Tesoro de la lengua española (Miguel de Toro y Gisbert)

Tesoro de la lengua

Prólogo

 

Figúranse algunos que el ser escritor constituye un don natural y que sólo quienes se sienten con vocación pueden consagrarse a las letras. Es un error. No solo tienen necesidad de escribir y han de estar en condiciones de hacerlo convenientemente los sabios, los médicos, los artistas y los sacerdotes, sino que, hasta en el campo de la literatura propiamente dicha pueden y deben ejercitarse los que se sienten con algunas disposiciones para ello.

¡Cuántos escritores hay, a quienes nada, en su primera educación parecía destinar a la gloria literaria! Buena prueba de ello es el siguiente párrafo que copio de la excelente obra de mi padre, El Arte de Escribir en Veinte lecciones, cuya lectura será por demás provechosa a los que lean estas líneas.

«Vandel, el poeta nacional de Holanda, era un modesto bonetero; Walter Scott, el más célebre de los novelistas europeos, ejercía la carrera de abogado; Bernardino de Saint Pierre, el inolvidable autor de Pablo y Virginia, sirvió como ingeniero en Francia y Rusia… Trueba, después de hacer los rudimentarios estudios de primera enseñanza, fue enviado a Madrid por sus padres, como aprendiz de dependiente de una ferretería de la calle de Toledo… ¿Quién no recuerda que el ilustre Moratín fue aprendiz de relojero, y que D. Eugenio Hartzenbusch, gloria de nuestra literatura y nuestro teatro, fue primero aprendiz de ebanista y luego taquígrafo… El célebre novelista ruso, Máximo Gorki, antes de llegar a la notoriedad ejerció nada menos que siete oficios, entre ellos el de panadero y el de cómico».

Claro está que no todo el mundo tiene el talento necesario para escribir una de esas obras admirables que se imponen a la admiración universal. Pero también es cierto que muchas personas pudieran encontrar un delicado solaz y ser al mismo tiempo útiles a la sociedad, ocupándose en recoger las crónicas antiguas, las leyendas de su comarca o en escribir algunos cuentos, alguna novelita de costumbres, de las que existen por desgracia demasiado pocas en América, y que siempre, están seguras de encontrar simpatía en el público.

Lo esencial es conocerse a sí mismo y no salir de lo que uno pueda hacer.

El ejercicio más importante a que debe sujetarse el que quiere escribir, es la lectura, y ésta ha de ser escogida, lenta y razonada. Deben escogerse con el mayor cuidado los autores que se han de leer prefiriendo, para esta lectura educativa, los clásicos a los modernos, dejando la lectura de éstos para cuando se halle uno bien empapado en aquéllos. La lectura debe ser reflexiva, metódica; deben tomarse gran número de apuntes, copiar si se quiere los párrafos que más llamen la atención, y sobre todo, tener el diccionario siempre a mano para buscar la explicación de todas las palabras que no conozca uno perfectamente. La impropiedad de términos es uno de los defectos más graves en un escritor.

«También hay que poner a la vista de los lectores, dice mi padre en su Arte de escribir, las frases incorrectas que tanto abundan en nuestros escritores, las faltas de construcción y de sintaxis y los galicismos, para que aprendan a conocerlos y a evitarlos. Un lector ordinario que toma en sus manos una obra con el objeto de estudiarla y de seguirla por modelo, imita con más facilidad los defectos que las bellezas, si no está prevenido y adoctrinado. Lo malo es sumamente pegadizo y se propaga con gran facilidad. Recuérdese la terrible plaga de corrupción y decadencia del gusto que desarrollaron en España las extravagancias literarias de Góngora. Ni aun los mismos escritores de talento lograron verse libres del contagio. Es preciso pues mostrar a los que estudian no sólo frases y modelos correctos, sino también frases malas y viciosas, y enseñarles a convertirlas en frases correctas y de buena ley».

Esto precisamente se propone la presente obra. Conste que el trabajo que aquí presento es incompletísimo, pues no es exagerado asegurar que el número de barbarismos posibles es mayor que el de palabras correctas, pudiendo incurrirse, para cada una de éstas, en varias equivocaciones. La práctica diaria del diccionario permitirá igualmente al cabo de algún tiempo reconocer las palabras castizas de las que no lo son.

¡Ojala consiga esta modesta obra ahorrar algún trabajo a mis lectores!


“Prólogo” de Tesoro de la lengua española (1911)

Miguel de Toro y Gisbert (1880-1966).

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