Ensayo de juglaría y clerecía. Cap. n° 7: Cuando al fin el amor

[Fragmento de novela – Marti Lelis]

Para Irlanda

Lo primero que vio Fernán cuando las puertas del departamento de Olivia se abrieron, fue el zapatito de tres meses, su zapato, de él, el que parecía rata mordisqueada, colgando por el cordón en un clavo metido en ángulo de quizás cincuenta grados en la pared, la cual estaba encalada rugosamente, ondulando sus crestas color, sí, durazno, justo como Fernán había imaginado que debía ser el recinto de la idealizada Dama de los Duraznos, la que ahora estaba sonriendo desde el quicio, sacándolo de quicio con el cabello que llevaba tan castañamente claro y suelto, cayendo lacio sobre la piel de los hombros que dejaban libres la blusa de manta deshilada, el escote cuadrado y discreto sirviendo de marco a un collar de cuentas de barro pintadas como margaritas. De la falda sólo diremos que hacía juego con la blusa y le llegaba a media pantorrilla; de los zapatos, que no eran zapatos, pero eran bajos y huaraches blancos con florcitas rosas “como las del durazno”, pensó Fernán e interrumpió la descripción en la que se estaba retardando, gracias no al beso que Olivia todavía tardaría un par de horas en darle, sino al abrazo y al efusivo “¡Hola, Fernán!”, con que ella lo recibió sin darle oportunidad al trovador de también separar los brazos del cuerpo para corresponder al saludo. Así que la caja de bombones cubiertos y chocolates rellenos tuvo que esperar hasta que Oli arrastrara de la mano a Fernán hacia la cocina y le extendiera el recipiente de plástico rojo y un batidor manual, haciendo el gesto inequívoco de que siguiera batiendo la masa que olía más bien delicioso, a vainilla, nueces, mantequilla y, casi nada, a las claras o yemas que sin duda contenía.

—Te traje esto —dijo Fernán, cuando al fin se sobrepuso a la sorpresa de una entrada tan abrupta al Reino de Olivia.

—Gracias, Fernán —dijo ella y lo besó en la mejilla mientras intercambiaban el regalo y el molde de plástico rojo por debajo del beso que duró apenas un instante. ¿Qué era lo que Fernán estaba experimentando en el vientre desde el momento en que la puerta se abrió y vio el zapatito para evitar mirar de lleno a la Dama de los Duraznos y evitar así, también, de paso, la expresión estúpida que había ensayado en la mañana frente al espejo mientras se afeitaba con una Gillette desechable que había rescatado del cesto de la basura y le dejó la cara como untada con chile toreado previa lija Fandelli: “Fandelli, suavizando tu mundo”? No lo sabía, o no lo quería saber, aún no. Tenía que batir la masa y ayudar con los platos, los vasos, las carpetas y el desayuno, para que entonces llegara la sobremesa y quedara descartada la prosaica sintomatología del hambre como la causa del malestar a favor de una inquietud más bien trovadoresca.

duraznos-bandeja

No podríamos decir si estuvo mejor el omelet estilo campirano en salsa de durazno o los panqueques  —hotcakes, jotqueiks, jotqueys, ¿hot keys?—, enduraznados, la malteada de durazno y el aroma que se sentía flotar en el departamentito (dos recamaras-sala-comedor-minibaño-sin sotehuela y “tienda su ropa donde pueda”) de Olivia.

Lo admirable era que Fernán no hubiese padecido ya el efecto de agotamiento olfativo, según el cual, después de un tiempo de estar percibiendo el mismo aroma, se deja de sentirlo; ejemplo famoso, aunque no agradable, el del griego que estuvo quién sabe cuánto tiempo con la mierda hasta el cuello, metido en una no se sabe si letrina u oquedad cavada ex profeso para cumplir con su cometido, provocando la admiración arqueada de quienes al pasar por ahí exclamaban: —¡Cómo puede soportar semejante hedor! —y se retiraban tapándose la boca con la túnica, sin escuchar la respuesta por parte del filósofo, que lo explicaba todo, y que era, más bien, una pregunta: —¿Cuál hedor?

