Cuatro epílogos para un poema

Cuatro epílogos para un poema

 

Marti Lelis

I

Que mi voz partiera por en medio el escritorio estéril, el temor de dejar en blanco el lienzo de los locos, vacías las naves de la Edad Media.

Que de mi mano ya no nazca un remedo de primavera, la vaga ilusión de una tristeza imaginaria, los números absurdos con que la vida vive su muerte cada día.

Que de mi cabeza destierre a los falsos ídolos del sol negro, lanzándolos al rumbo de lo ajeno, al desierto mínimo de mi reloj de arena.

Que vivir pudiera olvidado de los cadáveres que me atribuyo, lejos de mí y de los ojos que rascan mis heridas; ajeno a la increíble condición de un falso héroe de caballerías.

***

II

Perdida toda sonrisa: ¿qué más dan las carcajadas del enemigo, el sabor amargo de la tierra, esos granos de arena que voy, que vamos, tú y yo, quebrando entre los dientes?

Ayer fue un beso y repartir de mariposas ramos,

hoy saliva y una horda de incomprensibles humanos sedientos;

el instante de la increíble seguridad de haber perdido todos los poemas.

Yo no sé por qué, pero ¡allá van!, desmembradas,

estrofas rotas en versos grotescos,

en palabras huecas que van perdiendo sus letras,

en ritmos estentóreos como la agonía de una Quimera.

Quedan las imágenes: remolino de inmundicias donde aparece de tanto en tanto mi rostro disfrazado de mueca y brazos, manos, pies rotos, un bullir de uñas y dedos.

Que vuelva el mago de las letras a juntar mis miembros con suturas bastas, hilos de cáñamo para zurcir el despojo de cabeza a la estrechez irrisoria de mi cuerpo. No es mucho lo que tengo, pero es todo, y lo profiero.

***

III

¿Y si todo fuera un sueño que opaca mis ojos y ya no hay mago, ni agujas, ni letras? ¿Aceptar que no es posible trazar un boceto de otro cielo, de otra tierra? ¿Aceptar que, al perderte en la aurora, hay un gusano debajo de ti que poco a poco te consume?

¿Quién pudiera beber de la Estigia y apagar las sombras de sus emputecidas quimeras?

Ni una palabra más que no tenga un destino sin cadenas, ni una sonrisa: puro aquelarre de letras.

Discursos peregrinos, palabras que no se arrimen a la materia perversa del papel.

Dejar que los cabellos crezcan sin control hasta tropezar con ellos.

Que entre las barbas aniden costras de cebo, bullir de insectos que sorban mi sangre

Que en la calle griten: “¡Allá vas, leproso de mierda! Se te ven los huesos. Cómprate ropa al menos, ponte zapatos o trapos para que no pierdas más dedos. Allá vas, leproso, ojalá te mueras”.

Escucharlo todos los días, rumiando a solas la verdadera condición del náufrago de las palabras, pastor de imágenes, una suerte de Odiseo enloquecido que no pierde, sin embargo, el rumbo de su patria.

***

IV

O simplemente

que nunca pierda Sísifo

la ternura por su piedra…

***

[“Cuatro epílogos para un poema”, forma parte del poemario Salvar caracoles con palabras, Premio Estatal de Poesía “Dolores Castro” 2016, del Estado de Tlaxcala].

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