Lo de los muertos, el dolor y las historias que no cuento

ESCRITOS DE LAS CINCO DE LA MAÑANA #101

Lo de los muertos, el dolor y las historias que no cuento

Marti Lelis

Afuera comenzaron a aparecer los muertos. Los periodistas de la época deben saber cuál fue el primero, si fue hombre o mujer y los detalles. El resto de la población habrá reparado en la anomalía sólo más tarde, cuando a la frecuencia se añadió la circunstancia de que a todos los pobladores les tocaba cada vez más cerca. Primero fueron los desconocidos de su propia colonia, luego de los círculos cercanos, los vecinos, hasta tocarlos en su propia familia y, finalmente, ellos mismos, ocasión en la que al fin la paranoia terminaba de la manera más efectiva. Eso cuando existía la paranoia, porque lo más terrible de la circunstancia alrededor de los muertos, era que una parte de la población vivía como si nada estuviera pasando o, peor aún, lo sabía, pero no le importaba o dejó de importarle porque se acostumbraron a la muerte pensando que nunca les iba a tocar a ellos, pues “eso” sólo le pasaba a la gente que andaba en malos pasos.

Con las vueltas que da la vida, miren si no hay que preocuparse, aunque sea un poco, de que no vaya uno a verse en la necesidad el día de mañana, porque primero son los pequeños placeres, una comida en un restaurante de vez en cuando para no abrir las latas de sardinas o frijoles, las tortillas de la semana pasada, haciendo como que no saben a moho, como que no se han puesto verdes o rosadas invadidas por los hongos; primero esas necesidades primarias, luego tabaco o libros para los más afortunados. El problema era caer en el vicio, en la desesperación de la abstinencia. Los que caían en las drogas se perdían para siempre. Menos mal si no tenían familia, porque si no, la arrastraban con ellos, cómplices o víctimas, no importaba la edad, bastaba con que fueran familiares del involucrado.

Esto en San Juan, comenzando un día cualquiera que ya nadie recuerda porque la nota en el periódico no fue alarmante y en el Facebook, ah, en el Facebook se ven tantas noticias falsas y amarillistas, que nadie le prestó atención, y luego que fue gradual, dosificado el horror, no se sabe si por descuido o porque la autoridad policial decidía lo que había de publicarse en las redes o en la televisión. Pero eso sería el comienzo de lo paranoico y la mitad de nosotros no podíamos estar equivocados; la otra mitad vivía en la inocencia, afortunados bichos ignorantes de la tela de la araña.

Algo así que sucediera en San Juan, por imaginar algo, no que estuviera pasando ahora, pero por suponer. Darles a los sanjuaninos un dolor así, colectivo y a la vez anónimo, porque no todos los días le tocaría a cada quien salir de casa y toparse con un cuerpo sin cabeza. Un dolor como el que tengo todo el tiempo y sólo a ratos lo recuerdo, cuando la pierna o la espalda ya no aguantan y vienen las punzadas palpitantes y entonces hay que sacar la silla bajo el duraznero, tomar la sombra mientras el dolor se olvida, no que se vaya, ya se sabe, sino olvidarlo al cortar un durazno y morderlo, saborear la pulpa jugosa mientras se observa la columna de hormigas que suben por el tronco. Es que uno ya está viejo y qué podría hacerse, de cualquier manera, para terminar con lo de los muertos.

La señora de los quesos me mostró el otro día el Sol de San Juan y me dijo: “Ya decía que a usted lo conocía”, y ahí estaba mi jeta, la foto grande que me tomaron durante la entrevista: “No hacer lecturas ingenuas”, decía con letras grandes sobre mi sonrisa idiota, de fondo los libreros, los muchos libros, la mirada en apariencia cansada, pero no, no era eso, era el dolor, todo el tiempo el dolor, en cualquier foto. Y la señora: “Fírmeme aquí el periódico, le regalo un queso”. De esas alegrías tontas que me dan de vez en cuando, por encima del dolor. Y no, “Mejor le traigo mañana mi libro. Creo que me quedan unos cuantos”. Así raras veces, la intuición maldita de que contar historias podría solucionar algo. Contar las historias de los muertos para la carcajada de los victimarios, para ganarme enemigos entre los familiares de las víctimas, para volverse sospechoso a los ojos de los críticos, en el mejor de los casos, y, en fin, para el olvido de los tiempos que corren, un olvido mentiroso, como el del dolor que no cesa.

***

[Fragmento de novela]

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