Esto no debe ser literatura, dicen los gatos

ESCRITOS DE LAS CINCO DE LA MAÑANA #147

Esto no debe ser literatura, dicen los gatos

Marti Lelis

La propia obra no se debe considerar un reflejo de una historia externa a ella, sino una labor estratégica; una manera de ponerse a trabajar sobre una realidad que, para poder acceder a ella, tiene de algún modo que estar contenida en la obra que, en consecuencia, desbarata toda dicotomía simplista entre interior y exterior.

Terry Eagleton

 

Lo miraba levantarse todos los días a las cinco de la mañana, la mayor parte de las veces no necesitaba el despertador pues despertaba minutos antes o lo despertaba la gatita que se trepaba a la cama. Con los cabellos revueltos buscaba sus chanclas, una chamarra ligera en tiempos de calor y una gruesa, y hasta una cobija, en invierno; después bajaba las escaleras para prepararse un café en la cocina. Mientras la computadora arrancaba se quedaba viendo la mesa del comedor llena de pilas de libros, la computadora en una orilla, las paredes de la sala que, más que paredes, eran libreros. Seguro que en ese momento volvía a hacerse la pregunta, siempre la misma, como un ritual, como un conjuro.

El café ya está listo. Su gato Juan Rulfo y la gatita Bella lo esperan trepados en la mesa. ¿Ellos se preguntarán lo mismo? ¿Cómo lo miran y qué pensarán cuando lo ven sentarse? El humano no duerme lo suficiente, pero qué bueno que se levanta y nos regala caricias. Irlanda, su mujer, dice que él es el Mago y que ella está escribiendo su historia. Él se pregunta si merece la historia. Ella dice que sí. Una vez le leyó un trocito y él sintió una alegría muy grande porque se sintió identificado con el personaje, sorprendido porque él haya podido inspirar lo que cuentan esas páginas. Él era el Mago. ¡Cuántas cosas tuvo que pasar para llegar a serlo! Y ahora ella lo había encontrado, ella, la única que podía contar su historia con otros ojos.

Pero estábamos en la pregunta de todos los días. Y era ésta: ¿por qué escribo?

Y la respuesta estaba clara en su mente, de modo que de inmediato ya estaba juntando las palabras, las muchas y tan pocas palabras que conocía. La escritura era su aliado, eso decía o dice. Ama los libros, pero no escribe libros. Ama la literatura, pero no escribe literatura. Su intento va por otro lado. El busca y ve las maravillas del mundo. Es un niño metido en un cuerpo de cincuenta años. Ya no es inmortal como lo era cuando joven. Sabe que su tiempo es limitado. Busca y ve las maravillas del mundo; se busca en esos espejos y le da por querer compartir lo que mira. En el fondo es un simple y lo que busca es simple, por eso a veces no lo entendemos, pero qué más da, nosotros somos sus gatos, los guardianes de sus letras, estamos en el mismo instante del mundo por un milagro de eso que llaman tiempo los humanos. Sus ojos no miran igual que los nuestros, no siempre; aunque hay veces en que sí coincidimos. Se le nota en la forma que tiene de mirarnos. Somos sus guardianes de los otros mundos, sus ojos son nuestros, los nuestros los suyos. El mundo es aterrador pero guarda un secreto. No hay manera exacta de describirlo porque para eso utilizamos palabras y ya se sabe que las palabras son un invento. Sería como una muñeca rusa que se abriera de manera infinita y, de manera infinita volviera a cerrarse y cada una fuera diferente: mundos dentro de mundos, muchos mundos. Él ve los mundos en todo: en una planta, en una roca, en los libros que resguardan las almas de los que los escribieron, las miradas, ésa forma especial de reunir las palabras.

Pero acá están los gatos de madera, los demasiados libros, los relojes detenidos en las cinco de la mañana, la gota de café que escurre por el borde de la taza, afuera (¿hay afuera?) sus plantas y gente que usa la palabra cotidiana para lo cotidiano (alguien que pide que otro alguien corte el pasto frente a su casa), la voz que inventa el mundo y lo pone en pie cada mañana, la voz que hay que callar para contemplar el mundo. Pasan de las ocho de la mañana. Tres horas que leerás en unos minutos. Los gatos no leemos, ya tenemos hambre, las paradojas del tiempo son para humanos. Los humanos se complican tanto la vida: debe ser porque inventaron las palabras.

Es lo que decía: esto no es, no debe ser literatura.

***

[La foto se la tomé a mi gato Juanito hace un tiempo, un día que le vi el alma].

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s