Cosas para lo de la mano, de aquí y de allá

Escritos de las cinco de la mañana #139

Cosas para lo de la mano, de aquí y de allá

Marti Lelis

Esperando el tren, bajo el entarimado, el escritor desconocido descubrió llaves, cacharros, monedas antiguas, un libro viejo con una hoja suelta y partes de muñecas rotas. De pronto tuvo la ocurrencia, un pálpito y se entretuvo con el libro viejo.

“…pero el secreto, el refugio de las cosas y los humanos, el remanso en el río de los horrores, son las palabras escritas”, comenzaba la hoja suelta. Esto no lo puede estar viendo la Vidente, pensó el escritor desconocido, maravillado por el azar de los días, por las casualidades en las que siempre estaba él involucrado.

“La mano estaba unida al antebrazo y al brazo. En un principio sólo asomaba de la tierra la mano; aún polvorienta, era una bella mano: dedos finos, piel morena clara, las uñas largas barnizadas de blanco. No podía saberse cuánto tiempo llevaba sepultada, parecía que mucho, pero estaba incorrupta, como si alguien estuviese jugando a sepultarse en la arena de la playa en vacaciones de verano y hubiese dejado la mano fuera para pegarle un susto a los niños habituales que andan con cubetita y palas de plástico construyendo castillos de arena”.

El escritor desconocido leía como si escribiera en la hoja suelta. Eso estaba bien. De pronto pensó qué haría si la mano estuviese aquí, si al levantar alguna de las tablas que aún estaban en su lugar se topara con ella. Sintió escalofrío porque la posibilidad era muy real a pesar de que el andén se había convertido en un espacio controlado (eso creía) por su imaginación.

Entonces tuvo la ocurrencia de trasladar el hallazgo al libro. El viejo soñador sabría qué hacer, él se la pasaba de aventura en aventura en la sala de su casa y estaría habituado a todo tipo de sucesos.

Tomó el libro y la hoja suelta y fue a sentarse en la banca. Estaba oscureciendo y pronto las lámparas del andén se encenderían. No había una forma sutil de introducir el horror en cualquier escenario, no en este caso. Buscó las páginas del libro donde vivía el viejo soñador y ahí estaba el paisaje de dunas junto al mar, un mediodía luminoso lleno de graznidos de aves marinas y el romper de las olas contra los peñascos caídos en la playa. El viejo se dirigió con determinación al sitio donde vio bajar una gaviota, detrás de las dunas. Trepó el promontorio de arena y ahí estaba: una gaviota picoteaba distraída los dedos de la mano.

***

En cuanto a la mano, ha quedado en el andén, en el libro que lee el escritor desconocido, en la aventura donde el viejo soñador va a la playa y la encuentra sobresaliendo en la arena, picoteada por una gaviota.

mano-uruguay-1«Y no es más que una mano un poco más arriba de la muñeca; así salió apenas tiró un poco de ella como quien saluda y descubre la condición de planta de lo que imaginó era una mujer completa. Ahora te cuidaré, te volveré a plantar en casa, echarás raíces y crecerás a mi lado, pensó el viejo porque así era él, siempre lleno de amor y esperanza, siempre capaz de mirar más allá, mirar con todo, no sólo con los ojos. Era un viejo adorable que había leído muchos libros y se estaba haciendo niño dentro del cuerpo anciano que lo contenía.

»Puso la mano en la cubeta y la rodeó con arena de la playa. ¿Qué llevas ahí, abuelo?, le preguntaron los niños del enorme castillo de arena. Arena, respondió, arena para construir un castillo en casa. Al oír eso, todos los niños regresaron a sus juegos, excepto la niña pequeña de ojos grandes, ella quería ver y se acercó. ¿Puedo ver?, dijo. No, respondió el viejo, porque también llevo una planta y una sirena y el mar. Quiero ver, dijo la niña de tres años. El viejo miró a los adultos, a los otros niños que jugaban más allá con sus palas, con una pelota y las olas. Está bien, dijo, puedes mirar. Puso la cubeta en el suelo y la niña se asomó, y la cara se le llenó de sorpresa, de sonrisa. La tienes que cuidar mucho, dijo la nena, para que crezca y la traigas de vuelta, un día. Si es sirena, volverá; si es mujer, la invitaré a vivir conmigo, dijo el viejo. ¡Adiós, abuelito!, dijo la pequeña de tres años y se alejó canturreando. El viejo tomó de nuevo la cubeta y se dirigió a casa”».

