Del Cuaderno de la mano (notas noveladas)

Dada la persistencia de la mano, su negarse a quedar en el olvido (independientemente de que los familiares de su cuerpo los estén buscando), no queda más que mantenerla a salvo.

Esto del país de manos sonaba bastante extraño, pensó el escritor desconocido, pero lo aceptó porque estaba en el libro y si está en un libro merece el beneficio de la duda, la suspensión de la incredulidad. Continuaría la lectura en otro momento, porque ahora había llegado a la ciudad y ya podía dejar las vías.

*

El escritor desconocido deja de ser escritor y la pasa mal, pero ya llegó al lugar.

Abreviando, el escritor desconocido, ahora que había entrado a la ciudad, había perdido su categoría de escritor y sólo era un desconocido más en una ciudad desconocida para él, la primera que se le atravesó en el camino de hierro de las vías. Iba con lo puesto y su morral en donde llevaba el libro encontrado, un cuaderno en blanco y la mano Fátima que se había comportado muy bien.

Exhausto por el mal dormir, por el mal comer y por el mal ánimo generalizado por lo perra que se había puesto la realidad, el desconocido arrastró sus pasos hacia el corazón de la ciudad, pero no llegó. La vista se le comenzó a nublar y fue a recargarse en la herrería de una mansión que ocupaba una cuadra completa, una cuadra grande en la periferia de la pequeña urbe, situada en un lomerío desde donde se podía ver el centro de la ciudad.

Frente al portón de entrada se sentó en el piso y pensó por un momento cómo es que había llegado a estar en situación tan deplorable. Vio luces como microbios danzando frente a sus ojos y la oscuridad, alternadas. Puso su mochila a un lado y se acostó en el piso. El frío del cemento lo hizo estremecer, a pesar de la vieja gabardina verde que siempre usaba. Las nubes, contra un cielo limpio que parecía al alcance de la mano, eran el fondo contra el que se recortaban las figuras de dos gárgolas que vigilaban la entrada. El desconocido las miró y se le fue apagando la vista.

Por dentro, en cambio, su imaginación siguió activa y fue a caer en el recuerdo de un piso de baldosas rojas de cerámica, brillante y reticulado, su primer recuerdo, tal vez. Convertido en sus puros sentidos acrecentados, el desconocido se sabía sin sentido, tirado en la calle y, a la vez, estaba en otro mundo que, si quería, si se atrevía, podría explorar. En cambio, lo despertó a la realidad la frescura del agua en la cara. Entreabrió los ojos. “Está vivo” dijo una voz, y otra: “A la camilla, vamos pa’dentro”, y se dejó llevar.

*

Benito y Eduardo atienden al desconocido (antes escritor), en el interior de la casona o mansión, que pareciera hospital, pero no lo es o casi, pero no. Cuarto blanco con dos camas, el desconocido aún en la camilla con ruedas, ojos entreabiertos, demacrado a más no poder, jodido, muy jodido, que ni qué.

—Está muy quieto.

—¿Le late el corazón? ¿Respira?

—Tiene pulso, y respira muy lento, pero bien.

Entonces el primero soltó la carcajada.

—¡Cómo pataleó cuando le tiraste el agua en la cara!

—¡Sí, qué bestia! ¡Parecía que quería nadar! —riendo también, fuerte.

—¡Bájale el volumen! No se vaya a despertar.

—Si despierto ya está, pero se ve apendejado.

—No se mueve. ¿Estará pacheco o pedo?

—No creo. No apesta. Hay que revisarlo bien antes de que llegue el doctor —poniéndose serio el enfermero gordo y alto como ropero, barba de tres días, derrame en el ojo, manazas de dedos rollizos y rojos como salchichas para asar.

—¿Lo vamos a ingresar? —dijo el otro, el chaparro y flaco, cubrebocas azul en el pescuezo, ojeras de panda, manos largas y huesudas como varillas de paraguas, punzantes como para no tocar.

—Llenamos el registro y que decida el doctor, o el director.

—¡Ándale pues! ¡Apúrale! Métele suero porque se ve bien reseco el méndigo muchacho, o señor, ¿qué será? ¿Cuántos le calculas?

—Veinticinco, treinta… no sé. Menos de treinta. Le pondré veinticinco en la hoja. Ya después le preguntamos.

