Ensayo de juglaría y clerecía. Cap. n° 5

La machina de la rubia. Muerte de una turista. Caja de los recuerdos

Marti Lelis

—Parece que ha quedado mejor, mucho mejor, Juan Manuel —dijo Fernán.

—Bueno, no sé. Al menos resultan legibles los textos —respondió Juan Manuel palmeando con cariño a la computadora.

—¡Eres un genio! ¿Qué le metiste a la compu, Juan Manuel?

—Libros…, no recuerdo, ensayos. Varios tomos los tenía como patas del sofá, pero ya me trajeron la sección amarilla. Le cargué dos métricas españolas, el diccionario que me dejaste y unos “Mundos Medievales” que me estaban haciendo bulto en la covacha. Le podemos ir cargando lo que quieras, Fernán.

Fernán sonrió satisfecho mirando a la semidesnuda, desnuda, semidesrubia, uyyy, ¡qué bien!, que parpadeaba en el protector de la computadora portátil, curvilínea, panorámica, machina, que Juan Manuel —genio entre los hackers, infiltrador de troyanos y gusanos, inspirado maestro de algoritmos y rizos, borracho hasta el delirio, facedor de atracos cibernéticos y mecenas de aprendices de poeta— machina que, decíamos, Juan Manuel tenía ocupada ahora corriendo sospechosos programas en segundo plano, pero que, más tarde, serviría de cinema para pasar por quinta vez en la semana, Fritz con Metrópolis y luego Matrix con palomitas.

Fernán puso la mochila en su hombro, clavó las manos en los bolsillos de la gabardina. Desde la puerta se despidió de Juan Manuel y de la rubia.

***

Más tarde, caminando por la calle, Fernán regresaba —nubes con tintes naranjas, viento de frente que ondeaba los faldones de su gabardina y que, además, lo despeinaba—, a la pensión. Era una oscura vecindad en un barrio peligroso: narcóticos, peleas de gallos y perros, madrugadas con balazos pandilleros. Lo estrecho de las calles, las chatarras de autos bloqueando las vías, los edificios de mediados del siglo pasado, desconchados, un lugar común infectado por la lepra del ozono, le daban a la colonia el aspecto de una villa medieval donde no entraba la policía, a riesgo de ser tomada por los villanos. Una patrulla podía ser desmantelada en menos de un día al amparo de cualquier cochera, de cualquiera de las calles, por donde diariamente Fernán regresaba al cuarto donde vivía, leyendo del anochecer al amanecer, y, donde también, del amanecer al mediodía, navegaba en el kinetoscopio de sus sueños hasta las próximas galletas marías y nescafé aguadito, previo libro, antes de levantarse. Todo por no entrar con violencia a la realidad y ajustar, de paso, las palabras nuevas que repasaría durante la nueva singladura callejera. Ir a la biblioteca, por ejemplo.

***

—Seño, es que yo tiendo a la soledad —había dicho Fernán.

—Pues yo tiendo la ropa sola, y si no me paga, le juro que no regreso.

Tenía que pagarle, pues. La bandera de la lavandera: mis camisas viejas abriendo sus brazos victoriosos a la soledad tremebunda de la azotea al mediodía. Crucificadas prendas por la seño mal lavadas, camisas como mártires exánimes que han perdido la cabeza y cuelgan, simples torsos ondulantes, a un lado de la falta de piernas resuelta en pantalón, la ausencia de mis pies que pende agujerada a la izquierda del escandaloso no estar de mi vecina en el breve nailon de la tanga y el sostén.

—Le lleva a la señora del siete eso que olvidó —mi dedo apuntando a la evidencia, mi palabra que ordena a la seño, y la seño que responde frunciendo el ceño:

—Si me paga, tal vez, niño Fernán.

***

Ponderando los últimos acontecimientos, Fernán escribe que le faltan más vivencias y tomar una decisión respecto a los mesteres y al amor. Entusiasmado por la epifanía de las palabras-ladrillo, las palabras-tormenta, las palabras-bombón, Fernán tomó los libros de la Biblioteca, la mochila y el cuaderno, bajó las escaleras, se detuvo un momento en la puerta y, lleno de asombro por la conciencia-niña que aleteaba en su cabeza, abrió la puerta y entró a la ciudad en gabardina, despeinado y en silencio.

 

***

Quedamos en que regresaba a la biblioteca, el cuaderno y el disco compacto en la mochila, bien llevados. Nada como ver árboles floridos y pensar que la chica del piso tres, ¿o era el cuatro?, se llama Olivia.