Es decir, Fernán seguía prendado del perfume de la Dama, de la casa, de la comida, del color de las paredes, de la luz y la decoración rústica del hogar, porque esto, señores, señoras, esto era un hogar no importando que fuese sólo para ella, y qué mejor que estar ahí, él sin su gabardina, ella sin sus lentes —espejuelos, anteojos, gafas—, mirándose el uno al otro por encima de los platos vacíos y un florerito azul de Talavera con gardenias, que a Fernán le daban aroma del fruto que ya nos cansamos de nombrar del mismo modo así que, los botánicos nos perdonarán, pero le llamaremos melocotón o drupa, de los cuales, algunos ejemplares adquiridos en el tianguis reposaban ahora, provocadores, curveados, cubiertos de hermosos vellitos, en el frutero, completando una figura extraña entre las dos personas, ciegas o tontas, que no dejaban de mirar a las paredes, la mesa, los ojos, las propias o ajenas manos, el cabello y los duraznos.

¿Qué instintos subconscientes habrían llevado a Olivia a elegir esta fruta como la que definiría su esencia y su modo de estar ante los demás o ante sí misma, y cómo se haría del aceite perfumado, desodorante, agua de colonia, extracto, esencia o lo que sea que fuere de donde provenía el exótico olor de hidrocarburos vegetales rosáceos? Fernán, no se enteraría sino hasta otro día, cuando fuera a visitar a Juan Manuel, el jodido-hacker-su-amigo, y consultara en la Adelina la simbología del durazno que, para variar, no resultó Persa, sino Chino —esos chinos, ¡caray!—, que ya se le conocía en el tercer milenio antes de Cristo, y, he aquí lo importante, el durazno era considerado símbolo de la fecundidad.

Con eso quedó explicada, a posteriori,  la escena que siguió al desayuno, la atracción, la química y la forma tan imaginativa que a ambos, Fernán y Olivia, se les hubo ocurrido y escurrido —de tan jugosos mesocarpios con que contaban las drupas.

No fue porque los labios de Olivia lucieran tan así, tan húmedos después de la primer mordida, aunque no podemos negar que algo tuvo que ver, que el trovador pusiera a prueba su motilidad para dejar la silla volcada sobre la alfombra e ir hacia el lado de la mesa donde la Dama de los Duraznos había quedado pasmada al mirar en los ojos del dueño del zapatito el brillo como de almíbar y de novelita rosa, pero de un rosa subido, rosa mexicano como el de la tienda de artesanías y la silla, tirada, y luego Fernán a su lado, tomando entre sus dedos el melocotón, ofreciéndoselo a Olivia que por dentro gritaba y pensaba en su madre y en su madrina, en el difunto que fue su padre, en el Padre y en la Santísima Biblia; que oía la respiración agitada y sentía los dedos, ¡al fin, al fin!, de él, en su barbilla, separando sus labios y acercando el símbolo de la fecundidad a la lengua, a ella, Olivia, la niña, la huérfana, la bibliotecaria del tercer piso de Literatura, Virgen de las Drupas y Dama de los Duraznos, quien habría de decirle ¡basta! a sus dudas y, en un arrebato, había arrastrado al trovador trovado hacia el sofá donde  les llevó todo el resto de la mañana terminar con aquellas delicias chinas o persas, y descubrir que ella misma era todo y podía sentir y abandonarse a la sensación de abrirse hacia el otro lado y dejar de ser para ser, recuperarse, nadar entre olas rosadas con olor a rosácea, y flotar, sobre todo flotar, hasta imprimir la respiración en el reflejo de sí misma, circular, en los ojos castaños, amorosos, del trovador que ahora la devolvía a su cuerpo mientras él aspiraba, ¡santo dios, cómo aspiraba!, la esencia frutal de Olivia y probaba el agridulce sabor en las mejillas y en los párpados de la Dama de los Duraznos que sollozaba bajito, abrazando al mundo en su trovador Fernán.

***

[…]

Aquí, desdeñando el peligro que flotaba románticamente sobre San Juan y envolvía con la ventolera al escarabajo estacionado, Olivia abrió la portezuela y se metió a la noche sin pensarlo. A todo esto ya la brisa le tenía embarradas falda y blusa contra el cuerpo, pero no temblaba porque llevaba en los ojos la visión inquietante del personaje embozado. Una vez que la Virgen de las Drupas hubo llegado junto a la masa oscura y rumorosa de la fuente, distinguió, no sin sobresalto, al de la gabardina acodado en el otro extremo, oculto a medias por el edificio central del surtidor al que adornaban las figuras aladas de tres, si no ángeles, demonios.

