Ceremonia de Palabras (Novela en tres cuadernos)

Ceremonia de Palabras

(Novela en tres cuadernos)

 

Marti Lelis



CONTRAPORTADA:

«Sí, pero ¿quién es “yo”?», se pregunta, irónico, uno de los personajes de esta novela. La respuesta a la pregunta por la identidad es “el otro”. Quien lea esta novela se preguntará lo mismo

La historia contada es la de un desahuciado: la enfermedad congénita que padece afecta sus neurotransmisores y gradualmente iría perdiendo contacto con la realidad. Además de fármacos, un psiquiatra le ha aconsejado escribir. El protagonista, aficionado a la literatura, lleva su escritura más allá y vive una lucha entre la realidad, sus alucinaciones y la ficción.

La noción de realidad se pondrá en entredicho y los límites entre géneros literarios quedarán disueltos. Las palabras son un invento; la literatura es un invento, y la realidad una ilusión de los sentidos.

Nos enteramos de la historia a través de tres cuadernos del protagonista, en los cuales va escribiendo a manera de diario. ¿Logrará salvarse de la locura a través de la literatura? Y de la realidad, ¿quién lo salva?, ¿quién nos salvará?

 



 

Gottlieb: Mi destino tendrá que decidirse muy pronto, ya que de lo contrario no sabré qué hacer.

Hinze: Ten todavía algunos días de paciencia, la felicidad necesita de algún tiempo para producirse. ¿Quién puede querer ser feliz de improviso? Mi buen hombre, esto ocurre sólo en los libros; en el mundo real las cosas no se hacen con tanta rapidez.

Fischer: Oíd no más, este gato se atreve a hablar del mundo real; tentado estoy de irme a casa inmediatamente, pues temo volverme loco.

Leutner: Casi podría decirse que el autor ha tenido esa intención.

J.L. Tieck, El gato con botas

 

 

Dada la acumulación de pruebas, no hay hipótesis más verosímil que la realidad.

Dada la acumulación de pruebas de lo contrario, no hay más solución que la ilusión.

Jean Baudrillard

 

 

Pluma en mano, pluma en las cuartillas, escribo para no suicidarme. ¿Dónde nuestro sueño de absoluto? Diluido en el afán diario. O acaso, a través de la obra, hacemos esa disolución más delicada.

He de contar en orden este desorden. Contar desordenadamente este extraño orden de cosas. A medida que NO vaya sucediendo.

Alejandra Pizarnik

 

 

Después de la plaga que ha asolado nuestra heredad,

¿qué ceremonia de palabras puede enmendar todo este estrago?

Sylvia Plath


Cuaderno I

 

Con dos vueltas más de cinta adhesiva, Beto Sánchez terminó de pegar las dos partes rotas de sus alas. Satisfecho por la reparación, ajustó en su espalda el dispositivo. Mientras subía las escaleras hacia la azotea, pensó en las posibilidades sin límite que le abría el aumento de siete pesos al salario mínimo. Una vez arriba, ajustó las correas y, desplegando las alas remendadas, echó a volar con determinación rumbo a la Biblioteca.

En el camino renegó porque aún hubiera tanta gente volando a sus trabajos: las tarifas del Plan de Teletransportación (con minutos gratis) sólo podían pagarlas los altos funcionarios de la Federación o los traficantes.

“¡No sueñe despierto!”, escuchó Beto Sánchez la advertencia proferida por un dron Federal que se le emparejó en el vuelo. “¡Primera advertencia!”, dijo el dron y se desplazó hacia otro humano que volaba de manera errática unos doscientos metros más abajo. Beto miró por un momento el altercado y la nubecilla de vapor que dejó la desintegración del rebelde, el vuelo del dron hacia el siguiente sospechoso.

Era el primer viernes de enero y estaba emocionado por lo que podría hacer en cuanto llegara el aumento. ¡Siete pesos!, era increíble. Aumentaría su biblioteca a pesar de los rumores de que pronto pasaría algo definitivo y muy malo con los libros. El temor se debía a que los Federales los habían comenzado a ver como un derivado de los sueños, producto de los sueños o generadores de sueños. Al igual que todos, Beto Sánchez sabía que el miedo y la desazón diaria tenían que ver con los sueños y el tráfico. Mientras no pasara algo más, las cosas andarían bien.

***

Algo maravilloso iba a ocurrir y yo no estaba seguro de estar preparado para ello. Tenía la esperanza de algo vago, quizás encontrar una mujer diferente, un libro, escuchar o leer una frase iluminadora que me devolviera la ilusión, la capacidad de asombro, la ingenua confianza en que el amor era posible y el deseo carnal sólo su necesaria consecuencia. Pero eso sólo lo pensaba a ratos, cuando la realidad me daba una tregua y yo podía olvidarme del futuro extravío al que estaba condenada mi mente, dictada la sentencia por los que saben o adivinan, por los que estudiaron para repartir la cordura o la insania, para curarla o hacerla pasar desapercibida.

Las instrucciones habían sido sencillas: “Los fármacos, de por vida. Pero si no hace algo más para cambiar su estilo de vida, al final recaerá y será muy difícil hacer algo para volverlo a la realidad. Lo que se recomienda en estos casos es escribir” ¿Escribir? ¿Escribir acerca de qué…? ¿Qué podría escribir? “Escriba cualquier cosa. En un cuaderno, un diario, lo que le pasó en el día; no importa qué. Escriba, lea. Sobre todo, escriba, no lo deje de hacer”.

Y como siempre fui un exagerado, compré media docena de cuadernos, y lo hice: me puse a escribir.

***

Así estaban las cosas. Escribir. De lo que fuera. Por ejemplo: por la mañana, había visto una avispa muerta en el piso del consultorio y por supuesto que mi reacción fue la siguiente, la que tengo con las palabras desde siempre:

«Avispa.

»Una avispa.

»Hay una avispa en el piso.

»Hay una avispa en el piso del consultorio.

»Hay una avispa en el piso del consultorio y un médico.

»Hay una avispa en el piso del consultorio y un médico sentado detrás del escritorio.

»Hay una avispa muerta en el piso del consultorio y un médico sentado, silencioso detrás del escritorio».

Las cosas cambian si digo que el médico era mujer y detrás de ella colgaba una reproducción de La noche estrellada. En ese caso, debí haber escrito “…en el consultorio y una doctora”.

Algo maravilloso va a ocurrir y ahora tengo a la mano cuaderno y pluma, la computadora encendida, una taza de café y fumo un cigarrillo. A lo lejos se escuchan las locomotoras. Tengo demasiados libros y la imaginación en estado de alerta. La doctora es guapa y es psiquiatra, no sé si lo uno impida lo otro, pero en este caso así son las cosas. Antes me atendía un doctor. No consigo ver claro el antiguo consultorio. No estoy seguro de querer recordarlo. De éste me llaman la atención las ventanas; se debe ver la calle y el otro lado del parque. Desde donde estoy sentado sólo veo la fronda de los fresnos agitados por el viento y hojas que caen dejándose iluminar por el último sol de la tarde. Pero esto no sé si lo pensé, si lo vi hace rato en el consultorio o lo estoy recreando ahora. Algo maravilloso va a ocurrir. Veo cosas. Pienso y escribo cosas; historias. Recuerdo haber leído que todo pensamiento en un principio fue un poema.

***

No tenía por qué haberlo hecho, meterse así al consultorio, sin ser esperada y hacerlo de manera tan poco sigilosa. Fue una confusión, quizás un aroma el que la atrajo y fue y se metió justo por detrás del médico que estaba sentado frente a su escritorio, leyendo el periódico mientras llegaba la hora del próximo paciente. Duró un poco más con vida, porque al entrar de inmediato se posó en la cortina vieja y comenzó a recorrerla en silencio con movimientos rápidos y nerviosos, arriba y abajo.

El médico levantó la cara del periódico, pero volvió a él porque el zumbido había cesado de repente. El médico que, ahora lo veo, era una doctora, se llevó la mano a la cabeza y alisó su cabello más bien gris, más o menos rubio y grueso, y siguió leyendo la nota roja acerca del hombre de la máscara que apareció ahorcado en su departamento. Recordó la frase de un colega en el último Congreso de Psiquiatría: «Cuando llegan a ese punto, es cuando se suicidan». Sí, ahí estaba, en el periódico, la breve nota detrás de la cual estaba una historia digna de horror o de piedad. “Una máscara. Curioso. Me habría gustado como paciente”, pensó la doctora vieja con los ojos cerrados.

Entonces la avispa voló de nuevo, para su desgracia no hacia la ventana, sino hacia adentro, hacia el librero viejo de madera donde se alineaban polvorientos manuales de psiquiatría. Giró y comenzó a dar vueltas por todo el consultorio, desesperada, porque entonces se sintió cautiva. La doctora la vio sin inquietarse: ya en otras ocasiones se habían metido abejas o avispas, daban unas vueltas y salían de nuevo por la ventana. Pero ésta era más grande y, en su espanto, no daba con la salida y parecía ponerse agresiva. El periódico se fue enrollando entre las manos decididas de la doctora.

