Ensayo de juglaría y clerecía. Cap. n° 4

Ensayo de juglaría y clerecía. Cap. n° 4

Marti Lelis

Epígrafe

Donde se cuenta cómo, con la credencial en el bolsillo y los ojos desorbitados ante el espectáculo grandioso de millares de libros en los estantes, el aprendiz de juglar cavilaba por dónde comenzar la muy ansiada instrucción poética que lo llevaría a la clerecía, y suspiraba con alivio cada vez que metía la mano en la gabardina para comprobar que no estaba soñando, que en realidad se había registrado como usuario de la biblioteca un par de horas después del sabio consejo que le diera el doctor en clerecía, después de lo de la puerta, lo de las fotos (tres-cuartos de perfil) y el cadáver agusanado del canino (aquí se dirá también que el juglar, por mero instinto, se tapará nuevamente las narinas y recordará un verso del poema del “espejo trizado” y el de los “móviles vermes”, anotados en el cuaderno porque nunca se sabe cuándo se ofrezcan); cuestiones todas que se cuentan para hacer notar un principio de causalidad y de casualidad en el hecho azaroso que ha llevado a nuestro héroe, finalmente, hacia el catálogo computarizado del acervo para comenzar una búsqueda bajo el rubro “poesía”, y se hablará de lo que en el monitor de pantalla plana estaba leyendo cuando la señorita encargada del cuarto piso (literatura) le habló y lo que le dijo; incluyendo, finalmente, en este capítulo, el efecto producido en el corazón y en el dedo gordo del pie izquierdo de Fernán que, como se recordará, así se llama el novel poeta enfermo cuyas peripecias y paparruchas aquí se seguirán contando.

***

Por supuesto que el relato trataba del descontrol, de no saber qué dejar fuera. De no saber acallar el diálogo interno del personaje en que Fernán se había convertido. “Desde niño tenías la tendencia a mirarlo todo, y a decir de todo lo que mirabas. Olfateabas las cosas y hablabas al respecto.  El aroma de un libro viejo te lo hacía ver como una escama perdida del Endriago. Después querías escribirlo todo: la descripción de tu zapato, las nervaduras de las hojas, el olor de la calle y de las piedras. Uno podría reconstruir al gato que tenías de mascota leyendo tus apuntes. Decir cómo era acariciar el cabello de esa niña que un día trajiste a conocer a tus padres. Lo que sentiste cuando ellos murieron y todo lo que había en el cementerio: desde los árboles hasta la hojarasca y los bichos que había en los resquicios de las lápidas; los nombres de los muertos con sus fechas de nacimiento y defunción; el sabor de la congoja que flotaba en el aire como el polvo que se te metía en los ojos y en la boca”.

“Siempre llevabas una libreta pequeña, roja, como esas en las que solía escribir tu padre de vez en cuando. Pero tú lo hacías continuamente, no parabas. No te bastaba anotar un pensamiento, tenías la urgencia de avanzar de renglón en renglón, como si unas ideas te persiguieran y otras fueran por delante de ti. Escapabas de unas, ibas tras de otras; como si estuvieras metido en medio de una multitud que caminara deprisa en la misma dirección y no podías detenerte porque te arrollarían, pero sobre todo porque querías alcanzar a la mujer del vestido rojo (¿o era blanco?), esa, la que estaba allá enfrente, entre hombres de sombrero y niños del colegio. Escribías de esas cosas, de todas esas cosas. Siempre escribiendo”.

“Llenaste libretas y más libretas, las que guardamos en el sótano y de las que ya nadie recuerda qué cosas tendrán escritas; qué asombros de línea en línea; qué atardeceres como aceite en el agua; qué tristezas como una lechuga raída por los caracoles; qué amores como el cabello fino en la nuca de una adolescente; qué piel suave como durazno en su punto y unos ojos que de tanto no mirarte los hiciste tuyos a golpe de palabra, a ríos de tinta que no paraban hasta agotarse, o hasta que te quedabas dormido, aunque siguieras escribiendo en sueños y despertaras con la sonrisa de ella, la que buscabas para decirla, para meterla en el papel en un vano intento por hacerla tuya, para  describir cada uno de sus gestos, cada poro y la singularidad del mundo que tú imaginabas que llevaba consigo, en su forma de caminar o en el hueco de la almohada donde la habías visto dormir en tus sueños. No te rendías. No te rindes. Las palabras te pierden y te salvan”.

***

A Jocari juga el joglar y a cantare el trobadore

Juega el juglar a que habla engasajado. Entonces troba, trobador trabado, de juglar a trobador ¿cuántas palabras, cuánto trivium, cuánta escuela, cuánta corte y cuántas dueñas menester habrá para aprender la gaya sciencia? ¿A quién dedicar mis coplas? Muy mucho cuitado, cual caballero sin dueña ando; es así, ja, trobador sin donna fermosa, je, para entrar en contienda por flor bermeja. Ave Eva, beba, a beber: gima amiga beba una baba. ¡Ah, beba!, gima amiga ¿ve?

Símil y cadencias, la similicadencia. Símil y cadenas, sí, la milicia del misil. Similar sentencia: El misil de la milicia asimila símil y cadencias, sí, mil decadencias. Penitencia, violencia, conciencia, inocencia, querencia, herencia, sapiencia, gaya ciencia, sentencia, cadencia, decadencia, ausencia, presencia, inteligencia, maledicencia, reverencia, prudencia, consecuencia, inconsecuencia, atingencia, Valencia, valencia, influencia, epidemia de influenza. Ve velas, ¿velas qué?, Velásquez.

En la página primera el pincel y las pinturas, en la página segunda la mano que dibuja, luego el dibujo del pincel y las pinturas en las manos del artista que pinta el cuadro reproducido en la página primera del libro que el pintor ha puesto a un lado sobre el atril que pintó para justificar la posición del libro. […]

***

[Fragmento de novela]

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