Una tontería querer ver de nuevo esos lentes grandes tras los que ella se oculta, su falda larga y oscura, la tontería de un suéter tejido quizás por su abuela, tan lejos para mis ojos como la posibilidad de una búsqueda asistida en la machina de la biblioteca y entonces, con Olivia cerca, concentrada en leer el catálogo de los libros, yo de pie, ligeramente atrás, sintiendo subir desde su cabello aroma de duraznos y resistirme a mirar un poco más, inclinarme un poco más, no hacerlo porque entonces quizás la blusa esté un poco relajada y los botones, redondos, blancos o color miel, ah, y qué mejor que seguir sintiendo duraznos y oír que a lo lejos me pregunta si está bien ese libro y su sonrisa tan desde atrás de sí misma y querer sacarla de sus lentes y una tontería sus labios tan resecos, la cintura que tengo que imaginarle, “¿se siente bien?”, sí, no es nada, los libros que ha elegido están bien, ¿sabe?, me ha gustado su suéter, y un rubor y no puede ser que un suéter de estambre, color pastel (ella se aleja, yo la miro), me provoque lo mismo que el perfume leve de su cabello y a pesar de todo no pueda imaginarla existiendo abajo de toda esa ropa, pero, entonces ¿por qué? y cómo preguntarle a qué hora sale si ya sé que a las ocho y los sábados a las tres y mañana es sábado. Veo que se aleja y siento la necesidad de imaginarla otra vez, fuera del trabajo y sin abuela, con ropa más de acuerdo a su edad, pero no puedo, o no quiero porque quizás me decepcione y ya no sé qué más después de devolverle los libros que tenía en préstamo y agradecerle tanto, tanto los increíbles ejemplares que hoy me prestará y que quién sabe si leeré porque el perfume de duraznos me seguirá cuando salga a la calle y qué resecos tenía los brazos y sus manos tan delgadas, tan blancas, tan suyas mientras tomaba los libros de las repisas y yo ya estoy en el paradero dejando pasar los camiones y el tiempo, aferrado a la pluma que no escribe nada en el cuaderno, y para qué recordar si resulta que siento los duraznos y no me doy cuenta que en la hoja escribí Olivia, Olivia y luego Oli, qué tonto, estás enamorado dice Juan Manuel atrás de mí, dejo caer la libreta, viene el autobús y nos subimos, él que me pregunta quién es Olivia a medida que el autobús acelera, pienso que Olivia es alguien debajo de la ropa de su tía o de su abuela y que huele a duraznos, la imaginación es bárbara. Juan Manuel me da un zape y dice: “eres un sucio”. No importa, que diga lo que quiera. No le contesto porque ya estoy viendo de nuevo a Olivia. Y sí, mañana es sábado.

***

Olivia camina. Lleva puesta la misma falda, hace calor, son las tres de la tarde con veinte minutos. Qué bien que hace calor: se ha quitado el suéter, ella es muy delgada. Zapatos bajos, negros, asoman de entre la falda en cada paso que da sin mirar atrás ni a un lado. Decirle que pasaba por aquí, rumbo al parque y con este calor se antoja un helado. Un helado, ja. Qué muchacho tan tonto.

Vamos. ¿Qué te parecieron los libros?

No los he revisado, hasta hoy, por la tarde

Ahí los traes.

Sí…, quizá en el parque.

Napolitano.

El helado.

Sí.

¿Recuerdas cuando murió una turista, justo ahí?, la aplastó la rama de uno de esos árboles, hacía mucho viento, son árboles viejos. Aprendí a temerle a los árboles viejos en parques azotados por el viento.

Ella estaba muy tranquila, ya no estaba sufriendo, había entrado en shock o cosa parecida. No me gusta recordarlo, pero quiero hacerlo ahora, porque si tu entiendes por qué actué como lo hice, no sé, quizá no todo sea tan malo.

No entiendo.