Yo escuché el golpe, miré hacia la puerta del consultorio, vi en el reloj de pared que ya era la hora. La puerta se abrió. Apareció la figura imperturbable de la mujer en bata blanca. Con una mirada me llamó. Cerré el libro que había intentado leer en vano durante la espera. Fue cuando entré, vi a la avispa moribunda en el piso y La noche estrellada en la pared de enfrente. No sé si ahí me vino la idea de que algo maravilloso iba a suceder; quizás fue al escuchar el periodicazo tras de la puerta y mirar el reloj. Nunca se sabe. Nunca se está totalmente preparado para estas cosas.

***

¿Y, si pasaba, cómo se iban a librar del tráfico de sueños y del control de los libros? Bastaría recordar los cientos de miles de muertos que hubo hace medio siglo con el narcotráfico de las drogas sintéticas para horrorizarse de lo que comenzaba a suceder ahora con el sueñotráfico. ¿La solución sería la misma? Es decir, las drogas sintéticas ahora ya no están prohibidas, pero a nadie le interesan salvo como medicamento. Pero los sueños, ¿a quién se le ocurrió que ahora se podía traficar con ellos?, ¿quién los prohibió?, ¿quiénes se están enriqueciendo ahora?

Todo eso se preguntaba Beto Sánchez mientras volaba al trabajo. Interrumpió sus cavilaciones cuando las alas comenzaron a mandarle el aviso de peligro. La cinta adhesiva para repararlas después de todo no había sido efectiva. Tendría que comprar unas nuevas. No le causaba gracia porque, aunque le alcanzaba de sobra con el aumento al salario mínimo, en lo que había pensado él era en comprarse más libros.

Antes de aterrizar, el dron le había dado una nueva advertencia:

“Sus pensamientos están siendo analizados, no sueñe despierto, cómprese unas alas nuevas, la Federación aumentó el salario mínimo, valore su trabajo, evite una Intervención”.

Quizás ya sea tarde, pensó Beto al aterrizar suavemente en la explanada de la Biblioteca.

***

Por otro lado, y para dejarlo bien claro: es en la otra historia donde la doctora es joven y atractiva. Es a ella a quien veo al cruzar la puerta. Le sonrío. Cuando me siento, descubro a la avispa en el piso, algunas de sus patas todavía moviéndose, cada vez más lento, el insecto enfrascado en la agonía.

***

El sonido de las locomotoras a lo lejos no esconde otra historia, es el ambiente, así como la noche en que estoy metido, solo en casa. Soy un hombre feliz porque he tenido el valor de vivir siempre sumido en la tristeza, viéndola como se mira a una mascota o a un trapo en la cocina; la tristeza en todo, a todas horas, disfrazada de un charco de agua, prendida a la blancura de la bata de un médico o, aún más engañosa, detrás de las sonrisas, sinceras o no, de la gente, cualquier persona de la ciudad en que vivo. Escribo. La felicidad es como esto. Debiera ser así, caber entre la primera palabra y el punto final que cierra lo escrito y que, al clausurarse, queda abierto a la siguiente lectura que es reescritura, pese a todo y para siempre, para felicidad de algunos cuantos, para el olvido de los más.

***

Escribía (escribo). Lejos de Ciudad Capital, en otra Ciudad, la que invento, la que camino todos los días, un lugar como cualquier otro; lejos de las luces del parque en la avenida Principal; lejos, metido en la noche, en casa; sólo mis criaturas y yo.

***

A veces me da por reflexionar de otras cosas que no sean las palabras. Por ejemplo: ¿Tan mal me verá la doctora que fue capaz de enseñarme la nota del suicida de la máscara? Yo no siento ganas de morir, sino de encontrar respuestas, salir del marasmo en el que me sumen las cosas que veo, encontrarles un orden, escribirlas, hacerlas mías al fijarlas en la escritura, tenderles una red de palabras, porque somos seres de palabras y de algún modo ahí está la perdición o el remedio de los males. Palabras como piezas de una figura por armar.

***

Ars longa, vita brevis, repetido hasta secarse la boca, hasta extraer el sentido último, las limitadas posibilidades del significado de la sentencia. Pero estaba cansado para eso y para pensar en el ayer. Las posibilidades de salvación estaban entre borrar el pasado, empezando por el mío; en liberar de su pasado a las criaturas que cada día venían a visitarme a casa o a donde fuera que estuviera; o, por el contrario, inventarles un pasado sin que hubiera necesidad de consignarlo todo, darlo por supuesto y avanzar así, como quien arma un rompecabezas o busca la salida de un laberinto. Como quien remienda sus alas y da el salto al vacío, muerto de miedo y lleno, al mismo tiempo, de la esperanza absurda de que la caída es otra cosa, el pasaje a los otros mundos, la manera de burlar a la muerte o a la locura.

***

Nadie dijo que fuera fácil. Elegir la soledad o ser elegido por la soledad termina en el mismo destino, aunque por caminos diferentes. En un caso es gozo, en el otro, adaptación. Yo no la elegí: cada día es una batalla contra los monstruos, a veces gano, a veces no.

***

Venían siempre calladas, con la mirada suplicante por más que vinieran bien vestidas, las figuras, hombres y mujeres, pocos niños; en raras ocasiones las visitas eran de animales, de preferencia gatos, aunque a veces, pocas, venían perros. Las siluetas eran borrosas y yo no tenía más remedio que prestarles atención a medias porque, en su callado estar ahí, terminaban por ponerme los nervios de punta.

Entonces no sabía lo que querían de mí, por qué me torturaban y, ni remedio, acababa por llenarme de pastillas para dormir pasadas con whisky. Me tumbaba en la cama queriendo dejar de ver las figuras que me seguían los pasos: en la calle como silenciosos guardianes de algo desconocido, en la sala de casa, en el baño, al pie de mi cama, mirándome sin descanso hasta que, embrutecido por los fármacos, cerraba los ojos y podía descansar por unas horas, lo que durara el sueño pesado y sin imágenes que dejaba a mi mente a salvo del horror.

***

Usted estaría viendo una cabeza deforme, con apenas unos mechones dispersos de cabello castaño, opaco y delgado; una cabeza monstruosa por hinchada de las mandíbulas, de los pómulos, el excesivo abultamiento de los arcos ciliares y párpados brillantes e inflamados que apenas dejan pasar una rendija del brillo de los ojos; la nariz, un tubérculo torcido con dos ranuras que hacen las veces de fosas; y la boca, sobre todo la boca de labios amoratados: una ciruela madura reventada por el medio de la cual dientes grandes asoman brillantes de saliva; todo sobre un cuello gordo lleno de pliegues. Usted estaría viendo eso si no se hubiese distraído con el resto del cuerpo que es el de una escultura griega, medidas perfectas para despertar su libido.

Después de la tercera vez que la vi en la calle —parada en una esquina como si fuera a cruzar, como si quisiera ser vista para que yo supiera que era a mí a quien esperaba—, me acostumbré a no sobresaltarme con su aparición, pero nunca pude evitar el asombro por el contraste entre su cabeza y el cuerpo, entre su cabeza y los vestidos hermosos con que se paseaba por la calle o yo suponía que lo hacía. En realidad, siempre estaba parada y yo en movimiento, a bordo del colectivo desde donde la veía por unos instantes. A la cuarta vez que la vi, me dije, “es uno de ellos”, ahora se aparecerá en cualquier otro lado y hora. Temí que un día apareciera en casa.

Entre otras señales, esta aparición también era de las que me hacían pensar que algo maravilloso iba a ocurrir, pronto. No sabía cuándo.

A ella tenía miedo de nombrarla, de llamarla, por ejemplo, Berenice; miedo de asociarla con una palabra porque entonces sería algo más personal y yo no estaba seguro de querer tenerla en mis pensamientos ya de por sí inquietantes, torcidos.

De eso quería hablar, escribir, como un preámbulo al acto de darle un nombre a ella. He ido a buscar en mi librero un libro, elegí uno al azar, a ojos cerrados y ahora, de vuelta en mi escritorio lo abriré en cualquier página y el primer nombre que encuentre será su nombre. El libro es el Orlando Furioso, y el nombre Angélica la Bella. Ya está hecho, ahora no sé lo que va suceder. Sin duda es una mujer diferente. Me muevo a tientas por terreno inexplorado y ya se sabe que el temor lo produce lo desconocido.

Tengo esto escrito para contarle a la doctora, para su regocijo, para que lo añada a mi expediente, a la obstinada acumulación de mis dichos fantasiosos, justificantes de la prescripción de nuevos fármacos, para que la doctora me reitere su pedido ansioso de que le permita llevar mi caso para la publicación en una reconocida revista de psiquiatría, y luego los congresos, el reconocimiento de sus colegas, la fama… Pero ya se sabe lo que pienso de la fama.

Es de noche, ya muy tarde. Un gato ha venido a pararse en mi ventana y lo he acariciado. Era real, y tenía hambre. Me está mirando mientras escribo una historia donde aparecen alas.

***

Y dale a ensoñar con mi Angélica la Bella. Hoy hace tres semanas que la nombré y no se me ha aparecido de nuevo. En la tregua de la visión de su grotesca belleza, en el inane transcurrir de los días calurosos, he de continuar escribiendo al filo del absurdo y de la coherencia, de la razón y la locura, porque una categoría necesita a la otra para refirmarse por contraste, así como se puede encontrar lo muy grande en lo muy pequeño, el infinito en lo finito, como dicen por ahí: “Todas las grandes cosas tuvieron un comienzo pequeño”.

