Flora (una carta)

Una carta

In memoriam Alejandra Pizarnik

Marti Lelis

Querida:

Estuve en la librería y me puse a buscar un libro como ella lo hacía. Me pasó lo mismo: no podía buscar tranquila, la rondaban los vendedores para ofrecerle ayuda. Una queriendo explorar en silencio las almas contenidas en los tomos, y los impertinentes interrumpiendo.

Se llamaba Alejandra. Cuando no estaba en la librería, sino en su cuarto, ella dibujaba las palabras en tarjetas; las distintas palabras, opciones para un poema. Las miraba y las cambiaba una por otra, buscando la combinación perfecta para cerrar la línea. O eran tiras de papel que llevaba siempre en los bolsillos profundos de su montgomery.

Se sentía gorda y tartamuda. Arrastraba la última sílaba de las palabras. “Tenía pólipos nasales”, asegura su hermana.

Ojos entre grises y verdes, la piel un poco áspera por el acné.

Estuvo en París. Rentaba los altos de una cafetería china. Cuando se mudó de ahí, contó un su amigo, el que la ayudó con la mudanza, que las más de las cajas contenían remedios para todo. Para el insomnio y para el dormir; para los nervios y para la tranquilidad; para el peso y la levedad; para cuando estaba triste y cuando estaba alegre; seguro tenía algunos para escribir, y para la soledad y la compañía.

No la conocí, pero leí su diario, sus poemas y prosas. Un día, querida, le escribí todo esto:

 

Estar en el jardín y recibir el ave

de manos de la niña de cuatro años

merecerla, cerrarle el pico

y quedarse nada más

que con su bella imagen.

***

Acompañarla a la librería

hurgar en los estantes

codo a codo

mirada a mirada

hasta dar con el volumen nuevo

que habría de llenar sus míos ojos.

***

Ir por ella a la luna

insultar en el mundo

lo que ella denostaba

al unísono puteando

hermanos por la palabra

galeotes en la barca de Caronte:

un grito puro

acompañando al dedo que señala.

***

Dices que no eres de este mundo, Alejandra, pero como si lo fueras. Dale una oportunidad al “como si”. No te rindas, existimos otros que buscamos la poesía y descubrimos que el camino es poesía, que la vida es poesía capturada en un poema que a ratos se pone bueno. Haz de este mundo tu mundo. No dejes de crear poemas. Ya tú sabes el secreto de las palabras, lo sé porque te leo. Sabes que son las que crean y las de los buenos días, las de alabar a los dioses y las de putear al psiquiatra; sabes que las palabras son el mundo y que nunca alcanzan, que la elección empobrece y hay que buscar la más justa (tú las prendías con alfileres al escribirlas en tarjetas para poder intercambiarlas, para elegir la correcta; nunca quedabas satisfecha). Yo también juego con las palabras y mira que sí es jugar con fuego, porque las palabras sostienen al mundo, son sus pilares. Los poetas esculpen los pilares, y claro, a veces se vuelven frágiles y el mundo se cae, pero no tengas miedo, casi siempre se pone en pie de nuevo, los pilares renacen para tus manos, para que vuelvas a jugar con ellos a las formas bellas, a la respiración, al ritmo. Pero mira: es un juego. Mortal, pero juego. Hay que aprender a controlar el miedo, por favor no te entregues. Hay que aprender a caminar en el filo de la navaja, aprender a saltar de un lado o del otro. Saber encaramarse otra vez, muchas veces, para que el filo ya no corte y seas al fin de éste y de los otros, de todos los mundos posibles.

***

Haberla dejado sola, en garras de las palabras, ella sola en un mundo ajeno y hostil. ¡Qué vergüenza, los que la tenían!: haberla dejado ir tan joven y luminosa, tan fiera y tan dulce, tan dueña de sus palabras, las que usamos todos los días y que, por su boca eran el ritual de pasaje al otro lado, viento en los jardines de la infancia, en los bosques que todo lo llenaban de árboles: ciudades y pueblos, la cocina y el cuarto de baño, una mirada perdida en el poema futuro, en la inminencia de un poema listo para dar la batalla de los mundos, línea a línea, palabra por palabra.

¡Qué vergüenza! Toda ella asomada a la ventana, todas sus letras al abismo, al borde de la cama de una clínica olvidada, poemas de hospital, de a ratos, mientras estaba. ¿Dónde estuvieron las manos y las palabras de otros labios para llamarla de este lado? ¿Quién podría cansarse de hablar con la dueña del secreto de las palabras?

En vista de que no ha de volver: leerla con rabia y con amor, a todas horas, vivir en sus letras los días y las horas, los instantes; permitir por un momento que el mundo sea la pálida sombra de uno, cualquiera de sus poemas.

***

Eso le escribí en un arranque. Será porque estoy en París y la nostalgia me gana, querida.

Ya por último, y no lo sientas despedida, se dice que en su funeral se apareció una chica como ella: mismo corte de pelo, la estatura, la mirada, el montgomery quizás también lleno de palabras.

***

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s