—No creo que se quede.

—No, tampoco yo. Éste daría mucha lata, se ve bien jodido.

Y tomándole el brazo, puesta la liga, lista la aguja entre los dedos como aguja del flaco, éste exclamó:

—¡Pero si no tiene venas! —dándole un piquete y otro, aquí y allá, moviendo la aguja mientras el desconocido se quejaba quedo como quien tiene pesadilla, pero se le ha subido el muerto y no se puede despertar. En tanto Eduardo, el grandote, Lalo, “La lonja”, riendo:

—¡Pinches piquetotes! ¡Ya atínale, güey! —sosteniéndole las patas al desconocido, no fuera que reaccionara y les atizara un patín. Pero no, sólo se quejó hasta que Benito el flaco vio gotear la sangre y conectó la manguera transparente del suero por donde se vio una voluta de hilitos rojos de la sangre muy roja del muchacho quieto que de pronto alzó la cabeza y dijo:

—Mi morral, mis libros, Fátima, mi mano —balbuceante, y dejó caer de nuevo la cabeza para perderse en el ensueño de su aparente fragilidad.

*

Por el inconveniente de la sucesividad, forma y contenido se hallaban aquí en contradicción, como es habitual. Bastaba ver que lo que parecía codicia (en el par de enfermeros que, apenas vieron que el desconocido muchacho se volvió a perder en el ensueño, fueron a registrar el morral que había quedado a un lado de la camilla), en realidad era:

—Fíjate qué trae en el morral. Tal vez una identificación, alguna pista de a quién llamar para que vengan por él.

Y Eduardo, Lalo, la lonja, ya estaba con el morral entre las manos, sobre la otra camilla, hurgando sin vaciar el contenido.  Libros y libreta, un bolígrafo, un frasco pequeño y, en efecto, una mano.

—¡Una mano!  —gritó Lalo al tocarla, al verla, y soltó el morral, sobrecogido dando dos pasos atrás—. ¡Una pinche mano! —frotándose la suya contra la bata, asqueado, horrorizado, lleno de susto el hombretón. En tanto que Benito:

—¡Cállate cabrón, que va a venir todo mundo! A ver —dijo y fue hacia el morral y lo vació sobre la cama—. Te dije que hay que buscar una identificación o algo así —regañando a la lonja que ahora veía la mano sobre la cama y a Benito hojeando los libros y libreta, bocabajo para ver si de ellas salía algo, pero únicamente salió una hoja suelta manuscrita.  La revisó y la soltó sobre la cama. Buscó de nuevo en el morral—: Nada. Un desconocido. Habrá que esperar a que despierte para preguntarle.

Benito entonces reparó en la mano, y tomándola se la acercó a Lalo diciendo:

—¡Uyyy, la maaanooo!

Y Lalo, ya repuesto:

—¡Estate quieto, güey!

—De esto también nos va a tener que explicar. A menos que…

—Que ¿qué?

—Nada —dijo Benito, pasando a otra cosa luego de sopesar la mano, de mirarle las uñas, de pensar que era real.

Alzó el frasquito y vio que la tapa tenía agujeros: contenía un caracol.

*

Cosas que se van a escribir por el antes escritor desconocido de lo que pasó en la enfermería, y lo que dijeron médico y director ante el exangüe cuerpo del antedicho.

Antes de que llegara el doctor o el director, Benito le dijo a la lonja que iban a guardar los objetos en el morral, salvo la mano. Yo la voy a guardar, dijo, para algo nos habrá de servir. La envolvió en su pañuelo y se la echó en el bolsillo de la bata. La mano cooperó con su tamaño y con su estarse quieta, de manera que, cuando llegaron el director y el doctor a conocer al desconocido que había ido a caerse frente a su establecimiento, no se percataron del discreto bulto en la bata de Benito, o pensaron que se trataba de su almuerzo y ni por un momento pensaron que ya algo comenzaba mal o diferente a lo esperado, una especie de anormalidad.