***

Por ejemplo, tomar un objeto cualquiera. Un objeto que pueda encontrarse en un consultorio. Entonces decir: taza. Una taza. Una taza con café. Una taza roja con café tibio. Debajo de la taza roja con café tibio, un escritorio de madera. Una pata del escritorio, sobre la raya que une los mosaicos del piso, corre por debajo hasta que es interrumpida por una zapatilla; la línea se entretiene en las formas del calzado, sólo un momento, para luego subir por la media negra de nailon dispersa en malla, cálida entre más asciende y pasa lenta por una pantaleta, quizás negra.

Ahora todo tiende hacia el ombligo y más arriba hacia el sostén y los senos, la sospecha de aureolas rosadas en la quietud de las copas apenas mecidas por la respiración, el pulso suave en el cuello de piel blanca. Después la línea del mentón conduce hacia los labios cubiertos de un tono discreto de rosa o rojo; los labios se mueven, dejan ver los dientes, la lengua inquieta sin brusquedad:

“¿Cómo se ha sentido con el nuevo medicamento?” Es la doctora, la joven, no sé qué ha sido de la más vieja. Las líneas suben y terminan en las cejas, las pestañas, el cabello que va y nace, se extiende castaño claro, maravilloso en el peinado hasta las puntas. Y yo: “Extraño, me hace sentir extraño: veo cosas o pienso que las veo… No sé, es extraño si lo explico a alguien; las náuseas, el mareo, la voz…”.

Sol. El sol entra por la ventana al atardecer e ilumina el marco de La noche estrellada. La ventana del consultorio, el consultorio en la calle de la plaza, en la plaza los fresnos que sueltan sus hojas y ya deben haber formado hojarasca en las baldosas alrededor del quiosco. Caminar ahí con la doctora al salir del consultorio, como si fuera posible, imaginarla abrazada por mí y yo sintiendo el olor dulce de su cabello. Pisar las hojas, levantar el crujido leve, hacer con él una sinfonía, la secreta música que se entrega inocente sin saber qué fibras toca, qué imágenes despierta con cada paso y hasta dónde llegará; la posibilidad remota de un entendimiento, de la sonrisa callada y un apoyar la cabeza en el hombro; cerrarle el paso a los malentendidos, a la sospecha, a la tristeza de la carne, a la inútil lascivia. “En vista de los síntomas, reduzca la dosis a la mitad. Si sigue con molestias me llama”. El suelo del parque es la mar de hojas, entre sus olas navego solitario mientras permanezco sentado en el consultorio.

***

Escribiendo, algunos han fundado pueblos imaginarios, pero pocos se han trasladado a vivir ahí; llevaron más bien una vida de turistas en su creación: demiurgos por momentos, escritores luego, y al final la Obra. Larga ruta para caer de nuevo en la realidad.

Algunos cuantos habrá que se atrevieron a dar el salto verdadero. Su historia es anónima, como debiera ser.

***

Beto Sánchez entró a la Biblioteca, se quitó las alas y las puso en una de las amplias mesas de lectura para examinarlas: no podría volar a casa de regreso con ellas. Hizo una mueca de fastidio. Tendría que ordenar unas en la nube de comercio. Debió quejarse en voz alta sin reparar en ello, porque los usuarios de la Biblioteca lo mandaron callar con un sonoro ¡ssshhh! que lo devolvió a la realidad en la que su cuerpo se movía. Su mente, como siempre que se sobrecogía, le puso en primer plano la imagen detallada de una mariposa azul con ojos en las alas, una mariposa verdadera, nada que ver con algunos tipos de los drones espía.

La mariposa azul se desvaneció y su vista se entretuvo en un volumen que estaba en la mesa. Aún faltaban 550 años para que fuera 2666, la fecha que leyó en la portada. ¿Por qué ese título? ¿Qué pasaría al alcanzar la cifra? Quizás no representaba un año…

—¡Beto, buenos días! Llega tarde. ¿Problemas con las alas? Ya cómprese unas nuevas y deje de andar preocupándose. Mejor hay que apurarnos con la cuestión de los libros. Supongo que está usted enterado de la circular de hace diez minutos. ¡Qué barbaridad! Ya les dije a los usuarios que devuelvan todos los libros que tengan en préstamo. ¡Una Intervención general! ¿Cuándo se había visto eso en cuestión de Bibliotecas? Pero deje usted: es todo, Intervención al sector editorial y librerías. Despeje la sala de lectura, recoja todos los libros y le cuento —dijo la voz del Sistema Bibliotecario Independiente con un nerviosismo que sólo Beto Sánchez podía detectar luego de años trabajando juntos. Beto Sánchez apretó con rabia el ala rota y la volvió a romper: ahí estaba nuevamente, moviendo las alas azules, posada en la pared, lista para levantar el vuelo, la peregrina, la leve y frágil mariposa.

***

—¿En qué momento nos damos cuenta de que estamos muriendo a cada instante? —le pregunté y ella se llevó el cigarrillo a la boca, lentamente, como en una película, la mano trazando un arco delicado, como pase de ballet.

—Es diferente para cada uno. A mí me da por pensarlo cuando voy a que me corten el cabello o cuando me corto las uñas. No sé… en algún momento de la juventud.

Nos estamos muriendo y punto. Todos, no importa la edad. La realidad tiende a disgregarse, pienso. Fumamos. No hay pacientes después de mí. Soy el último y la doctora fue la que dijo: “Fumemos”.

Ahora se ha quedado callada, sin dejar de escribir. Yo la miro y comparto con ella la náusea que me provoca la especie de piedad que se ha instalado en el consultorio y quién sabe si no en toda la ciudad.

Por el momento, lo que me preocupa es sentir que no puedo ponerlos a conversar y eso me produce un dolor extraño, angustia con seguridad. Ya están en el consultorio, uno a cada lado del escritorio, frente a frente. La doctora vieja, su cabello teñido de rubio cenizo, las raíces blancas ya visibles. Su mano nervuda escribiendo en el expediente, el sonido de la pluma rascando la hoja donde veo crecer los garabatos alineados. Sólo se escucha el rasgar de la pluma, el tictac del reloj; ni siquiera llegan sonidos de la recepción o de la calle. Haría falta encender una luz: el consultorio está revestido de madera oscura y las ventanas están cerradas. Los cigarrillos en las muescas del cenicero entrelazan sus caudas de humo, como una extraña y silenciosa conversación de volutas.

—¿Ha vuelto a ver a la mujer de cabeza monstruosa? —ha dicho por fin, sin levantar la vista, sin dejar de escribir, como al descuido.

—La veo regularmente —contesto de inmediato, seco, sintiéndome despreciado por el modo casual con que lo ha preguntado, su mirada tras las gafas de vidrios gruesos, muequeando la boca grotesca y sin parar de escribir. Si al menos dejara de escribir, si me dedicara una mirada al menos, si pudiera ver algún rastro de humanidad en esos ojillos esquivos, tal vez, y sólo por este momento, recuperaría la confianza en que se puede hablar con la gente o en que se puede estar callado y a gusto con una mujer, un amigo, un libro.

—Siempre está en la misma calle, en el mismo sitio de la calle, esperando —le digo, le repito como cada vez que vengo a consulta. Y ella escribe. De pronto, deja de escribir y ahora sí me mira. Siento un sobresalto. Su voz se abre paso entre los labios arrugados mientras esgrime la pluma:

—¿No ha pensado en abordarla, sólo para que salga de la duda de si ella es real? No perdería nada —ha dicho, y yo siento que la odio porque sí, porque yo ya había pensado en eso, en buscar a la mujer de la cabeza enorme, a Angélica la Bella, antes de que ya no aparezca en ningún lugar.

***

Alguna vez me llamé Julián Martínez Liberado. Fue una época maravillosa en la que no había diferencia entre lo vivido y lo ficticio. Fueron los tiempos en que encontré a Carol y ella y yo juntos lo pudimos todo, incluso juntar los cincuenta centavos que me hacían falta para el boleto del metro y regresar a mi buhardilla luego de pasar una tarde deliciosa de besos y comida parca pero compartida. Luego, Carol simplemente desapareció, se la tragó la realidad y yo me quedé solo a lidiar con una ciudad que sólo era escenario y que dejé de sentir como mía.

Y arrebatado por la desesperación cotidiana, me dediqué a fundar un pueblo de palabras y me mudé. No sólo era cuestión de cambiar de casa, sino también de encontrar un nuevo nombre y comenzar desde cero. Y aunque en la nueva ciudad no conocía a nadie y no conocía más que unas cuantas calles y el parque, fíjese, doctora, que ya traía conmigo a cuestas a mis “guardianes”, los silenciosos, los que me protegían de “los otros”, los de mirada amenazadora. ¿Angélica la Bella? Sí, doctora. Ella me intriga porque no es como los otros monstruos que veo, no me causa temor ni repugnancia.

Entiendo que debo seguir nombrando las cosas, describirlas, hacerlas mías para poder interactuar con ellas, pero es difícil con palabras. Usted se dará cuenta cuando lea las cosas que voy escribiendo en los cuadernos. Creo que le gustará la caracterización que hago de un botón o la de una taza; por otro lado, si no le gustan y sólo busca símbolos en lo que escribo, me tiene sin cuidado, no escribo para que le guste a la gente, ni porque usted me lo haya pedido, escribo por amor, desde antes de que me lo recetaran como terapia. No quiero quejarme, me gusta escribir, imaginar. Usted nunca sabrá si las cosas mías que lee son mis versiones originales o si sólo le cuento parte de la historia, deformada, además. Pero no se sienta mal, no tiene que ver con que yo quiera estafarla, sino con la imposibilidad de narrarlo todo, no digamos escribirlo, sólo narrarlo, en la mente, podría enloquecer a cualquiera.

