Escritor en un andén recurrente

Escritor en un andén recurrente

Marti Lelis

Simulábamos por entonces el desastre, el desorden, el desconsuelo, porque es lo que siente todo escritor cuando las cosas no marchan.

madera-hojarascaY, a pesar de ello, podía regocijarme todas las mañanas —con los pies hundidos en la hojarasca y la cabeza en la otra punta, persistente en su vocación de cielo— explorando los rincones del andén, inventariando el ecosistema de los territorios de madera, de cemento, un recuento minucioso de la fauna y flora que, por ejemplo, hacía de las ventanas un país de arañas, una delicada orografía de brotes de musgo en las juntas entre madera y vidrio, entre madera y pared.

Por las noches, la fauna de insectos voladores acudía a la danza de las lámparas. Mariposas nocturnas, escarabajos de mayo que hacían resonar la pantalla metálica de las luminarias como campanas, incursiones suicidas de moscos a la desnudez de los brazos, de las orejas, un poner a prueba la paciencia, la generosidad para donar la sangre, casi nada, un pinchazo diminuto, pequeña ruleta rusa de las fiebres que no estábamos dispuestos a permitir por mucho que respetáramos la vida secreta de los moscos, su ciclo reproductivo que terminaba en un sonoro plaf antes de la sangría, una lástima de patas y alas bajo la palma de la mano persuasiva.

Lo del entarimado era otro mundo, las cosas que podían encontrarse bajo las tablas sueltas, el oleaje inmóvil de las vetas en la madera, los nudos, los ojos que solían mirarnos. El taquillero dormido, el zumbido eléctrico de las lámparas, la inminencia de una aparición invitada por la banca vacía, el crujido de las hojas secas, esos nimios alaridos.

Uno espera y sabe lo que espera.

*

También espigábamos en la memoria de los muertos los jirones de la guerra mentirosa en que la realidad nos tenía instalados, en primera fila, a la espera de no ser el próximo en el recuento de los condenados vivos, este vivir en la angustia postergada, en el horror cotidiano que nos iba construyendo una armadura de escamas a costa del amor y la ternura, un ver la sangre como quien mira el agua, la lenta pérdida del alma, el simulacro atroz de que aquí no pasa nada.

*

andén maderaEstábamos conociendo el andén hasta sus últimos rincones, pero resultó ser tan grande que le cupieron muchos mundos. Nadie más llegaba. No que no existiera más gente esperando, tal vez estaban en otros andenes, cada cual con sus fantasmas y maravillas.

Barajar las posibilidades, convertirlas en sucesión de palabras para experimentarlas y reducir así el impacto, positivo o negativo, de lo que al final será. De tal modo, ya iba un paso adelante, el escritor, aceptando y renunciando en el simulacro de las ficciones que su imaginación le permitía. Así es como se puede continuar escribiendo, y duele, y es una alegría. El de la taquilla dice que de cuando en cuando llegan vendedores, que a veces aparecen niños, sin importar la hora, pero que de madrugada es cuando le dan miedo. Yo no sé, la vida tiene sus cosas.

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