Julián o de cómo alterar la realidad

Por supuesto que tampoco Julián tenía la culpa. Nadie culpa al gato por engullir una rata o ratón, ni al ratón por comerse el pan y el queso.

Bastaría recordar cómo fue que apareció Julián entre nosotros para dispensarlo de inmediato de cualquier incidente, por más trivial o grave que sea. Julián simplemente apareció de la nada, un día de febrero, a finales, casi marzo. A alguno de nosotros se le ocurrió decir en broma que apareció en nuestras vidas un 30 de febrero, ahora ya no lo decimos en broma.

Era de esos días que a todos los que no usamos lentes de contacto nos gustan. Viento y hojarasca por doquier. Polvo en el aire, melenas alborotadas y mujeres sujetándose con trabajo las faldas.

Comenzábamos a sospechar que tanto estudio, tanto desvelo por terminar una Licenciatura y titularse era el pase de entrada a un orden de las cosas que a más de uno acabaría por secarle la vida y la alegría. Eso sospechábamos y discutíamos en las reuniones de toda la noche que patrocinaba sin quererlo la cafetería de la familia de una de nuestras compañeras más queridas. Esa tarde nos reuniríamos.

Nos dirigimos a tomar el microbús del otro lado de la Avenida de los Insurgentes. Para ello teníamos que atravesar toda la explanada principal de CU, mejor conocida como “Las islas”. Recuerdo que recién acababan de montar una exposición de esculturas de láminas de acero en los cuadrángulos de pasto que están al pie de la Torre de Rectoría. Íbamos bromeando unos, otros iban enfrascados en una de esas pláticas llenas de vituperios y albures.

gabardinaNo sé quién fue el primero que vio los pies y un pedazo de gabardina verde que asomaban inertes por una de las rendijas semicirculares de una de las esculturas metálicas. “Un borracho más”, debió ser el pensamiento generalizado de la tropa ruidosa que se detuvo frente a la figura de hierro y la fue rodeando en silencio. Simples miradas entre nosotros bastaron para maquinar la broma que le haríamos pasar al dueño de esos zapatos viejos y de la gabardina que, en algún tiempo, debió ser verde militar. A un tiempo comenzamos todos a dar palmadas en la escultura, un tamborileo frenético que alertó a más de tres guardas del campus. Echamos a correr presos de un histérico ataque de risa, entre empujones, silbidos y gritos triunfantes por el fenomenal susto que le habíamos propinado al supuesto borracho. Cuando estuvimos a unos 20 metros de distancia, jadeantes, nos detuvimos para ver la reacción del pobre infeliz. Nada. Sus pies seguían asomados en la misma posición que lo encontramos. Lo único que se escuchaba y se movía eran las hojas que arrastraban las ráfagas de viento húmedo que anunciaban aguacero inminente.

“El tipo está muerto”, se oyó al fin una voz. “O perdido de borracho”, agregó una voz de mujer. “Mejor nos largamos de aquí”, dijo el prudente. Mientras tanto ya el hombre se había incorporado y asomaba por uno de los huecos circulares de la figura. Sonreía y nos miraba. Nos miraba y sonreía. La cara de idiotas que debimos tener. Luego simplemente salió de en medio de la estructura y echó a caminar con parsimonia hacia nosotros. Llevaba colgado del brazo un paraguas negro y del hombro un morral del mismo verde que la gabardina. La mano derecha en el bolsillo; la mano izquierda sujetaba lo que parecía un libro pequeño de pastas rojas, el brazo izquierdo flexionado en escuadra de tal modo que el libro se apoyaba justo en el centro de su pecho como protegiendo su corazón del viento.

Esa noche en La Gotera, que así se llamaba la cafetería, la vida nos comenzó a cambiar a varios de nosotros. No estábamos preparados para conocer a alguien que tuviera una visión tan desparpajada y maravillosa de la vida. Supongo que fue porque ninguno de los ahí presentes podía decir que tenía entre sus conocidos a un artista desconocido. Los que no cayeron bajo la sencillez de su personalidad aprendieron a envidiarlo ahí mismo, en esas primeras horas que pasamos juntos. Y es que de inmediato envidiaron el atractivo que Julián tuvo sobre las mujeres del grupo. Todas querían sentarse junto a él para echar miradas furtivas a la libreta que, al principio, confundimos con un libro.

De ahí nos fue leyendo fragmentos de una prosa desequilibrada, a ratos florida, a ratos oscura, una escritura bellamente aterradora donde todos nos queríamos reconocer y donde las mujeres acababan a suspiros aunque sospecho que sin entender demasiado. Nunca acabaremos de entender aquellas cosas que Julián escribía y que nos dejaban una sensación de “estar a punto de…” Una especie de desasosiego reconcentrado, un estar al borde del recuerdo perdido, escuchando, como si fueran nuevas, las mismas cosas que dicen los libros, los poemas.

***
Marti Lelis / Fragmento de novela

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