En fin, gracias doctora, lea esos cuadernos a ver si logramos encontrarme. Que pase una excelente noche. Por cierto, hay una avispa muerta aquí en el piso. Me la llevaré si no le importa.

***

Oh, el hombre de la máscara nuevamente pasea por la calle como si nada extraño sucediese. Los niños se le acercan, curiosos, intentando averiguar si habrá teatro en la ciudad, ansiosos por tener la noticia de primera mano. Los adultos lo miran con recelo, algo debe ocultar, quizás una deformidad, quizá su propia cara escamoteada a la justicia o al propio hartazgo de ser él mismo. Es una máscara del color de la piel, sin nada extraño, con los cinco orificios necesarios, no muy brillante; le faltan cejas y eso le da el aspecto artificial. Imposible no atraer las miradas, a pesar de que él usa la careta como quien luce una corbata.

El hombre de la máscara se sienta a un lado del quiosco. De la bolsa de la gabardina, saca granos de arroz que riega en el piso para ver bullir a las palomas. Oh, el hombre de la máscara ha perdido el futuro, eso es la depresión, no imaginar el futuro.

***

En otra ocasión, la palabra fue “vaso”. Ya le dije que todo comienza con objetos cotidianos, con una palabra inofensiva: vaso, un vaso.

Lo del vaso fue sencillo y cristalino, doctora. Nada más que un simple vaso de vidrio, sin adornos, un vaso como cualquiera, transparente y de buen peso, de fondo un poco más grueso que el resto para mantener el equilibrio cuando estuviera lleno. Aunque no hacía falta el peso extra porque el vaso siempre estuvo vacío, doctora. ¿Que por qué vacío? No lo sé, usted me lo podrá explicar; y también: por qué un vaso. ¿Por qué no una taza o un tenedor, el cual nos habría dado pie para mitologías y símbolos demoníacos o freudianos? Usted explíqueme. ¿Insatisfacción o esperanza? ¿Sed? Pero ¿qué si el vaso vacío significa que alguien acaba de beber todo el contenido?

Una mañana (no sé cuándo, ya sabe usted que conmigo no se llevan bien las cronologías). No sé si lo estuve soñando o qué. Sólo sé que me desperté con el vaso ante los ojos. Fui al baño y el vaso me acompañó. Miré la hora en el reloj. Era tarde (¿se da cuenta?, tenía conciencia de que era tarde). Y el vaso no se iba. Contra mi mala costumbre, me dirigí a la cocina para beber agua. El vaso que tomé no era como el vaso que veía. Podía superponerlos, pero no coincidían en forma y altura. De cualquier modo, bebí el agua. Me tumbé de nuevo en la cama y los gatos vinieron a hacerse bolita, en mis piernas uno, y a un lado de la almohada el otro. Sí, ya tengo otro gato, doctora. Una gatita de dos meses, pelaje tuxeedo, blanco y negro, ojos verdes, bigotes blancos y rizados. ¡Doctora!, son mi compañía. En las mañanas les abro la puerta de la recámara y dejo que se suban a la cama, necesitan sentirme cerca, sentir que los amo. ¡Claro que los cuido! Y ellos me cuidan. Sentí tal bienestar que no quería pararme. Ellos dormían. Pero pude sobreponerme a la felicidad y me levanté. Tuve que apartar a los gatos, quienes me miraron con los párpados entrecerrados, en reproche. Los tengo que dejar dormir conmigo toda la noche, sí, doctora, en cuanto la gatita deje de morderme las orejas y la nariz, lo haré; dormirán conmigo.

Me quedo callado porque lo demás es aburrido, doctora: vestirse para salir a la calle, mirarme demacrado en el espejo, rendirme a la tentación de no peinarme, de cambiar de ropa, de asear los zapatos, todo el martirio diario que hacemos para que los demás puedan vernos sin escandalizarse, las rutinas. Mirar otra vez el reloj, buscar las llaves, no olvidar alimentar a los gatos. Todo igual, doctora. Pero fíjese, doctora: todo ese tiempo con el vaso aquí clavado en medio de la mente o de los ojos, como cuando se trae una mota de polvo nadando en el ojo o una gota de agua en los lentes, sólo que nítido, el vaso; un perfecto vaso vacío que no era como los de casa. Era un detalle importante: que el vaso que yo veía no era como los de casa. Ya se imaginará usted… Pero si quiere se lo cuento. Sé que le gustan mis historias. Pero prométame que me enseñará su artículo cuando lo publiquen en su revista famosa. ¿Usted tiene vasos aquí en el consultorio, doctora? Habría que compararlos.

***

«Oh, Dios, ¿por qué me mandaste así a un mundo donde soy la diferente, la que causa terror y repugnancia? Algún plan debes tener para mí, pero no hablas conmigo, no me mandas una señal. ¿Por dónde y cómo he de conducirme? Al menos me has librado de mi pasado y no llevo a cuestas recuerdos de una infancia infeliz. ¿Cuál es tu plan para los monstruos? Dame una señal, oh, Dios y elevaré más rezos hacia el cielo, o donde estés.»

Usted tendría que verla, doctora, todo el día rezando, elevando sus murmullos al falso cielo donde yo la escucho hasta que su voz es sólo un ruido de fondo en mis días y mis noches. Yo no sé si podría hacer algo por ella, no lo sé. Últimamente no la he visto, como si al decidirme a hablarle la próxima vez que la encontrara, hubiese desaparecido. Si al menos supiera que la busco… Si al menos supiera que pongo palabras en su boca.

***

Estuve un buen rato removiendo el café con la cucharilla, el cigarrillo encajado en mis labios resecos, pensando que a pesar de mi aparente postración podía hacer varias cosas desde la silla en la que me encontraba, con el teclado al alcance y la expectativa de un par de horas sin preocupaciones. Podía nombrar, por primera vez, a las doctoras; a la vieja llamarla Roberta; a la joven, Berenice. Roberta Medina y Berenice Ríos. Etimologías aparte, me gustaron por cómo sonaban.

Eso fue hace un rato, antes de darme un baño y hacer el ritual del café y mis medicamentos. Ahora que ha llovido, de momento fue estar enfrente de la esquina donde Angélica; estar, pero hace horas, cuando aún no oscurecía y la tarde ya sólo era un trozo de cielo gris entre los edificios, la calle encharcada y con pocos autos; gente como extras de película en las aceras, debajo de paraguas oscuros, la mayoría solitarios, algunos cuantos en pareja según el tamaño del hongo de tela. Esta calle está detrás de la plaza, a espaldas de la Oficina de Correos. Y ahí estaba Angélica. Nunca la había visto de noche, pero sin duda era ella, dejando correr la lluvia por su cuerpo, empapándose inmóvil, recargada en un poste de concreto. Yo la veía desde el otro lado de la calle y podía distinguir sus labios al moverse, hablando sola, elevando una plegaria o una retahíla de insultos, a su Dios o a la gente que pasaba a su lado sin mirarla.

Entonces pensé que necesitaba verla en el interior de lo que fuera: templo, casa, un restaurante o café; necesitaba aislarla, sacarla de la lluvia, de la calle, de la involuntaria hostilidad de los taciturnos peatones emparaguados. La tenía ahí, al otro lado de la calle y yo no sé si ya había reparado en mi presencia, si sabía que era yo el que la espiaba desde la ventanilla del colectivo por las mañanas. Pensaba eso a pesar de que era ilógico que ella me conociera, que fuera yo la persona a la que esperaba; y eso si esperaba a alguien.

Tal vez mañana le hable. Ya son más de las once de la noche. Soy el que escucha cantar un grillo en el jardín, deseando tener ahora un gato ronroneando sobre el escritorio. Veo cosas y en cualquier momento daré el salto al otro lado o al abismo, para mi triunfo o mi fracaso; para dar a “ellos” algo en qué creer, permitirles blasfemar; para que tengan alguien a quién culpar por todo, por sus meticulosas desgracias y por la brevedad de sus alegrías.

***

Ya no llovía y me quedé con la mirada perdida en el entarimado de la estación, la madera mojada, la falsa convergencia de las líneas negras de las juntas, las vetas onduladas proclamando su pasado de árbol. El agua como espejo me entregaba los árboles invertidos, su ausencia de hojas; y esa imagen —si resistía la tentación de alzar la vista para ver enfrente— era como una fotografía que no hubiese hecho yo y que estaba enmarcada, ofrecida para mi contemplación, para mi absurda costumbre de encontrar espejos y árboles en el suelo, en una tarde cualquiera, porque sí, porque algún día quizás sea fotógrafo o pintor y no está por demás fijarme en estas cosas que otros ven mejor que yo.