Aquí habrá de escribirse la escena donde el médico revisa al desconocido, revisión de ojos, de pulso, empleo del estetoscopio, mirada a la bolsa de suero, tacto abdominal; todo para concluir que había que darle de comer y de beber, desnutrición y deshidratación, cosas negativas si se pretende vivir un poco más. A los enfermeros: ¡muy bien, Lalo, Benito! ¿Ninguna identificación? Nada. Esperar a que despierte y se vaya. Que de la cocina le traigan una charola doble, mucha gelatina y agua, dieta blanda para comenzar. Y el director: correcto, correcto, muchachos, ¿nada extraño que reportar? Nada. ¿Pertenencias? Libro, cuaderno, un caracol en un frasco, nada más. ¿Caracol? ¿Lo quiere ver? A ver. ¡Si está vivo! Denle fruta o algo, ¿qué comen los caracoles? Lechuga. Lechuga, pues, y un poco de agua también.

*

El desconocido vuelve en sí, tam-tam y el caracol

»No llega allí el ojo, no llega allí la palabra y tampoco la mente.

»No sabemos, no entendemos cómo puede esto ser enseñado.

»Aquello no expresado por la palabra sino por lo cual la palabra se expresa

»Aquello que no se piensa con la mente sino por lo cual, dijeron, la mente piensa

»Aquello que con el ojo no se ve sino por lo cual los ojos ven

»Aquello que con el oído no se oye sino por lo cual el oído oye

»Aquello que la vida no anima sino por lo cual la vida es animada

En la duermevela de su aparente debilidad, fragilidad, ensimismado en los sueños, el desconocido vio a un hombre y a una mujer saliendo del caracol y el caracol era el caracol del museo, espiral de basalto, luna y mujer el caracol, dios y nada, palabra el caracol. ¡Pobre caracol! ¿Estará sin comer? Resistirá, hasta que llegue la noche y la lluvia, el caracol resistirá.

Eso escribe la mano y piensa la mente, o piensa y escribe y son Uno. En el tam, tam; en el tam-tam, verde y azul, se busca, se encuentra. Todos estos mundos, soles y galaxias, no son de nadie, no son, porque son nada. Ya está en la luz, tam-tam y respirar, respirado.

Es hora de abrir los ojos, ¿piensa? No se sabe, pero sí: el desconocido despertó.

*

Historia ficticia de la Historia y de la Cultura, y más piezas de la novela rota

A partir del movimiento de los astros los seres vivos organizaron sus vidas. Nace la literatura del giro de un planeta. El movimiento dio pie al sofisticado concepto del tiempo. Día y noche. Luz y oscuridad. Las dicotomías, raíz de lo humano. En lo humano la tendencia a la ficción, a complicarse, a salir de sí con el ansia de compartir el terror primigenio. Invención del lenguaje. Comunicar el miedo para no sentir que es algo privado, que los otros lo comparten. Ficción hablada, literatura oral, el hablador, el contador de historias. Pero había que fijar los sonidos, las historias, hacer inventarios como en El libro de la almohada, en el Popol Vuh, en viejas tablillas de barro. Invención de la escritura. Gilgamesh. La literatura más fantástica es la que cuenta la ficción de la realidad, la que al menos la sospecha. El calendario es un invento, periodizar el tiempo, que es un invento. Tiempo de vivir y tiempo de morir, simplificando. Las religiones, inventos. Ficciones para mejor llenar el tiempo de vivir. La Cultura, invento humano, la actividad del otro que es uno mismo. Para que luego venga otro meteorito y nos simplifique dinosaurios.

***

Mejor dar un salto. Pasemos a los fragmentos de novela, curioso constructo de palabras que desarrollamos durante dos años. Le llamamos novela por darnos una idea, sin olvidar que “novela” es una etiqueta, que los géneros son etiquetas y había que mantener una mínima ilación para satisfacer la necesidad de una estructura, una historia mínima.

***

—Señor —dijo Lalo—: usted debería volver a escribir sobre la mano.

Me le quedé mirando con esfuerzo. Sentí la pesada carga de los días pasados en el aturdimiento de los fármacos y pude verme, como desde afuera, como si yo fuera un Lalo curioso que se hubiese atrevido a fisgonear en mi diario y ahora estuviese sorprendido, no por la lectura, sino por lo que anticipaba; era el hambre que tenemos de volver a ser niños y que nos cuenten historias, la indiscreta ansiedad que nos cambia el rostro y el pulso.

—Señor  —insistió el hombretón con cara de niño—: ya pasaron muchos días. Si no cambia su rutina lo van a seguir llenando de pastillas. Después será más difícil regresar. Algunos no regresan.

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