Ensayo de juglaría y clerecía. Cap. n° 6

Historia del violín que dice el trobador

Marti Lelis

Los dados eran el ícono del azar, uno rojo y otro verde, como caramelos, dado verde, dado rojo, puntos blancos. La abuela jugaba conmigo a serpientes y escaleras, pero me gustaba más el juego de la oca, pato cuelliverde que te hacía saltar de uno a otro plumífero hasta que la parvada se extinguía o la viejecita colgaba el pico.

Por lo general llegaban mis primos y si al menos la abuela estuviera despierta…, bueno, qué más da, vamos a cazar lagartijas a tumbar panales de avispas o a buscar figurillas de barro en el terreno recién barbechado. Cuentan, y ahora, ayer que me lo contaron de nuevo, los primos reunidos en un funeral al que fui, soportando la aversión enorme que me dan las exequias, ese aire lúgubre y los rezos, sobre todo la tristeza, ¡cielos!, ¡diablos!, la tristeza que no puedo soportar cada vez que paso junto a un cementerio cuando las campanas doblan y me doblan en tres o más partes por mitad del estómago; cuentan, me contaron o, más bien, me recordaron porque yo también lo había vivido y no-sé-cómo-pude-olvidar, lo del tío político que casi nadie quería pero había que tener compasión: tan viejecito, cómo lo vamos a dejar ahí, viviendo solo en su cuartito de adobe al fondo del terreno, solito con su violín, un lujo para sus manos curtidas por tantos años sembrando el maíz y los frijoles, arreando vacas, cocinando borregos —¡ay!, tan buena la barbacoa del tío Benito, ¿te acuerdas, tú?—, engordando sus puercos y gallinas todo el día. ¡Ah!, pero en las noches, la cosa cambiaba, como a las ocho las luces de las velas iluminaban apenas las ventanas y creaban la sombra del tío Benito y su violín…

—¿Y eso te lo contaron tus primos? —dice Olivia. Y no me molesta que interrumpa, porque a quién le importa el tiempo y la continuidad de las historias si Olivia está juntito a uno y, además, se ha quitado los lentes, o las lentes, o los anteojos, o espejuelos, quevedos, digo, para que se entienda en otros países, y ella está con los ojos desnudos más cerca de los míos y la naricilla, ah, vaya, ahora entiendo a los esquimales, qué bella nariz, mira nomás: qué bella nariz—. Te hablé, Fernán, ¿no escuchaste?

—Sí, perdón. Pensaba la respuesta. Me lo contaron, sí. En realidad fue una reacción en cadena. En cuanto mencionaron el violín, la noche del funeral de tío Benito, recordé la historia; algo en mí lo había mantenido oculto. Así fue.

—¿Y luego qué pasó?

—Lo espiábamos, pasaba largos ratos con el violín en el hombro, haciendo ademán de tocarlo. Lo ponía en la mesa, sobre una manta, lo contemplaba por varios minutos seguidos sin apenas moverse ni respirar; de vez en vez acariciaba la caja o las cuerdas y terminaba por mirarse las manos y guardar el instrumento. Así, todos los días, el mismo rito, las velas, la contemplación, el silencio, las manos.

—¿Pero tu tío era campesino?

—De los recios.

—¿Y entonces, el violín?

—Ah, intrigante. Eso es lo intrigante.

—¿Qué hora es? —pregunta Olivia y mira el reloj de pared; vuelve la vista a mí con un giro que logra desprender el leve aroma de duraznos de su cabello trenzado, negro, brillante—. Es hora, vamos, Fernán. Toma, los libros que busqué para ti —ha dicho, ordenado, y qué hacer para no ser más tonto, qué hacer para no besarla ahora que no queda nadie en este piso de Literatura y la biblioteca poco a poco irá quedando a oscuras; qué hacer para no verla tanto, para no pensar.

—Sí. Respondo. Te respondo Olivia que sí, muy amable, señorita —le digo como un último recurso para evitar la furia y la pena, le digo cantando que sí. Me mira, se ríe. Me ha preguntado que si voy a empezar otra vez con mis cosas de poemas y cantares. Vuelve a reír. Le vuelvo a decir que sí. Bajamos las escaleras porque el poli ha empezado a cortar la electricidad. Cada vez más rápido bajamos al piso que sigue, hasta aquí arriba suenan los interruptores y las oscuridad baja por el cubo, “nos persigue”, dice Olivia y ríe, yo le digo “sí”, entre risas, pero en realidad terror, la oscuridad bajando hacia mí. Ahora la estoy esperando en la recepción, recupero el resuello, no quiero voltear, debe venir muy cerca, atrás. Afuera ya oscureció.