***

Pero el momento en el que la lluvia se detuvo me alcanzó cuando todavía estaba en casa; olvidé los simulacros, las fantasiosas historias para las doctoras y estuve echado en el sillón, contemplando el techo blanco de la casa, la mancha de humedad que crecía junto al foco, sintiendo cómo la soledad se iba adueñando de mis pensamientos hasta el punto en que me sería imposible pasar por alto mi condición y mirarme, aislado, mal vestido y deplorable; esperando el momento en el que la soledad me haría saltar del sofá hacia el escritorio o fuera de casa y convertirme en uno de “ellos”, en cualquier otro cuya existencia ya estuviera planeada, hasta en sus mínimos detalles, en la cabeza o en un cuaderno más de un escritor oscuro y desconocido.

***

Por momentos yo era de nuevo Julián Martínez, y luchaba contra la tentación de volver en recuerdos al pasado, a las mañanas y tardes en Ciudad Universitaria, cuando era el estudiante de Ingeniería que había errado la vocación, tumbado en el pasto con un libro, escribiendo mentiras como desesperado en los cuadernos en que solía hacerlo; volver a las charlas de café en la Facultad de Filosofía y Letras, a los paseos por el Espacio Escultórico acompañado de una chica que aún no era Carol, pero a quien quise lo más que mi exorbitante intento por ser otro me permitía.

Ya entonces comenzaba a sentirme ajeno a los otros y, a mi incipiente misantropía, le añadía el agravante de ser pobre y tener una voracidad por la lectura que muy pronto desembocaría en el deseo incontrolado de hacerme de una biblioteca, aún a costa de mi, ya de por sí precaria, alimentación; y es que ya no me bastaba con tener acceso como estudiante a la Biblioteca Central, me impuse el exagerado deber de comenzar a formar mi propia biblioteca. Fue entonces que comenzó “la aventura de los libros”, episodio tan patético como heroico del cual aún me quedan evidencias que en vano intento hacer desaparecer, para que no haya pistas por seguir, para darle el calificativo del crimen perfecto y dejar esfumarse ese recuerdo, amputarlo o colocarlo en segundo plano, como el pasado insidioso de algún personaje de novelas ocupado en borrar sus memorias mientras bebe un café tibio, en una noche cualquiera de mayo, y piensa que alguna chica con mucha imaginación, si lo viera sin prisas, si se tomara el tiempo de conocerlo, de contemplarlo, podría leerlo como si él fuera un libro deseado por mucho tiempo y que llega al fin a sus manos, para oler sus hojas, pasarlas morosamente con una caricia de los ojos y de los dedos, como una salvación.

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“El simulacro no es lo que oculta la verdad, es la verdad la que oculta que no existe. El simulacro es verdadero”.

Dice Jean Baudrillard, en un ensayo, que la frase es del Eclesiastés, pero por más que leo en mi Biblia no encuentro ese pasaje. ¿Será una frase de Baudrillard que simula ser de la Biblia? Por lo tanto, la frase es verdadera, porque es un simulacro y oculta que no existe en el Eclesiastés. Salvo lo que digan otros lectores más avezados de sus respectivas Biblias.

***

¿Y a quién le podría importar que soy el hombre que escribe en una casa de la periferia de la ciudad imaginada? Tal vez sólo a “ellos”, porque son pacientes y aguardan en la sala a que los reciba para darles su dosis de realidad, de existencia en la hoja en blanco, la cual se llena a medida que la estupidez en que me tiene sumido el medicamento me va permitiendo.

¿Qué diría la doctora Medina, la doctora Ríos, si les contara todo lo que sucede en mi vida real y en la imaginaria, si no les escatimara mis historias, si no les contara lo que me da la gana contarles, reducto de lo que aún queda de mí? Es triste que ya no aparezca más la doctora Ríos.

***

En realidad, lo demás no importaba. Había llegado la hora feliz del simulacro y atravesé la calle sin pensarlo, sin mirar si venían autos. Pude al fin tomar del brazo a Angélica, decirle que la llevaría a tomar un café al Avenida, a media cuadra de ahí, que no temiera, que no podía dejarla bajo la lluvia, que yo la había estado observando durante mucho tiempo ahí parada, otros días también. Las frases me salían atropelladas, el corazón y la respiración agitados. Ella no dijo nada, se dejó llevar. El local no estaba lleno y elegí una mesa junto al ventanal. Entonces miré a Angélica buscando en vano una expresión en su rostro, como si ella fuera una persona cualquiera. Estaba frente a mí; el agua de la lluvia goteando de sus cabellos. No había nada que decir por el momento, pero las cosas terminarían por pasar, llegaría el instante de la aparición del mesero, de las miradas reconcentradas de los otros clientes, los murmullos, la comprobación inútil, por predecible, de la heredada imbecilidad de la gente, de su impiedad.

***

«Sí, doctora, todas las miradas sobre nosotros, los murmullos; los que no podían darnos la espalda se apresuraban a terminar lo que habían pedido para marcharse. Menos mal que el mesero no resultó ser un cretino, estuvo ahí todo el tiempo, envejecido, elegante y discreto, quizás en exceso para un Café como el Avenida; le faltaba el uniforme negro, la levita, los guantes y la camisa deslumbrante —porque el cabello sí lo llevaba engominado—, para ser un mesero del Royal.

»Yo no sé, pero siempre hay goteras o debería haberlas en cafés como el Avenida. No porque sean locales recubiertos de madera, así como su consultorio, doctora, no por eso, sino porque aquí se me confunde la realidad con los recuerdos o los sueños y veo goteras. Entonces vi crecer una gota en una de las vigas del techo, crecer y caer hacia la mesa de junto y dejar una mancha oscura en el mantel. En todas las mesas había claveles blancos en floreros delgados y largos. Yo prefiero las gardenias, pero los claveles estaban lindos. Angélica estaba acariciando uno; se veía que le gustaban, que le gustan, y a mí lo que me gustó fue la mano de Angélica, tan torneada, no sé, esbelta, con dedos no muy largos pero muy de ella, las uñas rojas, largas, pero no tanto; esas manos tan perfectas que enseguida se pusieron a buscar inquietas dentro del abrigo, el cual había colgado en el respaldo de la silla, hasta salir de nuevo con un cuaderno de tapas rojas y un lápiz. Los dejó sobre la mesa. Yo sentí su mirada en cuanto las manos se quedaron quietas, pero no tuve la necesidad de decir nada. En ese momento cayó otra gota en la mesa de al lado y el ruidito se me quedó enredado en el oído.

»Angélica tomó el lápiz y comenzó a escribir en el cuaderno. Luego me pasó la libreta y ¿sabe qué decía?, decía: “Yo no hablo. Escribo, siempre escribo, siempre sólo escribo”. Levanté mi vista hacia ella, con una sonrisa; en el rostro de Angélica seguía la mueca monstruosa, pero tenía que ser también una sonrisa. Los murmullos y las miradas nos rodeaban. Yo veía de reojo crecer en las caras de la gente los gestos de repugnancia, de reproche. Pero ¿sabe qué, doctora?: hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien, tan seguro, tan dueño de la situación y de lo que en adelante pudiera suceder.»

***

Nos movíamos en medio de una ciudad fantasma, “los otros” y yo. Las calles como laberintos con sus árboles, paredes y negocios como escenarios de un sueño. La gente como extras de una película.

—Usted debería poder distinguir entre alucinación y realidad —dijo la doctora Medina, con un tono que no dejaba lugar a dudas, arrugando la nariz de un modo que me hizo sentir algo en el estómago, algo agradable y cálido que, desde luego, estaba fuera de lugar en medio de mi consulta mensual.

—Claro que es difícil porque precisamente las alucinaciones tienen ese carácter de realidad. ¿Ha enfrentado ya a alguna de las personas que ve? —preguntó y se quedó con los codos sobre el escritorio, los párpados muy abiertos detrás de los lentes de carey, el bolígrafo en la mano, las hojas de mi expediente listas para anotar las novedades y seguir trazando el tortuoso itinerario de mis tribulaciones.

«Si ahora le cuento que “hablé” con Angélica y lo que sucedió en el Café Avenida; si no espero a que ese episodio madure en mi más reciente pasado y se lo cuento todo, entonces habré perdido una oportunidad, no sé de qué, pero sería una pérdida».

—No. Aún no enfrento a “los otros” —respondí sin convicción, con voz aún más baja de la que acostumbro, sintiendo en los labios una mueca de fastidio, además del antojo de un cigarro—. Debe ser que el medicamento me está haciendo efecto.

La doctora anotó en las hojas el nuevo dato, la remisión de las alucinaciones, aunque un aumento en la tendencia antisocial. Tuvo la decisión, inexplicable para mí, de aumentar la dosis de medicamento al doble, la prescripción increíble de tomar clases de baile para conseguir una pareja. No le importó mi argumento de que en mi familia el baile nunca fue una costumbre y, ahora que estaba solo, hacerlo me provocaría la angustia que se supone debiera evitar. Lo escribió en el expediente: “Aprender a bailar”. La estuve viendo, incrédulo, pensando ya en el próximo episodio de mi lucha por ganar un territorio para “los otros”, en la religión que mi ateísmo sería capaz de crear para darles algo en qué creer. «En fin, se trata de la doctora, pero ¿bailar?».

Me despedí mirando al piso, buscando en vano alguna avispa muerta o cualquier otra señal que me sacudiera.

