Los galeones de la actualidad

ESCRITOS DE LAS CINCO DE LA MAÑANA #145

Sobre audiolibros, El túnel, El Quijote y Cervantes y los galeones de la actualidad.

Marti Lelis

Ayer me pedían un comentario sobre los audiolibros. Por lo pronto se me ocurre que la vida de cualquier persona se podría explicar en términos de su relación con la lectura y habría diferentes etapas según la edad. Todos comenzamos con “audiolibros”: los papás nos leen cuentos antes de dormir porque no sabemos leer. Por curiosidad deseamos aprender a leer para descifrar lo que hay en esos libros para niños con ilustraciones atractivas. Después, leemos más o menos libros, según el entorno familiar que nos sepan construir (papás lectores o no lectores; profesores de primaria lectores o no lectores). Pienso que en esta etapa debe fomentarse más la lectura en papel que los audiolibros, por una sencilla razón: ver las palabras nos ayuda a aprender cómo se escriben (ortografía, signos de puntuación). Los audiolibros serían más recomendables para lectores ya experimentados. Por lo demás no les veo nada de malo, pero en su momento, una vez que ya que te has formado como lector en papel. El gusto por escuchar una historia lo conservamos siempre, porque a todos nos gusta que nos cuenten cuentos.

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Sobre el párrafo inicial de El túnel de Ernesto Sábato

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”. Es un magnífico inicio que nos presenta a los personajes y lo que sucedió. La novela es el cómo y el porqué, recurso que también se emplea en Crónica de una muerte anunciada. La pregunta que tienes en mente todo el tiempo es: ¿estuvo justificado el asesinato? Una magnífica novela corta (que tiene otras reglas que la novela de mayor extensión). La novela corta se basa por lo general en un enigma central alrededor del cual se teje la trama. En el caso de El túnel el enigma principal es: ¿por qué la mató? Así funcionan casi todas las novelas cortas, con un centro enigmático del que irradian las sub-tramas y las concentra. En cierto modo se parece al género policial que vuelve “detective” al lector.

Juan Carlos Onetti, el escritor uruguayo, sabía el secreto de la novela corta. Baste mencionar dos de sus obras con estas características: Los adioses y Para una tumba sin nombre, dos obras maestras que los interesados en el género deberían leer.

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Cada año, desde que lo leí por primera vez, releo Don Quijote de la Mancha. Es una de esas ocupaciones secretas en la lectura. El punto es: nunca se agota y soporta todas las relecturas que le quieras hacer. La ironía es la clave. Cervantes escribía desde la ironía y la dicotomía ficción-realidad, de manera que te das cuenta de que él sabía el secreto de las palabras y de la creación literaria; presentía el efecto del libro impreso y el cambio enorme que provocaría en la forma de leer.

Estamos en un punto similar: ante el poder que se le ha dado a las personas de publicar en internet y de que sus textos sean leídos automáticamente alrededor del globo, se avecina un cambio interesante, materia para una reflexión posterior.

Por lo pronto, si Cervantes se quedó con las ganas de venir al Nuevo Mundo, su Quijote sí viajó y llegaron más de doscientos ejemplares viajando a bordo  del Espíritu Santo y de Nuestra Señora del Rosario. Con nombres menos sacros, en esta época de la comunicación por internet, ¿cuáles son, cuáles serán, nuestros nuevos galeones y hasta dónde podremos viajar? El tiempo y la escritura lo dirán.

Improvisemos:

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Galeón jugueteUna semana navegando rumbo al Nuevo Mundo.

“¿Usted por qué viaja?”, me había preguntado la autoridad personificada en el sucio gordo que tenía que sacudir a cada minuto el libro de registros. “Busco fortuna y una nueva vida”, respondí. “Usted tiene acento. ¿De dónde viene?”, preguntó el gordo rascándose la cabeza, la masa compacta de pelos grasosos y aplastados, brillantes de suciedad. Y volvió a sacudir el libro de registros mientras esperaba mi respuesta. Le pasó la mano torpe por encima a las páginas, los dedos rollizos coronados por uñas largas bajo las cuales una línea oscura de mugre me hizo verme las mías para comprobar que estaban limpias y recortadas.

Volvió a extender el libro sobre la mesa. Detrás de mí las voces se impacientaban. Todos queríamos embarcarnos, navegar, estar ya del otro lado, en la nueva vida; pero este Caronte sevillano no sólo quería monedas, quería saber, anotarlo todo, hacernos sentir su poder: tú abordas, tú te quedas, tú vives, tú mueres, tú verás el Nuevo Mundo, pero tienes que pagar.

“Vengo de Italia”, abrevié. ¿Qué más daba decirle el nombre de una isla, del terruño, de una colina? Lo anotó. “Aquí hay dos monedas de oro”, le digo, “Son para que no pregunte por los dos libros que viajarán conmigo. El Santo Oficio, no tendría por qué enterarse”, me anticipé. Se volvió a rascar la cabeza y me miró a punto de decir algo más. “Vinagre”, me le anticipé otra vez. “Póngase vinagre. Eso los mata. Ya no tendrá usted comezón”. “Está bien”, dijo. “Otras dos monedas y aquí no ha pasado nada. Probaré con vinagre”, dijo y volvió a pasar el dorso de la mano por el papel para tumbar a los animalillos que caían desde la selva de su pelambre. Saqué dos monedas más y el Caronte gordo sonrió. Vi los dientes sucios que aún tenía en el hueco de la boca. “Mucho vinagre”, le dije. Y él: “¡Siguiente!”.

No volví la mirada mientras subí al galeón. “¡Muchacho!”, le dije a uno que fregaba la cubierta cerca de la barandilla donde me apoyé para ver la mar. “¿Cómo se llama el barco?” “Es el Bonaventura, el mejor galeón del imperio”, dijo con orgullo, y volvió a cepillar las tablas.

Una semana navegando, pensé. “Bonaventura” es italiano; me embarqué en España; voy al Nuevo Mundo. Ya es tiempo de escribir. Y escribí en la cabeza, que es como lo suelo hacer. ¿Que cuál es mi secreto para escribir así? No hay secreto. Pero si insisten: no le temo al Santo Oficio, yo vivo en el futuro, puedo estar en el Viejo y en el Nuevo Mundo, estoy en todos lados, adelanto o atraso el reloj, puedo ser claro o confuso, según ande mi cabeza; ¿que cuáles son los dos libros que traje conmigo? ¡Qué importa! Son libros, son nada, palabras dibujadas en papel, los otros, los libros que no son objetos, esos que piensas, son sólo palabras en la cabeza. ¿Y qué son las palabras? La aparente descripción del mundo. El secreto está antes de las palabras, y no es secreto; busca dentro tuyo y te darás cuenta que no hay secreto. Ya recorrí ese camino. Las palabras son un invento, son la ficción con las que nos mentimos todos. Y ese es el falso secreto. Momento de callar.

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