Si una mañana de abril, las alas

Si una mañana de abril, las alas

Marti Lelis

Usted despertó hoy una hora tarde. Le costó trabajo despertar porque la edad o las excavaciones que hizo ayer lo cansaron. Mientras sorbe el primer café de la mañana siente que el cuerpo no parece su cuerpo, que su mente es otra, más lenta y profunda en sus pensamientos. Pero el cuerpo…, no es que duelan los brazos, las piernas, es algo como un cansancio insólito de recién nacido, abrir los ojos al mundo como si por primera vez lo viera. En la escalera estuvo a punto de pisar al gato, a uno de los cinco gatos que son su compañía; dos de los cuales ya están en la mesa observándolo mientras pulsa las teclas y les da una segunda vida que se multiplicará aún más si usted persiste. Claro que es una tirada de dados, un querer librar el cerco de la actividad prohibida o que usted intuye que será prohibida en algún momento; porque, si comenzaron con los libros, luego seguirán con el material de los libros, no el papel, sino las palabras en sucesión y, ¡horror!, los pensamientos que les dan vida. Lo verán a usted como pastor de palabras, como cazador de imágenes.

Sobre la mesa han quedado sus alas. Anoche no tuvo tiempo de examinarlas, ni ganas. Lucen bien. Son las nuevas y están garantizadas.

Su gatita, a la que también llamó la Bella, es la más cariñosa de sus cinco gatos. Desde que fue al refugio para adoptarla ella se trepó por su pantalón como si lo hubiese estado esperando. ¡Había tantos gatos en el refugio! Pero con ella la conexión fue instantánea. Miró otros gatos por mero compromiso y pensó que su tonal siempre fue un gato. Ahora mírela cómo se ha quedado quieta en sus piernas, cómo mira atenta las palabras que van brotando en la pantalla; no mira sus dedos que pulsan el teclado, sino la pantalla, como si leyera, como si presintiera el peligro, el borde del abismo en el que usted camina cada mañana. Ella es su tótem, su guardián, su espíritu gemelo, la Bella, bolita de pelo blanco y negro, lista para saltar sobre cualquier amenaza de adentro o de afuera.

La escritura y sus gatos son sus aliados y su sino. Cada mañana pasear al borde acompañado por las almas de papel que usted ha rescatado; solo y acompañado por los muertos de papel que vienen del pasado y le cantan sus melopeyas, sus conjuros, sus epopeyas milenarias y anónimas. En papiros griegos se ha enterado de que ya existían los aliados, los nahuales, la magia hecha con palabras; todo con otros nombres pero siempre lo mismo. Es lo que buscan los poetas sin saberlo. Pastores de vocablos, buscadores ancestrales de lo otro que siempre se les escabulle enredado en las palabras.

Cantan afuera los pájaros; a lo lejos los gallos. Es un milagro en estos tiempos, piensa usted. Presiente el amanecer y adelanta el tiempo al momento en que suba a la azotea y respire el aire fresco. Su mirada puesta en el paisaje de las luces de la ciudad que bajan por las colinas hacia el centro; a lo lejos, en los montes, más luces que van palideciendo a medida que su estrella está cada vez más cerca del horizonte. La orden siempre nace del plexo: ya se despliegan las alas. Los gatos lo miran con los ojos entrecerrados, se van con usted y se quedan, ellos no necesitan las alas para volar, para acompañarlo. Usted vuela sobre la ciudad de su elección porque la ama y es el territorio de la búsqueda.

Esto viene de muy lejos en el tiempo, lo sé. Es extraño. De afuera y de adentro. La cifra de los secretos, enigma central que mueve. Pasado, presente y futuro. Futuro, debe ser del futuro atrapado en el instante. “Para mandar mensajes usa la mensajería”, ríe Onetti de nuevo desde el papel que lo guarda. “No hay mensaje, hay mensajeros”, dice Cortázar. Dicen o dijeron.

Hay pocos drones volando a esta hora sobre Tlaxcallan. Son juguetes. Aún no llegan los de inteligencia artificial, los nefastos. Final del monólogo. Fin de la transmisión. Todos los tiempos son uno.

Esto no se puede comunicar con palabras, de ahí la amorosa persistencia.

***

[Fragmento de la no-novela]

Alado-alas

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