***

Con un solo golpe maestro los libros dejaron de circular. Los digitales fueron borrados de los dispositivos de la gente; los de papel dejaron de venderse a cualquier persona, elevaron los precios al grado de sólo estar al alcance de los millonarios o miembros de la Federación, que, en la práctica, eran las mismas personas. En cuanto a las bibliotecas particulares, la mayoría fue retirada de las casas con dos estrategias combinadas. La primera, ofrecer cantidades millonarias de dinero por cada ejemplar a quienes voluntariamente quisieran deshacerse de ellas; la segunda, correr la noticia de que una sustancia impregnada accidentalmente en el papel, durante la producción, era letal, producía mutaciones físicas y de conducta en quienes estuvieran en contacto con los libros, es decir, se volverían monstruos, ellos y sus hijos, o enloquecerían y serían retirados de la libre ciudadanía. Una exageración así por el estilo que se difundió entre la población.

Los casos especiales de los grandes lectores, como científicos, escritores y otros eruditos, eran resueltos mediante la cooptación. Se les prometía acceso ilimitado a los conocimientos, a los libros resguardados por la Federación, a todas las ficciones del mundo, a los placeres de cualquier tipo, ello con la promesa de que sólo iban a hacer lo que más les gustaba, una combinación de bienestar físico, con el acceso a las voluptuosidades intelectuales que, al final, terminarían siendo su talón de Aquiles.

***

Qué es la realidad sino una gran ficción, la gran mentira detrás de la que siempre se nos escapa la verdadera realidad. Vidas enteras pueden ser vividas bajo esta perfecta ilusión, sin enterarse, sin sospechar siquiera del gran engaño. Sólo los inocentes están en conexión con lo innombrable. Los demás llegamos a tener atisbos en momentos de trauma o crisis, pero siempre regresamos a la realidad, a la ficción que reconforta por más que nos haga sufrir.

En el consultorio, la doctora Medina dijo, luciendo más envejecida con ese cabello que ya le hacía falta teñir:

—Si ya no ha visto cosas, ni sentido que lo observan o le hablan por la radio y la televisión, lo voy a dar de alta muy pronto, pero debe seguir tomando los medicamentos.

Sí, y de un plumazo, adiós, me lanzó de vuelta a la cotidianidad a los días estériles en los cuales mi vida transcurría normal, sin sospechas, sin sobresaltos, embrutecido por las medicinas que me daban una paz obligatoria en la que no cabían los sueños ni el exceso de imaginación.

Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, Angélica (o como se llamara en realidad), estaría haciendo lo suyo, quedarse parada en mitad de las calles, en la plaza frente al kiosco, luciendo su cabeza monstruosa sin pudor, espantando niños sin querer; yo la podía imaginar, verla dando pasos lentos sobre la hojarasca con sus pies metidos en huaraches blancos, las uñas de los pies pintadas de rojo, triturando al pisar las hojas secas que le regalaban el crujir a sus oídos, el leve sobresalto por el sonido distinto para cada hoja. Ella estaría haciendo eso y a mí me dolía no estar haciéndolo con ella pues, desde la “charla” en el Café Avenida, no la había vuelto a ver. Según la doctora Medina eso era bueno para mi salud, el ya no verla. A la doctora Ríos nunca le conté del encuentro porque la doctora Ríos también se había marchado, si estuvo alguna vez.

***

En resumidas cuentas, había un medicamento para estimular la producción de neurotransmisores, otro para la angustia y el miedo, uno más para dormir bien y el que era para el vértigo, sin olvidar los necesarios para evitar los malestares estomacales por tomar todos los demás; eso todos los días, un ritual para alcanzar la normalidad de la que había sido expulsado.

Así fue durante mucho tiempo, hasta que me sentí bien: nada extraordinario me sucedía, “ellos” se fueron y ya ni siquiera podía pensarlos ni fantasear imaginando sus vidas. Pero extrañaba más su presencia que el terror que me producían.

Y un buen día, cansado de la vida inane, mientras mataba moscas en medio de la sala, del calor de verano, descubrí a un gato sentado en la barda del patio, nuestras miradas se cruzaron. Esa noche decidí suspender el ritual.

***

Salí del consultorio (¿o de casa?) cuando ya la tarde le dejaba su turno a una noche en la que me pondría a caminar, por mera costumbre, hacia la panadería y luego a la Plaza del centro. La avenida Principal lucía controlada: autos, semáforos, los negocios de siempre, los escaparates, gente con o sin perros, las luces del alumbrado y, por encima de todo, los últimos resplandores del sol entre nubes violetas, difuminadas hacia lo negro del cenit.

Pasé frente al Royal, frente a La Flor, pero no tenía hambre ni ganas de beber. En los escaparates busqué mi reflejo: todo parecía indicar que yo no era el hombre de la máscara pues reconocí los rasgos, las cejas, el semblante ecuánime de quien sale a la calle como si en realidad entrara en un cuarto más grande de una casona que se piensa explorar. Me detuve a una cuadra del centro y sentí el aroma de las jacarandas en flor; llegaba hasta mi nariz arrastrado por el viento desde la Avenida Ribereña.

Entonces tuve el deseo de que el viento arreciara, que me hiciera volar los faldones de la gabardina, arrancara sombreros, despeinara gente, agitara las frondas de los fresnos en la plaza. Cerré los ojos, lo deseé con vehemencia, elevé mis manos: la izquierda a la altura del pecho, con la palma abierta; la derecha apuntando arriba, con los dedos estirados hacia la oscuridad. Y entonces comenzó. Fui a sentarme en mi banca de costumbre, junto a la fuente hundida del parque. El ruido del agua me tranquilizó. Y, como ya era hora de darle a la ciudad otro paisaje, hice que el río aumentara su caudal; pude escuchar el pitido de barcos en el muelle, lejos, a mis espaldas, metidos en el agua oscura, llevando y trayendo gente, autos, mercancías, de este lado hacia el otro que podía ser otra ciudad, otro país, inclusive la misma ciudad, dividida en dos, norte y sur.

***

Dos semanas buscando a Angélica; dos semanas sin medicamento durante las cuales no aparecían, ni ella ni alguno de los otros, como si se hubiesen cansado de esperar. Tal vez estaban del otro lado de la ciudad, a salvo con el río de por medio. Y cómo saberlo, si entonces yo sentía que estaba viviendo un tiempo distinto al de ellos, un tiempo imposible en el que cada vez me costaba más trabajo entrar. Los podía sentir moviéndose en un espacio que habían hecho suyo mediante el simple gesto de no tomarlo en cuenta, el espacio como escenario, todo tramoya, nada real.

En cambio, yo podía ensimismarme a ratos con el vuelo de las moscas, con una avispa en el piso de un consultorio, recogiendo guijarros de formas caprichosas junto al río. Quizás debía hacer como ellos: pensar en todo como escenario, convertirme en el amo de la obra, del tiempo. Entrar de golpe en su mundo, aposentarme ahí, visible, o invisible a ratos, dejando que me presintieran o que me vieran sin saberlo, que pensaran que estaban viendo una piedra, un pájaro, los engranes de un reloj desarmado, cualquier cosa que en realidad era yo, observándolos desde el punto de vista que me diera la gana para simular el orden o sumirlos en el caos.

***

—¿Un gato? —dijo la doctora Medina, dos meses más vieja, más preocupada desde la última vez que la vi—. ¿Y es pequeño?

—Lo suficiente para acostumbrarse a la casa, sí.

Medina seguía escribiendo con su pluma de tinta color lila, inclinando la cabeza hacia el papel, como si fuera un relojero suizo ajustando diminutos engranes de la maquinaria de un reloj.

—Ahora tendrá compañía, eso está bien, muy bien —festejó alzando la vista y la pluma, con un tono de voz en el cual adiviné la inveterada costumbre de decir lo mismo a cada uno de sus otros pacientes, todos los días, de 4 a 7 de la tarde, rodeada de los mismos, polvorientos manuales de psiquiatría en el librero, con una copia de La Noche Estrellada colgada en la pared de la derecha, como testigo, como un enigma por el que aún no me atrevía a preguntar—. ¿Y cómo se llama el gato?

—Por lo pronto sólo le digo gato. Aún estoy pensando en un buen nombre —dije, y regresé al cuadro mientras Medina seguía escribiendo, mientras comenzaba a cansarme de tener la pierna cruzada, a preguntarme por qué precisamente esta doctora no contaba con un estereotipado diván, donde al menos podría echarme a gusto para hilvanar mejor las mentiras y verdades que le debía contar.

—Pues usted va muy bien. En dos meses nos vemos. Creo que entonces lo daré de alta, a reserva de cómo se sienta durante ese tiempo.

Se levantó. Me tendió la mano huesuda, dibujando una sonrisa profesional. “Gracias, doctora. Y, ¿sabe qué?, debiera usted poner aquí un diván”, dije, pero ya no respondió. Bajé las escaleras renqueando, con la pierna entumecida, peldaño a peldaño. Abrí la puerta de calle para meterme a la ciudad de la noche estrellada, a sus volutas de algodón.

***

«No le temo a los espejos. Pero un día me di cuenta de que nadie, nunca se puede ver a sí mismo».

«¿Cómo es eso? Yo sí me he visto a mí mismo».

«Crees que te has visto, pero eso que ves es una deformación, no eres tú».

«No, no te entiendo».

«No hay espejos perfectos, salvo los imaginarios. El reflejo que te devuelven no es exactamente como tú».

