Memorias del medio siglo n° 4 – De cómo, cuándo y por qué aprendí a leer

De cómo, cuándo y por qué aprendí a leer. La vida de los animales de Pierre Paul Grassé y el Meloe proscarabaeus.

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Pongamos que fue a los cuatro años (o tres y fracción) de edad, cuando descubrí en casa los tres tomos de La vida de los animales. Debieron parecerme unos libros gigantes con camisas de brillantes colores y fotografías de animales. Debió parecerme un mundo metido entre las hojas gruesas de papel, todo un zoológico colorido. Debí pasar horas con la nariz metida entre las tapas, con los dedos a veces ansiosos por pasar a la siguiente página por ver si aparecía otro ser extraño. Yo sabía que los signos que acompañaban a las fotos revelaban el secreto de los nombres. Bastaba con saber leer, pero no sabía leer. Mis hermanos y mi madre eran los que me leían cuentos antes de dormir. Tomaban libros y recitaban una historia mientras veían las páginas. Por eso, yo sabía que podían leer también en La vida de los animales. De modo que le pedí ayuda a mi hermano mayor: ¿Qué dice aquí?, le pregunté un día, señalando al pie de una foto donde aparecía un bicho tremendo. ¿Es su nombre, verdad? ¿Cómo se llama este bicho?, insistía. Y mi hermano: Meloe proscarabaeus, pronunciaba despacio. Así se llama, eso dice ahí. Y lo repetía sonriendo, divertido.

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Al estupor que me causaba oír esas palabras sin sentido, se añadió la indignación porque sentí que me estaban mintiendo. Ese bicho interesante no se puede llamar algo absurdo, algo que no me sonaba conocido. Rabiaba cuando le insistía que me leyera otra vez, que no me mintiera, que me dijera cómo se llamaba ese animal o cualquier otro de las páginas que le iba mostrando. Mismo resultado: el nombre científico del animal hasta hacerme llorar de coraje porque no se podían llamar algo que yo no entendía.

Eso no pudo repetirse mucho tiempo porque para mí era sentirme estafado. ¡Tantos animales preciosos y no poder leer por mí mismo sus nombres!

“Mamá, ¿cómo se llama este bicho?”. Y ella: Meloe proscarabeus, leyendo. ¿Acaso era una conjura?

“Mamá: quiero aprender a leer para que ya no me engañen, para leer yo mismo el nombre de los animales”, decidido niño analfabeta de cuatro años (o tres y fracción). Mi madre, encantada, porque ella fue maestra de primaria antes de que yo naciera y en ese momento (1971 o 1972) ya no trabajaba más. No recuerdo el proceso, pero mi madre me alfabetizó, y no debió costarle trabajo pues tenía un alumno dispuesto a aprender rápido y bien.

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Así fue como aprendí a leer antes del Jardín de Niños. Es seguro que un día pude regresar a la página 356 del segundo tomo de La vida de los animales y leer: “Meloe proscarabaeus” y todos los nombres y los hábitos de los animales. ¡Qué iba a entender armado sólo con el vocabulario de mis cuatro años! Recitaba, reproducía los sonidos y con eso me bastaba. Lo demás era preguntar.

Así, como se enganchan las larvas del Meloe proscarabaeus a las abejas para viajar, yo me enganché a la lectura y después a la escritura y el viaje sigue hasta aquí.

Le conté, ayer por la mañana, la anécdota a Irlanda, mi mujer, y le pareció divertida y maravillosa. Por la noche le puse en la mesa de la cocina los tres tomos que aún conservo. Pasamos minutos inolvidables. Ella, hojeando los libros. Yo, mirándola disfrutar las fotografías y leyendo los nombres científicos de los animales.

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