Reloj-terrina

Reloj-terrina

Marti Lelis
Arrancar a los relojes el segundero, el minutero, la manecilla de las horas; arrancarles los números, los engranajes, todo lo que llevan dentro; dejar nada más que la carcasa; llenarla de tierra.
Sembrar la semilla de un durazno, ponerle agua todos los días, verla germinar y presenciar el despliegue de las hojas. No olvidar, ni por un momento, que el durazno espera su ser y, mientras tanto, se vuelve flor.
Tendidos sus pétalos al aire, las flores no saben del tiempo: es la luz que se confabula con los ojos para rendirnos los cuadros de una película que no avanza.
Muerde entonces de la flor el durazno nacido: y sabrás del almíbar, y eso es todo: las manecillas son un invento.
***
/ Del segundo poemario
GIL-RELOJ-1

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