Entonces comprendí, y una gota más de agua aterrizó en la mesa en señal de aprobación. Presentí la sonrisa de Angélica. La vi tomar su vaso, beber con el popote haciendo ruidos con los últimos sorbos de su café. El asombro, luego la angustia, fueron apoderándose de mí: ¿acaso estamos condenados a no saber nunca cómo somos? No era posible.

«¿Y si me tomo una fotografía y me veo ahí?»

«Tampoco hay lentes perfectas».

«Pero yo sí te puedo ver a ti, sé cómo eres, mis ojos…»

«No hay lentes perfectas»

Estaba pasmado por la sencillez de la idea, por la revelación de esa imposibilidad que ha estado siempre ante nuestros ojos y, por lo mismo, no la podemos ver o la vemos borrosa, como una mota de polvo en el ojo. ¿Qué diría Medina si le contaba esto? No ya el solo hecho de ver a Angélica, sino lo que “hablamos”, lo que le estaba sucediendo a mi percepción del mundo.

***

Había sido un domingo como cualquier otro día, hasta que escuché la voz en mi cabeza. Yo estaba en el estudio, preguntándome por qué “ellos” tardaban tanto en aparecer. Llevaba dos semanas encerrado en casa, extrañando la presencia de Angélica, viendo cambiar la luz de día a noche, revisando mis libros, colocándolos en distinto orden en los libreros.

De la nada apareció la voz. Tomé el cuaderno, la pluma. Cuando estuve listo, me dictó:

Con un cañón de trones el personaje arremetió contra la fachada, haciendo explotar las barricas de enfriadores, desperdigando los balgrines sobre el espejismo del pueblo imaginado. Sierras con dientes de gorgonapatita hacían lo suyo derribando montones de roblúsculos de la plaza. Con un ventarrón de finimíferos hacía caer a las aves, de súbito convertidas en ojivas de plomo, proyectiles que, de paso, arrasaban con la estructura morisca del quiosco, con los retablos de los templos, con las cúpulas del palacio y con las frágiles casas góticas de las ardillas de cuello rojo. Mediante recursos más bien mañosos, el pueblo quedó reducido al círculo que el personaje ocupaba, islote en la mar de blancura, protección contra maleficios poblado con jeroglíficos y acentos circunflejos como trazas de gaviotas, de palomas. No parece tan descabellada la idea si ya pasamos por la manipulación genética. La mano del hombre giró la llave y entró al cuarto sin hacer ruido. Mano y llave eran míos, prestados.

***

Guardaba las llaves y subía de puntillas a mi cuarto claustrofóbico que era apenas más grande que un armario o así me parecía. Durante varias horas antes de hacer un movimiento, me quedaba tendido boca arriba sobre mi colchoneta, viendo parpadear la luz mortecina de la bombilla, el empapelado de las paredes, amarillento de tabaco, desprendido y roto en las esquinas; escuchando el ir y venir de la dueña de la vecindad en la planta baja, ruidos de loza y cacerolas; sintiendo los aromas torturantes de carne asada, café de grano, frijoles refritos, no sé qué combinación de hierbas sofritas con manteca.

Comenzaban entonces los ruidos en mi cuarto, en mi cuerpo, dolores punzantes en mi estómago vacío, que controlaba buscando figuras en los dibujos del tapiz y encendiendo un cigarrillo. Con tan sólo estirar un dedo podía apagar la luz de arriba y quedarme en la penumbra hasta que me diese la gana conectar la lámpara.

Al comienzo, quizás durante mi primer año de residencia, la señora o su hija subían y llamaban a mi puerta, “Venga a comerse un huevito”, “¿No gusta unos frijolitos con cecina?”, “Cómase unos taquitos de sesos”. Al principio aceptaba. Comía con las dos señoras, con los nietos, tíos o sobrinos; incluso llegaban a preguntarme cómo iba en la Facultad y si me faltaba mucho. Eso al principio. Ya lo dije, fue durante el primer año. Hasta que se dieron cuenta de que no podían sonsacarme las palabras porque yo estaba tirado para adentro, muy lejos. Luego me fueron soportando menos… o yo a ellos; comencé a no soportar sus peleas, sus discusiones acerca de hijos o familiares políticos que yo desconocía, menciones de bebés que suponía ilegítimos por la voz baja con que se referían a ellos y que luego resultaban ser personajes de la telenovela de las ocho.

Para evitarlos prefería llegar después de esa hora. Podía entrar sin ser visto porque todos se metían a la sala de televisión: uno de los cuartos de la planta baja habilitado con sillones, cojines y una hamaca. En cuanto alcanzaba los escalones subía sin zapatear a mi cuarto, dejaba la luz apagada y me tendía en la oscuridad, boca arriba, hasta que el silencio envolvía la casa y sólo los inquilinos del piso de arriba chancleaban un rato más antes de hacer chirriar la que yo imaginaba una cama antigua con tambor oxidado. Faltaban dos cigarrillos de inmovilidad para que todos durmieran y yo pudiese bajar a la cocina a calentar agua para un café, para hurtar las sobras de la cecina, un pan, un poco de azúcar. De regreso en mi pequeño cuarto, llegaba el momento feliz de sacar de mi morral los tres libros que me prestaban en la Biblioteca.

Esa hora, las once, doce de la noche, era el comienzo de mi otra jornada, me convertía en Oliveira o en Oliverio; yo era Juan Preciado o Matías Pascal, un Stephan Dedalus empobrecido en la megalópolis, en la capital del país que ya estaba, desde entonces, podrido por el narcotráfico, aunque aún pocos vieran que en realidad vivíamos a la sombra de un narco-gobierno, como seguimos viviendo durante muchos años, hasta que inventaron las alas y el tráfico simplemente cesó.

Leía mucho, pero escribir fue lo que me salvó varias veces, hasta ahora. Porque me pidieron escribir, y escribí, sigo escribiendo.

***

Y aquí “la voz” guardó silencio. Sentí que no regresaría hasta que yo hiciera algo con estos personajes, con su entorno, apenas trazado a pincelazos. Tuve ganas de volver a ver a Angélica, contarle lo de la voz, mostrarle la historia de Beto Sánchez, pero me sentí fatigado, como si hubiera subido la cuesta entre San Juan y la casa al borde de Santa Cecilia. Gato ha venido a frotarse en mis piernas, el muy zalamero. Lata de atún para comer; el aceite para las bolas de pelo.

***

De esos sábados en que parece que no pasa nada en la ciudad, viendo el atardecer, en medio de un bochorno inusual para la época del año.

Sin embargo, es seguro que desde el consultorio de Medina se debió ver bien lo que sucedió en la plaza, el domingo pasado. Como siempre, ya era la hora del crepúsculo con las mismas nubes naranjas y violetas. Tal vez Medina acababa de quitarse la bata blanca y la había colgado en el perchero. Fue a pararse frente a la ventana. Debió haber visto la inusual calma en la plaza, las ardillas disputando con las palomas mendrugos de pan en los jardines.

Yo estaba metido bajo los arcos de los portales, recargado en una de las columnas de basalto, sintiendo moverse a la doctora Medina, allá arriba. Antes, la había visto entrar en el edificio, cuando yo aún estaba sentado en una banca del parque, aguardando a que “la voz” apareciera de nuevo.

Hace tiempo descubrí que Medina suele venir los domingos por la tarde al consultorio. No hay consultas. Debe estar para poner en orden sus papeles, para rumiar su soledad o mirar por la ventana, para lamentarse por no haber defendido a su única hija, para escapar de su casa, del teléfono en su casa, librarse de las insidiosas llamadas telefónicas de los cobradores del banco. El caso es que está en el consultorio hasta las nueve de la noche, hora en que sale puntual y camina por la Avenida Principal, recargándose en su bastón de aluminio. Ahora la podía imaginar espiando en el balcón, veía su perfil aguileño, el montón de arrugas en la frente, el amontonamiento de pequeños pliegues alrededor de los ojos. Tal vez se había permitido un vaso de vodka. Ahora estaría sintiendo la calidez bajando por su garganta.

Primero fue la mujer, antes que “la voz”, pero sólo aventajándola por un instante. No vi si salió del Posada o llegó por la avenida, pero en un momento ya estaba en la plancha del parque y caminaba hacia mi posición, desde mi derecha. Llevaba puesta una larga gabardina de piel roja, zapatillas negras asomando apenas con cada paso; gafas oscuras y el cabello castaño claro, del largo suficiente para tocar sus hombros; usaba guantes blancos y en la mano izquierda balanceaba al ritmo de su paso el ostensible estuche de un violonchelo. Curioso que la visión alternara entre mi posición a nivel de calle, y la elevada, desde los ojos de Medina —en esa perspectiva la mujer parecía más baja, una mancha roja entre los verdes del parque, contra el gris de los adoquines. Pasó de largo con parsimonia y fue a darle la vuelta al parque. Al pasar de nuevo frente a mí, se detuvo, echó un vistazo a su muñeca.

—Perdón, ¿qué hora tiene? —dijo con una voz dulce que me hizo pensar que, además de música, también era cantante.

Medina sorbió de su vaso. Miró con curiosidad al que parecía ser su paciente, hablando con una mujer de rojo en el parque.

—Cinco para las ocho —respondí al tiempo de señalarle con un movimiento de la cabeza el reloj en la parte alta del Palacio de Gobierno—. Pero no parece tan tarde, es temporada de días largos —agregué casualmente, sólo por ver si la del violonchelo me decía algo más.

