Ensayo de juglaría y clerecía / Cap. n° 1

1. La machina qui malcompone

Marti Lelis

“Palabras, palabras. No hay tiendas para comprar palabras, frases, oraciones. No hay exhibidores de enunciados. En la librería: textos, novela, cuento, poemarios, ensayos, sí. ¿Pero la palabra de cada quién, ésas con las que escribimos? Habría que pensar más al respecto, para dar con ellas. ¿Y una invocación? ¿Qué tal funcionaría?”. El poeta probó mentando a Zeus y a Hera, a Minerva y Afrodita, a cada una de las nueve musas, a la Virgen María y a la Santísima terna, a Buda y Mahoma.

Pero nada germinaba en tan poco seso, ni una palabra quiso bajar al papel. ¿Sacar las palabras de un sombrero o escribir un cadáver?: ya otros lo habían hecho. Recordó entonces a su amigo de la Facultad de Ingeniería, el de los múltiples lenguajes. “Un programa de computadora que me devuelva palabras”, le fue a pedir.

machina-rara-2//Canta doña glosa y replica doña lalia, golosa repica la cuerda, cuenta de fin amores sinsabores, revienta, pulsa la tecla y calla las flores, liquida líquida a la dama negra, nubes como borlas como burlas veras, tumores, edificios esdrújulos y palabras bombón, martillos y clavos, contra Estigia viajan trovadores, San Isidoro, San Isidoro, oscura sombra mudéjar, bárbaros bereberes, visiten mozárabes al Rex visigodo, Santiago rema el verbo la rea que mal de amor y loco, loco libro instrumento escribe pariente, cruz, cruzada panadera, Joan Ruiz. Enter, enter, afuera, stop, Esc, inicio, fin, @, loop y rizo, y vuelta que canta de nuevo la glosa//.

No sirve, Juan Manuel, el algoritmo falla, la semiótica está enloquecida. ¡¿Y tanto parámetro…?! ¡Estúpida máquina, sólo hace lo que le pides! ¿No le metiste la gramática y el panhispánico de dudas?, ¿qué con los tropos y la cuaderna vía? ¡Demonios! Y el humor, Juan Manuel, ¿dónde queda? ¿Es que ya no se puede escribir un buen poema? La puntuación es buena, concedo. Imprime, me lo llevo. “Palabras, quién me dice, quién me guía a la fuente de las buenas palabras”.

Despeinado, en gabardina, de la su barba mesando, ya en la parada de autobús, aguarda el poeta, cuaderno y CD en mano; junto a él, la viejita con bolsa de mandado. El poeta piensa: “Mis dedos son las flores, su cilantro sean los prados, jitomates como frutas y sonrisas los elotes. ¡Autobús!”. Le dice: ¿Me permite ayudarla con la bolsa? Y ella: sí, joven, Dios se lo pague”.

***

[Fragmento de novela]

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