***

Perseguidos por la oscuridad en el cubo de las escaleras, terriblemente alegres y con los pelos de punta, llegamos a la recepción del edificio. El poli, bonachón, gordito de cabeza blanca, lustrosa gorra policial y un par de esposas oxidadas, ha dicho: “Hasta el lunes, que descanse señorita Olivia”. Entrar en la calle doblando a la izquierda, hacia las luces acumuladas en el parabús, fijas alrededor de las polillas que besan las lámparas. Caminamos. Hay un río de luces, faros de automóviles que vienen o van, ya es tarde, van a casa o a divertirse. Pasan. El juglar, que ahora se dice trovador, sincroniza sus pasos con los de la dama de los duraznos y el suéter felpudo; de reojo, el trovador Fernán mira brillar los espejuelos de su acompañante y atiende a la pregunta sobre qué pasó con el tío del violín. Ahora está feliz, el trovador. Olivia, por lo menos está intrigada y arrisca la nariz o mira salir sus pies, alternados, por debajo de su falda. No se percata de la conmoción que provoca en Fernán el movimiento de su cabello al compás de sus pasos livianos, un tremor apenas perceptible pero suficiente para que la ilusión de que ella flota, ilusión promovida por lo largo de la falda que oculta toda la extensión de las piernas y aun de los tobillos, se rompa y la vuelva una criatura terrena y real dentro de la magnificencia con que el trovador la ha investido. Criatura bella y curiosa que ahora ha insistido de nuevo, reclamado que se le cuente el final de la historia porque no le gustan las novelas por entregas, ni las policiacas, que qué flojera para los lectores y qué desconsideración por parte del escritor o cuentero. ¡Ah! Linda dama, culta y de gustos definidos.

—Nada. Que un día el tío Benito comenzó a estudiar violín. Apareció de la nada un profesor de música del que sólo supimos que era fuereño y que no era profesor sino violinista ucraniano o ruso de una compañía circense. Tocaba mientras Igor, el amo de los osos, luchaba en la arena con un par de plantígrados siberianos.

—¿Plantígrados?

—Osos, pues; rusos. Pero eso poco importa. La cuestión es que el ucraniano sólo le dio un par de clases al tío Benito y luego desapareció sin avisar.

Aquí Fernán guardó silencio, aspiró de nuevo acercándose al hombro de Olivia. El trolebús-gusano ya venía bajando por la empinada calle. Oli preguntó qué más y Fernán dijo: el trole, ya viene. Nada, no pasó nada más. El violinista le dejó al tío Benito otro violín, uno bastante viejo y barnizado en negro, a cambio del suyo.

—Pues no me gustó la historia —dijo Oli mientras subíamos al trole-acordeón.

Cuando se acomodaron en los asientos de en medio, el trovador o sea yo, le dije a Oli que a mí tampoco me gustaba el final de la historia ni que el tío Benito se hubiese muerto. La cuestión es que luego una prima lejana del tío Benito, durante el funeral, preguntó como al descuido, que qué le iban a hacer a las pertenencias de su primo. Dicen que le brillaron los ojitos a la señora o señorita, bastante anciana, por cierto. “A quemarlas”, le dijeron los familiares del finado. Qué bárbaros, no, por favor, yo quiero el violín, dijo la viejecita. Uy, el violín está con el tío en el ataúd. La señora dijo que ese violín negro no, el otro. Le explicaron que se lo había llevado el ucraniano o ruso desaparecido. La señora se puso blanca y se fue sin despedirse. Mis primos lejanos fueron los que comenzaron a decir que se trataba de un Stradivarius. Nunca supimos si era broma o qué, nadie vio el violín de cerca, excepto el tío y el ruso. Quizás la anciana también.

—¡Qué bárbaridad! Fernán, ¡un Stradivarius!

stradivarius-2—No se sabe si era o no. Pero la historia no tiene mayor complicación, habría que reescribirla.

—¡Qué bárbaros! —repitió Olivia y entonces nos quedamos viendo la grasa en el eje del trole-gusano que estaba dando una vuelta de noventa grados. Justo a la vuelta terminaba el viaje.

Oli se despidió de Fernán, le agradeció la compañía y lo invitó a desayunar a la mañana siguiente, domingo, aquí mismo, sí, me agrada la idea. Fernán elevó el brazo y extendiendo la palma de la mano hacia Oli, con los dedos más o menos separados, hay que cortarse las uñas, agitó a un lado y otro su extremidad en señal de adiós. Oli se metió al edificio, Fernán echó a andar, pensando que si ella no le daba el clásico beso en la mejilla, era porque algo sentía o algo le pasaba.

Una lata oxidada en la acera esperaba la punta del zapato de Fernán, pero él ajustó los faldones de su gabardina y dejó la lata para que otro la pateara.

Un río de luces fluía de nuevo a un lado del trovador. No tenía ni una moneda en el bolsillo y nunca acostumbró cartera. Le llevaría dos horas llegar caminando a casa, o diez minutos si en la estación “Etiopía” del metro el policía continuaba enamorando a la taquillera pelirroja.

***

[La continuación fue publicada con anterioridad como: Cuando al fin el amor , que sería el Capítulo n° 7].

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