Yo iba pasando. Era una tarde como hoy, soleada, había poca gente en este parque ya que en el otro se presentaba un grupo de teatro guiñol. El viento arrancaba las hojas y arrastraba mucha basura y polvo, por momentos tenías que detenerte y cerrar los ojos hasta que la ráfaga pasara. De pronto, en medio del zumbido del aire arremolinado en mis orejas, escucho el crujido seco de la rama; volteo y me doy cuenta que justo abajo estaba saliendo una mujer de un auto, era la turista, ya estaba fuera, a punto de cerrar la puerta. Fue un instante, la rama cayendo, ella se agachó para protegerse. La puerta del auto desvió el peso, sin embargo Ethel quedó aplastada de la cintura hacia abajo. Era imposible mover el tronco, lo intenté. La muchacha dejó de gritar, se puso pálida y supe que se estaba muriendo. Me acerqué y tomé la mano que ella estaba extendiendo hacia mí. Después supe su nombre y me enteré que era de Noruega. Me habló, me dijo tantas cosas que no entendía, que no podía entender. Sobre todo, recuerdo su mirada, cómo fue pasando del miedo a la aceptación; su mano dejó de hacerle daño a la mía. Ella me atrajo hacia sí, pensé que quería decirme algo más, que el volumen de su voz ya no sería suficiente para que la escuchara. Tomó mi cara entre sus manos y nos miramos a los ojos, entreabrió sus labios, jadeó un poco, había un poco de sangre en las comisuras. Quería que la besara. Dirás que estoy loco, pero ella quería que la besara, y lo hice, sin escrúpulos, sin asco por la sangre, sin importar nada más que concentrarme en besarla bien, como ella lo estaba haciendo conmigo con una dulzura parecida, no sé a qué, no fue un beso fraterno, fue apasionado. La sentí exhalar y, por un segundo, me quedé intentando regresarle el aliento, hacer que sus manos dejaran de apretarme tan fuerte, que dejara de mirarme. Me levanté. La gente me rodeaba, me dieron palmaditas en la espalda: creían que venía con ella. Me alejé poco a poco, nadie me detuvo, estaban ocupados con el morbo del cadáver, esperando la ambulancia que se escuchaba a lo lejos. Eso fue lo que pasó, digo, me digo a mí mismo porque Olivia ya no está, me lo digo y veo el helado tirado frente a la banca, y Olivia no está, no hay llanto, veo las palomas picoteando el barquillo, el helado escurriendo, se va derritiendo muy rápido, hace tanto calor. Aún tengo el mío en la mano, de fresa y vainilla; lo pruebo, miro el tronco del árbol, lo habían serruchado por la mitad, pero ya le han crecido nuevas ramas. Fue hace tantos años, una tarde como hoy. Me agrada, Olivia, ¿a dónde habrá ido?, escribo, escribe Fernán en su libreta, se levanta, se va. Sobre el adoquín va creciendo la mancha de helado multicolor, las palomas se disputan las migas del cono hasta hacerlo desaparecer en medio de un remolino de plumas.

Paloma, shu-shu, paloma, ven, ven paloma, shu.

***

caja-recuerdosDe vuelta en el departamento-bodega de Juan Manuel, Fernán le ha pedido alimentar a la machina con algunos tratados sobre la naturaleza de las cosas; cuestión vaga y más bien misteriosa por la cual Juan Manuel no se ha atrevido a preguntar demasiado. Así que mientras busca en los libreros y en el google, Fernán por su cuenta se ha puesto a revisar debajo de la cama donde ha encontrado impresionantes pelusas grises y rojas, Playboys en número indeterminado, un ejemplar de Mein Kampf (¿así se escribe?) deshojado, despastado, subrayado —¡Este Juan Manuel, tan raro!—, unos calcetines tiesos y la caja de galletas Mac’Ma que fuera el motivo de su búsqueda. Por fin, ahí estaba: la caja de los recuerdos que dejó encargada cuando lo de su viaje.

—Aquí está —exclama.

Juan Manuel mira con gusto el hallazgo y ha dicho:

—Vaya, Fernán, encontraste la revista que tiene la conejita de los tatuajes. No sabes cuánto tiempo la estuve buscando.

—No, bruto. Me refiero a la caja —aclaró Fernán, golpeando, levantando una nube de polvo que los ha hecho estornudar.

Juan Manuel le dijo que “ni se acordaba”, pero que qué bueno, ¿y qué guardas ahí?