—Gracias —fue todo lo que dijo. Echó a andar de nuevo con el mismo paso ceremonial, con un ligero inclinarse hacia el lado contrario del estuche del violonchelo.

Medina podía pensar lo que le diera la gana, “¡Ah, otra que se le va!”, o cualquier tontería que le viniera a cuento de mirarme hablando con una forastera. No me movería de la banca hasta ver en qué paraba este episodio que, ahora estaba seguro, “la voz” me estaba contando.

Lo malo es que Medina perdió interés en la escena y dejó la ventana para llenar de nuevo su vaso; colocó la botella en el librero, al pie de La noche estrellada y estuvo unos momentos viendo el cuadro. Mañana tenía agenda llena, lo mismo el martes, el miércoles, toda la semana, el mismo fastidio del cual sólo se liberaba por ética profesional y otro poco porque, si se jubilaba ahora, recibiría una miseria. Eso estaba pensando cuando la bala entró por la ventana y agujeró La noche estrellada justo en la iglesia, en el cielo. Se escuchó el tableteo de los disparos en la plaza, Medina echada en el piso, junto a la ventana, aterrada pero ilesa, mirando el cielo y un puñado de estrellas titilando en calma justo en el cuadro perforado. “Ay Dios”, pudo haber dicho, o pensado, y la vista se le fue apagando por el terror. Sin duda, ahí fue el momento en que su mente se quebró.

***

Cuaderno. Viendo el cuaderno comprendo de pronto que en realidad hay varias voces. Sobre todo, destacan dos: la que describe el mundo y la que narra el mundo. Es sólo que no nos damos cuenta de ello. La idea es inquietante. Cuando vino a mi cabeza, tenía sobre la cama el cuaderno y en el cuaderno la palabra “cuaderno”. Dos cuadernos. Uno era el remedo del otro. Remedo de palabras, imitación. Y si cierro los ojos, aparece otro más en mi mente. La realidad es una ilusión y se repite o quiere repetirse, llegar a la perfección del acto de representarse. ¿Y si yo no estuviera? ¿Si nosotros no estuviéramos? ¿Quién es “yo”?

Estuve un rato dándole más vueltas a la idea. Acabé pensando en espejos, divagando sobre los espejos hasta quedarme dormido. Repetí en sueños, transfigurado, lo que había hecho y pensado durante el día.

***

Era una lluvia fina, de ésa a la que no temes meterte, pero igual moja. Toda la tarde, desde que comenzó a llover, la mujer del violonchelo estuvo dando vueltas al parque, dejando mojar, sin preocuparse, la madera del estuche, empapándose la gabardina roja que se le pegaba al cuerpo. La estuve viendo sin lujuria, recargado contra el borde de la fuente, fumando mi último cigarrillo. Tal vez la chica pertenecía a un cuarteto de cuerdas que no acordó bien la hora o lugar de la cita. Quizás era una “mujer fatal” actuando su papel con regocijo, a la espera de más público masculino o femenino. O tal vez era una asesina hollywoodesca que cargaba su mejor arma en el estuche del instrumento y esperaba a su víctima, perdiendo, poco a poco, la paciencia, no por la humedad, sino por el escaso público disponible. Le estuve mirando los zapatos de tacón e imaginé sus deditos fríos, arrugados de humedad al interior de la piel negra, reblandecida del calzado.

De momento vino y me pidió un cigarrillo. Le dije que era el último, y señalé la colilla que recién había lanzado al suelo. Podíamos tomar un café, comprar cigarrillos, hablar del violonchelo, del concierto frustrado y de cómo la lluvia arruinaba la posibilidad de sentarnos en una banca del parque a darle arroz a las palomas; en cambio, nos quedamos mirando hacia el final de la calle, como si de ahí fueran a llegar los otros músicos o el convoy del político que sería víctima del improbable “cuerno de chivo” que la mujer escondía en el estuche del instrumento. Me preguntó la hora después de consultar su propio reloj. Le dije que eran cinco para las ocho, señalando con la cabeza el reloj en lo alto del Palacio de Gobierno.

Ya no llovía. Sólo había gotas que escurrían de los árboles y rompían el reflejo de los charcos. En cualquier momento reaparecería la gente que se fue con la lluvia y se rompería el silencio donde yo sentía crecer nuestra complicidad de extraños, la fantasiosa posibilidad de prolongar el encuentro. “Ahora vuelvo, voy por cigarros”, le dije. Hube de atravesar la calle, meterme de prisa en la tienda del gordo Aceves, prometerle que le pagaría la próxima semana, señalando con la mirada al parque, hacia la mujer, antes de que los disparos y el chirrido de las llantas, los vidrios rotos y un vuelo ruidoso de palomas, nos dejaran pasmados.

Cuando el escándalo terminó, el gordo Aceves temblaba con su libretita en la mano. Nos incorporamos detrás del mostrador. Yo no podía quitar la vista de la banca del parque donde había dejado a la mujer. Un montón de ramas rotas y hojarasca marcaba la ausencia del estuche y de la chica. A continuación, varios vehículos militares cercaron el parque, vomitando soldados por todos lados. “Te los pago la próxima semana”, dije a Macías que seguía temblando. Balbuceó cualquier cosa con las manos sobándose el pecho, pálido, en estado de shock.

Ella no estaba. Lo importante era que no estaba. Encendí un cigarrillo. Salí de la tienda. Torcí a la derecha para irme de vuelta a casa; había palomas en el pavimento, los casquillos de las balas se confundían con la hojarasca. La voz me urgía: “No mires atrás, no mires atrás”. Y no miré, ni tuve miedo. Había cosas más importantes que temer.

***

«Estimada Dra. Medina:

»Ya no mido mi tiempo con su tiempo ni con el de los demás (aunque todos vamos a morir).

»No mido el tiempo con la rosa que se marchita, ni con la casa en ruinas o los barcos oxidados en los muelles (disfruto, sí, de la hojarasca que el viento mueve).

»No mido más el tiempo con mi respiro, ni con el eco leve del palpitar en el pecho o las huellas de mis pies en la arena del río que parte en dos la ciudad.

»La rosa marchita descansa en la herrumbre de mi corazón: ¡he ahí el barco hundido en la hojarasca! Soy el viento que elige no soplar.

»Llena la casa de girasoles y gardenias, el gato se abre paso entre libros y flores, considera con minucia las zapatillas que han quedado a un lado de la cama, levanta la nariz al aire, olfateando en busca de la traza del perfume que las noches anteriores no lo dejó dormir. Bástale una caja de cartón para volver a la normalidad.

»No, doctora Medina, sólo que trajera a su consultorio a Angélica la Bella podría usted dictaminar el tamaño de mi esperanza o de mi condenación.

»Sin más en este instante, me despido.

»P.D. ¿Ya tiene usted diván?»

***

Con nadie podía hacerlo, pero a Angélica sí podía mirarla a los ojos; los míos se habían acostumbrado a la contemplación de lo monstruoso, al rencor ciego de los genes organizados en secreto para deformar los rasgos de la cara inolvidable en la que yo encontraba, cada vez que nos veíamos, un espejo en el cual mirarme. Me entretenía en recordar lo que ella había escrito: «No hay espejos perfectos, salvo los imaginarios. El reflejo que te devuelven no es exactamente como tú». Y entonces, si ella era mi espejo, yo debía estar consciente de mi lado monstruoso, del lado monstruoso de todos los habitantes de la ciudad; tal vez así los haría desaparecer, reconociéndome en ellos, asimilándolos, estableciendo una nueva realidad en la que no habría perfecciones y el horror fuera la norma, inventar una ciudad en la que aprendieran a vivir; una ciudad donde el tiempo estuviera desquiciado, roto, y donde diera igual ordenarlo o no.

No sabía si Medina vería en estas ideas un síntoma de recaída o de recrudecimiento de mi mal; no sabía si se los diría, si las volvería a ver, pues, con el paso de los meses sin ir al consultorio, cada vez se volvía más un recuerdo lejano, materia para una historia por contar.

Hay noches en que pienso que la ciudad imaginada ya existe y sólo faltan los urbanistas que la describan; antropólogos para conocer a sus habitantes; artistas para deformar, un poco más, a la gente y a las cosas, a lo que se ha de contar, a lo que la voz tenga que decir.

***

La ciudad detenida bajo un sol de agosto, quemante por causa del cielo sin nubes. Gente como fantasmas deben estar ahora mismo caminando por sus calles. Medina, Ríos, Angélica, la mujer del violonchelo, Julián Martínez, Flor del Carmen y un montón de desconocidos deben andar sueltos por ahí, existiendo lo que les sea dado, hasta que los llame o vaya a ellos; hasta que “la voz” los invoque. “Todos son sospechosos”, podría decir un detective.

Eso, un detective. Quizás a la ciudad le falte un detective, policías y soldados ya no son suficientes, aunque sepan soltar balas. Quizás un detective-poeta. Algo así, inesperado. No que escriba poemas, sino que le gusten los poemas de otros. Un detective poético. Con su presencia podría sembrar el mal para conjurarlo, para disfrutar de la fingida victoria sobre los fracasos, los horrores cotidianos.

***

[Fin del Cuaderno I]

STARRY

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