Tesoros de mi biblioteca: Prosa del observatorio de Julio Cortázar

2. Prosa del observatorio (1972), Julio Cortázar

Otro querido ejemplar de Julio: la primera edición. Llegó a mí también en los 90´s. No recuerdo qué año, pero fue antes de Silvalandia. Quizás en el 92 o 93.

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Ya desde finales de 1991, después de las clases en Facultad de Ingeniería en Ciudad Universitaria, solía ir a pasear por la Facultad de Filosofía y Letras para ver qué libros había. En los pasillos los libreros extendían en el piso los ejemplares. Seguro que tenían muchas joyas que yo no sabía reconocer porque recién había descubierto el mundo de la literatura.

De tanto que frecuentaba los puestos de libros, me fui haciendo amigo de los libreros y fui aprendiendo de  la charla. Recién había leído Rayuela y mi consigna era leer todo Cortázar. En la Biblioteca Central investigué su bibliografía. Así supe qué buscar.

Un día, en uno de los puestos, me topé con este ejemplar. Vi “Julio Cortázar” en la portada y lo tomé. Ya desde entonces el libro tenía el peculiar tono verdoso en las páginas y el olor. ¡Ah, el olor maravilloso a vainilla, a libro añoso que desprendían sus hojas! Me fui de espaldas cuando pregunté el precio.

No lo podría comprar ni en uno ni en dos meses, salvo que espaciara más los días de comer lo suficiente con el régimen que inventé para comprarme libros: la dieta del té y galletas marías, la “dieta para los libros”. Eso me permitía ahorrar algunos pesos cada día. Pero con el precio de este libro era imposible. El librero me debió haber explicado que era la primera edición, que estaba en buen estado, a mí, que lo único que me interesaba era que fuera algo escrito por Cortázar.

Le pregunté si me lo podía apartar, que ya no lo ofreciera, que yo al otro día le daba algo para apartarlo. El joven librero sonreía y seguía platicando de otras cosas o atendía a otras personas que le preguntaban por otros ejemplares. Yo con el libro en la mano, pensando cómo demonios iba a conseguir pagarlo. Y él diciendo que no lo podía apartar. No sé cuantos minutos pasamos así. Hasta que de pronto me dijo: “No te lo puedo apartar. Pero veo que vienes todos los días. Llévatelo. Me lo vas pagando como puedas”. Debió ver lo mucho que apreciaba el libro, lo mucho que le platiqué de Cortázar (seguro él sabía más que yo). No sé. Me llevé el libro. Fui feliz. Al otro día le llevé unos pocos pesos, no recuerdo cuántos. Otro día vendí entre mis compañeros la poca música que tenía. Y lo fui pagando a golpes de suerte y de la dieta para los libros. ¿Fue un mes? No recuerdo. Un día me dijo: “Así está bien. Ya no me tienes que dar más, el libro es tuyo”. Pagué mucho menos. Creo que ese muchacho librero, del cual no recuerdo su nombre, sabía que el libro había llegado a buenas manos.

Tesoro especial de mi biblioteca. Libro adquirido con “dieta para libros” y con la generosidad de un librero al que siempre le estaré agradecido, donde quiera que esté. No sé su nombre. Recuerdo su rostro, su sonrisa.

***

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Marti Lelis

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