¡Qué no guarda allí, Fernán! Unos zapatitos de bebé, un dado, un reloj de arena, un ojo de venado (el amuleto, ecologistas, no el globo ocular de algún animalito), una baraja, un ajedrez miniatura, juego de dardos (también miniatura), una esfera de cristal y otra como canica blanca, opaca, manchada de gris y negro, un títere de un viejo, muy viejo y estropeado, ah, una página amarillenta de un libro, arrancada y que habría que leer un poco para ver si ubicamos el nombre de la obra mutilada; un escarabajo mal disecado: el abdomen y patas sueltas, la cabeza por otro lado (metida en la bombilla de mate que le OLYMPUS DIGITAL CAMERAregaló una amiga que estuvo en Buenos Aires, otra historia, no viene al caso); “¡ah!”, exclama Juan Manuel, “un Oryctes nasicornis mal conservado. Mira Fernán, es igualito a éste” Y entonces en la pantalla de Adelina, luego de un par de clicks, cortesía de Wikipedia, aparece, magia de magias, con la cabeza de nuevo en su lugar, el mismito bicho que Fernán rescatara de la caja, pero eso no es exactamente lo que busca, sino lo otro, los objetos. “Y ¿pa’ qué los quieres?”, ha preguntao Fernán.

—Ya verás, vuelvo en la tarde y te cuento, amigo. Me voy. Síguele cargando a la machina la información que te pedí, no te entretengas con la coneja de los tatuajes.

Fernán guarda de nuevo las cosas en la caja, y se despide, lleva prisa, no responde a la pregunta que Juan Manuel le hizo desde la escalera.

¿Que qué pasó con Olivia? Nada, en la biblioteca, muchacha tan sensible no había conocido, ya verá Juan Manuel, lo que puede una caja de recuerdos para cortejar a una dama.

Cierra la puerta, entra en la calle, no hay viento que lo despeine, por eso mismo corre y lo provoca, la caja va dejando una estela de estornudos y polvo y señoras indignadas. En la parada del trolebús no tuvo que esperar mucho y, por la hora de la tarde que era, encontró asiento libre. Ya va en camino, sentado. Y es en momentos como estos cuando a Fernán le da el “malestar de la concatenación sucesiva del tiempo” y para evitarlo saca de su morral, al azar, alguno de los libros que siempre carga y se tira de cabeza tras la liebre blanca, mientras afuera del trolebús Ciudad Capital desaparece por los minutos que tarde el viejo transporte en llegar a la Biblioteca.

***

Retomando el hilo, Fernán había rescatado la caja de recuerdos de debajo de la cama de Juan Manuel y entrado precipitadamente a la calle con el paralelepípedo de corrugado que iba soltando polvo por aquí y polvo por allá, polvito por delante y polvito por detrás.

Fue mientras esperaba el paso del trolebús-acordeón, sentado junto a un señor muy estirado de traje y corbata que se derretía (sí, sí pues, ambos, derritiéndose: señor y corbata a rayas como lengua de san bernaldo en primavera), a causa de apenas unos treinta y ocho grados, que Fernán encontró la caja de las cerillas. Luego el trole, con moscas viajeras patrullando en el aire como de vaporera, pero peor, entre asientos y sudores rancios, o peor; el trole, la gente que ya no soporta mirarse frente a frente. ¡Bajan, bajan en la biblioteca!

***

—¿Una caja de qué?

—De recuerdos —digo, le digo a Olivia que está del otro lado del escritorio y más allá de sus anteojos.

—¿Y crees que con tu cajita voy a perdonarte el mal rato? —frunce la naricilla, aprieta los labiecillos, mira la cajita de cerillos.

—Es que, Olivia, usted, bueno, tú…, es decir, adentro hay una caja de cerillas o cerillos, cuando era niño las coleccionaba. Y mira —le digo y pienso, o pienso y le digo— mira, Olivia, guardé mi zapatito de cuando tenía meses de nacido —insisto, agitando el trocito de cuero enjuto del cual penden jirones de agujeta de un color más bien cenizo, como si el conjunto fuera una rata embalsamada mordida por un gato; caray, carajo, Olivia mira el zapatito con asco, que no la vea mi difunta mamita porque me la va a jalar de las patitas en la noche. Pienso. Olivia, sepa su qué estará pensando.

—Te lo regalo —le digo en broma, pero hay que ver cómo le cambia la cara y los lentes se le aflojan, pobre, no sabe qué hacer, mejor sonreír con los nervios en las orejas rojas, en los ojos anteojados, pobrecilla, qué malo soy. Chin, ahora qué le pasa por qué estira la mano, no era en serio.

—Gracias, Fernán —ha dicho y ha tomado el trocito de cuero, ni modo de decirle “tate quieta”—, qué detalle tan lindo de tu parte.

—No, no, no… y espérate al sábado que vayamos al parque, verás lo que guardo en una caja de galletas holandesas, Oli —auch, le dije Oli. Pero al instante siguiente no importa porque de la cara se le desgaja una sonrisa y una miel de los ojos… ay, ¡el amor!

***

[Marti Lelis / Fragmento de novela]

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