El escritor desconocido no se había equivocado: el viejo soñador sabe lo que hace y por qué lo hace. Pensando esto, cerró el libro. En el andén trinan los pájaros de la mañana.

***

En la pesadilla, a la mano le tomaban muchas fotos antes de exhumarla. Hormigueaban hombres con cubrebocas, con cinta amarilla y cartelitos con números rojos. Aislaron un área de cincuenta metros cuadrados y la sembraron con señales en cada punto que les parecía sospechoso. Luego excavaron y se dieron cuenta de que la mano era sólo una mano.

sss2La colocaron en una charola y vino un hombre con un rodillo, un cojincillo de tinta y tarjetas para sacarle las huellas dactilares, supervisado por otro que no dejó que la lavara. Esto les pasa a las putas, dijo y se reía. ¿Cuántas chaquetas habrá hecho esta manita? Hazme una, mmm, mmm, qué rico, y se reía más al manipularla arriba y abajo y el otro se carcajeaba mientras la mano seguía siendo ella misma, uñas largas barnizadas meticulosamente de blanco con aplicaciones de pedrería. ¿Quién te dice que no es de un puto?, dijo el que supervisaba, serio. El de las huellas dactilares arrojó la mano, horrorizado, ¡No mames!, dijo, ¡Pinche puto!, y se frotó las manos contra el pantalón, asqueado. El otro, muerto de risa, fue a recoger la mano y la manipulaba obscenamente para pintarle huevos al horrorizado. ¡Etiquétala y la metes en una bolsa, maricón!, ordenó por último antes de alejarse. A pesar de los guantes, el otro la tomó con repulsión, ¡Pinche puto!, rumiaba. Pero a la mano no le importaban los maltratos, las malas palabras. Era ella misma, sólo una mano.

***

El huracán estaba por tocar tierra en Villa Brava, pueblo perdido de la costa. Las palmeras se doblaban y los techos de palma eran arrastrados por el viento en medio de la lluvia, de la crecida de las aguas del Río Cazones, ya desbordado. Gallinas y gallineros, perros, llantas y lanchas pasaban flotando hacia el mar que los recibía a golpe de olas. Los habitantes rezaban en la capilla, las casuchas ya abandonadas. Sólo esperaban la puntilla, la ráfaga que los desapareciera, la ola gigante que los azotara.

Entonces apareció el viejo con la mano entre las manos, por delante, blandiéndola como sagrada copa en la liturgia del desastre, como un ritual para el conjuro, oración callada a la furia de los dioses. La mano, toda dedos y uñas, poderosa en manos del viejo, fue haciendo lo suyo: por donde caminaba, el viento se aplacaba, las nubes se abrían en el camino de la tierra a la playa. El sol brilló de nuevo, las olas llegaron mansas, ofrendando caracolas y algas.

¡Fumemos!, dijo el viejo soñador al colocarle entre los dedos un cigarrillo encendido a la mano. A su vez, él prendió el suyo y se acomodó en el sofá. Antes le había dado un baño a la mano. Trabajo le costó sacar toda la arena que guardaba bajo las uñas. Ahora estaba muy guapa y fresca, suave por la crema humectante que el viejo le había aplicado a caricias, con sumo cuidado.

Fumaron en silencio. A ratos, el viejo le acercaba el cenicero y todo era tranquilidad en aquella tarde de mayo previa a las lluvias. La mano terminó su cigarrillo al mismo tiempo que la aventura. El viejo dormía en el sofá y esta vez no tuvo pesadillas.

***

Es una mano así y asá, muy mano, muy femenina, cinco dedos, otras tantas uñas; ustedes la reconocerán y la mano se dejará prender, les dijo el viejo soñador a los vecinos el día que la mano se perdió. No se sabía cómo pudo salir de la maceta, de la casa; seguro aprovechó la rendija de la puerta la última vez que el viejo había recibido las dádivas de los vecinos. Ahora estaba angustiado porque tener una mano, involucrarla en aventuras era una cosa, y otra muy distinta presentar a la mano y sus peripecias, presentarla a la comunidad, sobre todo a los jóvenes que hoy en día andan más en todo, más dispersos, más curiosos o todo lo contrario: dormidos con los ojos abiertos, a la espera, quizás, de algo que los despierte o los mueva dentro de su sueño, que los alivie de la pesadilla cotidiana, de los horrores que llevan prendidos en la espalda sin saber qué hacer con ellos porque no alcanzan a sacudirse, a rascarse siquiera.

