Ensayo de juglaría y clerecía. Cap. n° 3

3. Visita a la biblioteca

“La puerta cobra un fácil animismo, organiza su lenguaje durante el día y la noche y hace que los espectadores o visitadores acaten sus designios, interpretando en forma correcta sus señales, o declarándose en rebeldía con un toque insensato, semejante al alazán con el jinete muerto entre la hierba, golpeando con la herrada la cabeza de la encrucijada. En aquella casa había que vigilar el lenguaje de la puerta”. ¡Ajá!, mucho Lezama y Paradiso: sólo a un trovador en chancletas se le podría ocurrir ese libro para leer mientras espera. Poco antes, había llamado, tan-tan, a la puerta:

—¿Qué se le ofrece?, estamos fumigando. La biblioteca abre en media hora —la bibliotecaria, canas y lentes, suéter de punto rosa y felpudo, vestido de flores.

—Leer libros; prosa poética y, sobre todo, poesía.

—Vuelva en media hora, con dos fotografías, credencial de elector, dos copias por ambos lados, acá paga su cuota.

—¿Cuánto?

—Cincuenta.

—Ya vuelvo. ¿Infantiles?

—Sí, dos.

[Transición súbita al estudio de fotografía. Shhh]

—¿De frente o tres cuartos?

—No me dijeron. Usted decida. No, no. Espere, de tres cuartos que sea.

—¿Quiere peinarse? Ahí está el espejo y el peine.

Caramba, ¿estoy despeinado?

Peinarse y esperar las fotografías. Entretanto escribir en la libreta:

 Manera festiva de romper espejos  (intermezzo)

La necedad busca gardenias y labios; se vuelve fantasma del páramo que antes era jardín de abrazos, redil perfecto de sonrisas. ¡Que vuelva a llenarse de tus manos y miradas tiernas el terco erial de mis espejos! Y es que ahí, en el mercurio enmarcado, no te veo, sólo me miro a mí, a veces, cuando el azogue pasa por alto lo que tengo de quimera y refleja las noches en que no duermo, ocupado en librarme de tanta y tanta palabra.

Aún así, me rebelo, me revelo y rompo —¡qué alegre!, ¡cómo suenan!, tercos, trozos, rotos—, los espejos.

espejo-roto-2

***

Despeinado por el viento, el poeta enfermo caminó de vuelta a la biblioteca. Primero avanzó derecho; luego, cambió de acera: un guiñapo en la banqueta: es el perro, ya no aúlla, moscas vuelan, puesto de lotería. “La muerte de mosca se muestra y de móviles vermes semilla siembra”, pensó, murmuró, apretándose las narinas.

A los pocos pasos vio venir una pareja de enamorados.

¡Quién fuera más joven! Amor de caramelo, voz chillante, meliflua, saliva y azúcar tus besos, chuic-chuic, llenando de abejas los oídos y demás cursilerías. El aprendiz de juglar regresa, cuaderno bajo el brazo, entre sus hojas el disco y el sobre con seis fotografías (tres-cuartos), cuaderno con espejo trizado.

—¿Nombre? —dijo la bibliotecaria, dedos listos en la pluma, pluma sobre el formato “nuevo-lector-registro”.

Inútil preguntar si es realmente necesario, el nombre. Me armo de valor, digo:

— Fernán.

—¿Apellidos?

—Pérez Maqueda.

No fue difícil. Lo ha escrito. Ampulosa letra antigua, trazos redondos, firmes, manuscritos. Ahora me mira:

—¿Trajo sus fotos…? Póngales su nombre atrás, no me escriba garabatos. Mientras, páseme las fotocopias y su credencial. El resto, blablá, pega fotos, una al archivo otra a la mica, Biblioteca Central, nombre de usuario: Fernán. ¡Ah!, vaya, código de barras, ¿será china la mica? La mica china de mi cachimba.

—Listo, ya puede solicitar libros. Dos días de préstamo externo, hasta tres libros. Si hay un solo ejemplar: no sale, sólo consulta interna. Porfa, se lava las manos: la grasa afecta el papel de los libros.

***

[Fragmento de novela]

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