Callados quedaron un momento, y después de una ráfaga más de viento, entrambos hubo miradas peregrinas y corto parlamento:

El de la gabardina:

Es mi deber preguntarle

¿Por qué ha seguido mis pasos,

si en seguirme se aventura,

dónde queda su recato?

La Virgen de las Drupas:

Y es mi deber responderle:

No aventura, es arrebato;

y al recato ni lo miente

pues mi pecho ostenta amor.

El de la gabardina:

¿De modo que no hay cautela

y el amor recato mata?

La Virgen de las Drupas:

No lo mata, lo soslaya,

vale más que me lo crea.

[En este punto la Virgen de las Drupas posa su mano izquierda sobre el pecho. El embozado, elevando el bozo al cielo, barrunta que aquellos rayos que descienden o ascienden, según el punto del teatrino desde el cual se mire, lo conectan con su origen y casi lo está viendo si no es que ambos se miran, se ven las caras. Entonces el de la gabardina ve desfallecer el brazo de Olivia, ya no lo aprieta contra el pecho sino que pende flojamente a un lado de la grupa. Por más que lo intenta, ella no puede subirlo de nuevo, en cada intento se mece, de un lado a otro, de atrás para adelante, ya sin el sostén del hilo, y lastimero].

Aparte:

[“Estos hilos ya están viejos y podridos”, piensa y dice el juglar, pienso y digo, yo, Fernán, el poeta malogrado. Y luego miro tras bambalinas la cara compungida de Olivia. Basta con verla para convencerse de que toda la ternura contenida en esas manos que abrazan la figurilla de barro y madera, esas manos que alisan las ropitas sin dejar de acariciarle el cabello, es la verdadera ternura, “La Ternura”, que se posesiona de mi Virgen de las Drupas, Oli, Olivia, Olicita: ¿qué debo hacer para no quererte tanto?, ¿ser yo o ser yo en ti? ¿Cómo debo amarte si al hacerlo me vuelvo niño y a los niños se los ama porque dejarán de serlo y llevan ya en los bucles, en sus manitas y en la sonrisa, al adulto bien-peinado, al adulto de manos velludas y risas destempladas y toda la carga de sus tontos empeños? ¿En qué momento cortamos el cordón que nos une al niño y como con qué motivo? ¡Ay, Oli! Si sólo pudiera decirte todo lo que pienso sin temor; si tan sólo amarte no estuviera lleno del egoísmo de no tenerte un día; si el amor no fuera como un sueño del instante previo a despertar. Pero sólo nos tenemos el uno al otro y esta aventura loca de palabras en un lugar que vamos inventando, lejos de Ciudad Capital; lejos de nuestras vidas pasadas que aquí ya poco importan, como la vida misma importa nada en otros lados de este país donde están peor que nosotros, con más balaceras y gente de lente oscuro y pocas palabras, y tanta muerte. Pienso y digo. Porque el juglar, olvidado de los cantos, de las rimas, levantará una cúpula de palabras que sea refugio para abrazar a su Dama de las Drupas, pero abrazarla fuerte y largo tiempo, y decirle “Quiéreme, aquí no nos pasa nada”. Y sentir su cuerpo tibio temblando de felicidad porque seguiremos buscando acompañados durante más tiempo, no sabemos cuánto, pero más].

El pregonero:

[Salta del escenario y se mete entre el público, dirigiéndose a unos y a otros, improvisando el pregón según la traza del espectador en particular al que esté mirando].

¡Pasen, pase! ¡Pasen damitas y caballeros! ¡La función va a comenzar! Ya dieron la primera llamada. ¡Pase, pasen! al Pequeño teatro del Mundo, auto con muchos actos que parecen uno y a la vez ninguno. Pasen, adultos y pasen niños, traigan a la novia, no olviden a los abuelos. ¡Pase, pasen!, véngansen a ver a los autómatas, mas de sesenta en escena, lujo en vestimenta y arte en movimiento. Un peso, un pesito el boleto. Conozcan a nuestro nuevos personajes, galanes y galanas, juglares y vírgenes enamoradas, cadáveres vivientes y quimeras y tarascas. Maravilla será que no se maraville viendo al Rocinante autómata y al Rucio, a Don Quijote mismo y a Sancho Panza en la mansión miniatura de los duques. Pase, pasen a ver el arte de la compañía de Eusebio Miraflores, pequeño gigante del drama.

***

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