Y ahora que sabían que buscaban y lo que buscaban, parte de la tarea estaba hecha, el resto se trataba de persistir, de durar, de reponerse al desánimo y seguir las huellas, aventurarse por los recovecos y los parajes desconocidos entre las casas, en los jardines, ir más allá cada vez, explorar los bosques cercanos. La mano no podía estar muy lejos, pensaban los buscadores. No se confíen, les decía el viejo soñador, la mano tal vez no camina, puede que vuele, todo es posible y hay que estar preparado.

Diciendo esto, el viejo soñador hizo entrar a su casa a los buscadores y, tomando del librero el viejo pergamino, lo extendió antes los ojos azorados: era el mapa del territorio que ahora le pertenecía a la mano. Sacó de los estantes las guías, los manuales, los diccionarios del que busca, las Historias de las Manos, las novelas y cuentos, los Ensayos sobre la mano. Esto, dijo el viejo soñador, es también aventura. ¿Quién trae bicho en la espalda?, preguntó. Los buscadores se miraron, inseguros, unos a otros y todos levantaron la mano.

***

Un día tuvo una mano y luego la perdió. A veces soñaba con ella. Eran buenos sueños a pesar de que, de vez en cuando, se volvían pesadillas. No era para menos: se trataba de una mano sin el cuerpo. Si eso ya era el horror, lo mejor que podía hacer era ver en la mano al cuerpo, y no decirle cuerpo, sino persona. La mano era la ausencia de la persona o la ausencia de la persona estaba en la mano. Seguro la persona había ido a que le pusieran una mano robótica, una que funcionara bien y se viera bien; seguro el escritor continuaba con su labor de palabras y lo de la mano había quedado en el anecdotario porque la daban por muerta. Otra cosa sería si supieran que la mano estaba viva, si el dueño de la mano supiera que podía recuperarla y ser de nuevo uno con su mano.

En todo esto pensaba el escritor desconocido mientras, a su alrededor, el andén estaba reverdecido y cada vez parecía menos un andén. La contigüidad de las vías era lo único que le recordaba en dónde se encontraba. Incluso el vendedor de boletos se había mimetizado con el entorno y era como un capullo gigante del que fuera a nacer otra persona; ya no veía su celular desde que cortaron la luz y su batería se agotó, se fue quedando quieto como crisálida. Seguro dormía. Seguro tenía sueños.

De algún modo habría que superar la violencia, pensó, y ya era otra mañana.

***

El escritor desconocido estaba fascinado con el libro encontrado bajo el tablado de lo que fuera el andén. Aún no encontraba de dónde había caído la hoja suelta porque no tenía numeración. Le dio la vuelta para ver si ahí se contaba otra aventura del viejo soñador y lo que había pasado con la mano y esto fue lo que leyó:

Mano-marta darder-1«A muchos les dio por hacer que la mano los peinara, les preparara y sirviera el café; luego fue rascar la espalda, exprimir una espinilla y fue derivando a las caricias, a sentirse en otro mundo más amable y pleno, un mundo donde la mano los hacía volar, ilusionarse, volver los sueños realidad. Claro que los más solitarios querían la mano para otras cosas y se volvieron dependientes de la mano; la mano era su felicidad y como en ese mundo todo se vuelve mercancía y lo que se prohíbe adquiere otro valor, a alguien se le ocurrió prohibir la mano en cuanto causó algunos problemas por su abuso, porque el abuso de la mano trajo evasión, pero también muerte, y la muerte es un escándalo. Felicidad y muerte, pues, aunados a la prohibición, volvieron un negocio clandestino disponer de la mano. La reacción fue en cadena. Se necesitaban más manos y así comenzó el horror».

Por eso hay tanta muerte y desaparición, pensó el escritor desconocido, horrorizado, olvidando por unos minutos que él lo que estaba era en la vieja estación, esperando el tren donde vio partir al escritor afamado que nunca escribió.

