bienestar que no quería pararme. Ellos dormían. Pero pude sobreponerme a la felicidad y me levanté. Tuve que apartar a los gatos, quienes me miraron con los párpados entrecerrados, en reproche. Los tengo que dejar dormir conmigo toda la noche, sí, doctora, en cuanto la gatita deje de morderme las orejas y la nariz, lo haré; dormirán conmigo.

Me quedo callado porque lo demás es aburrido, doctora: vestirse para salir a la calle, mirarme demacrado en el espejo, rendirme a la tentación de no peinarme, de cambiar de ropa, de asear los zapatos, todo el martirio diario que hacemos para que los demás puedan vernos sin escandalizarse, las rutinas. Mirar otra vez el reloj, buscar las llaves, no olvidar alimentar a los gatos. Todo igual, doctora. Pero fíjese, doctora: todo ese tiempo con el vaso aquí clavado en medio de la mente o de los ojos, como cuando se trae una mota de polvo nadando en el ojo o una gota de agua en los lentes, sólo que nítido, el vaso; un perfecto vaso vacío que no era como los de casa. Era un detalle importante: que el vaso que yo veía no era como los de casa. Ya se imaginará usted… Pero si quiere se lo cuento. Sé que le gustan mis historias. Pero prométame que me enseñará su artículo cuando lo publiquen en su revista famosa. ¿Usted tiene vasos aquí en el consultorio, doctora? Habría que compararlos.

***

Marti Lelis / Fragmento de novela (buscando arriesgado editor)

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