***

De cómo se nos fue la mano con la mano

Prohibida como estaba, la mano no dejaba de ser sólo una mano y a ratos se sentía sorprendida por todo lo que a su alrededor había sucedido, al grado de tener en vilo no sólo a un país sino a escala global, que es como sucedían las cosas desde que el mundo se encogió. El problema es que la mano siempre estaba a la mano y prohibirla, ya se dijo, la vuelve más deseable, una tentación; así, cualquiera pagaría lo que fuera para echarle mano, y, con el dinero, ya se sabe, más temprano que tarde aparece la corrupción que va de la mano con la guerra, con la muerte en aras del poder.

¡Qué estupidez!, pensó el escritor desconocido. El viejo soñador, la Vidente, hasta un niño, lo podrían resolver. Pero el miedo es cabrón, se dijo, y escuchó los silbatos de los trenes, más cerca cada vez.

***

¡Salga de ahí! La gente de esos libros no existió nunca. ¡Vamos, salga!

Ray Bradbury, Fahrenheit 451

 

Entre el fuego y la desilusión, siempre el fuego. Entre saltar de la acera a la calle, mejor saltar de un aeroplano. Denme un puñado de palabras, las leyes que las organizan para comunicar, y entonces el mundo se multiplicará, porque la gente de los libros ha de llevar su mundo a cuestas, así sea el mundo de un andén o el de Centaury III. ¡Vamos, salga de ahí! La gente de esos libros ya lo hizo y están aquí. Y claro que había que salir, dar el pasito al vacío, hacer real el “como si”, el “qué pasaría si”.

¡Qué barbaridad!, dijo el conejo blanco mirando su reloj, y ¡agárrate Dorothy que Kansas va a desaparecer!, dijo el rufián que ya no pudo más.

La sensación de que escribir es caer en una larga cita, en el plagio, en la paráfrasis de lo ajeno.

La sensación de que ya todo está dicho, y entonces para qué la necedad.

La sensación, superar la sensación.

Sentarse ante la computadora, ante el cuaderno, era el peligro de caer de la silla (ahora nos hace falta una silla, una ruedita se le rompió).

En la mano, lo que la gente veía era el horror. Sin buscarla, apareció de nuevo en la casa del viejo, luego de una noche intranquila de pegársele las sábanas al cuerpo por tanto calor, la mano se ofreció como sólo una mano lo puede hacer. Sin dejar de sentir horror, el viejo también sintió amor.

Para nada sirve la policía de la Federación, pensó el escritor desconocido. Al momento, se arrepintió.

***

Y por monstruoso que parezca estar hablando el libro de una mano que, encontrada en la playa, mutilada del cuerpo e incorrupta, que luego es llevada a casa por el viejo soñador que la encontró y tratada muy como una planta, y acaso mascota, sería cosa harto enojosa si no se estuviera a propósito torturando a la verosimilitud con alegorías y esperpénticas acciones como dar la mano por fugitiva, desaparecida de casa por obra de no se dice qué artificio pero seguro que en la mente lectora la han podido ver desplazándose usando los dedos como patas, como araña de las grandes tarántulas (hace tiempo tratadas en otro libro titulado Ensayo sobre tarántulas, del cual por ahora no hablaremos) así nombradas por una ciudad italiana.

No, la situación no estriba en la mano (a final de cuentas reaparecida, aunque muy cambiada, pues llevaba guante fino y aros de oro con pedrería de diamantes y esmeraldas) sino en lo que la mano representa y cómo la situación deplorable del país cambiaría si alguien (por ahora indefinido y como muy utópico) tuviera la genial idea de legalizarla tomando las precauciones y previsiones al caso. Pero nadie lo hará de inmediato porque están involucrados los de las leyes por el sustento y los lujos cuando no por el miedo de terminar descabezados y mejor disfrutar de la lana proporcionada por las ovejas armadas que tenían controlada la situación incluso en territorios más allá del Río Bravo donde hay más gente que disfruta de los caros placeres proporcionados por la mano y el comercio clandestino que reparte billetes para que las cosas marchen como seda.

mano-apunta-derecha-peqDemasiada fantasía, pensó el escritor desconocido. Esto de copiar la realidad se está volviendo muy inverosímil como para reproducir el libro. ¿El autor será el viejo soñador que aparece en sus páginas y lo que se cuenta otra de sus aventuras? No se puede negar que a ratos lo narrado se vuelve poema, como el pasaje donde un campo yermo se puebla de tréboles, de girasoles y niños que miran con lupa escarabajos, mariposas, y la escena es lo más lejano a los hilillos de sangre, a las cabezas perdidas, a los cuerpos que tuvieron manos.

***

[Fragmento de novela]

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