El aprendiz (2)

El aprendiz

Marti Lelis

 

Capítulo 2

De manera que el primer aprendiz que, como escritor, ahora tenía, decía que estaba muerto. No era oportuno pedirle explicaciones de su peculiar condición, seguramente de desesperación espiritual; eso pensé al principio. Tal vez era una metáfora, una ocurrencia que indicaba su fértil imaginación. Ya llegaría el momento en que se tocara el tema.

Dejando aparte ese detalle curioso, le contesté que no sabía nada de tener aprendices y yo mismo me consideraba aprendiz, que no se dejara engañar por mi edad. Muy bien que leyera y escribiera. Si podía hacerlo durante las seis horas que le dedicaba a transportarse a través del monstruo, era perfecto. Yo también viví en el monstruo y aprendí ciertas actividades, ciertas “técnicas” para aplicar durante el transporte en colectivos y Metro que, además de salvar, son muy útiles para liberar la creatividad que necesita el que quiere escribir. ¡Yo también estuve en Ciudad Universitaria! Grata coincidencia y envidia sana, muchos recuerdos, le dije o le escribí. Yo estudié en Facultad de Ingeniería y él no, él está en Facultad de Ciencias, Biología, dijo, me interesa la entomología, precisó. ¡¿Y la literatura?! Asunto aparte. No sé de qué me sorprendía si yo fui a encontrar mi vocación literaria entre integrales dobles, geometrías avanzadas y lecturas de artículos geológicos en inglés y francés. “Consíganse un buen diccionario. En la biblioteca hay muchos”, aconsejaba como si nada el profesor. “Discutimos el artículo en la próxima clase. Punto”.  Y sólo cabía hacerlo si en verdad era uno estudiante. No había Internet ni celulares. Las primeras computadoras de escritorio desplegaban en el monitor letras verdes sobre fondo negro y nada de procesadores de texto, lo cual estaba bien, pues se escribía a mano y en cuadernos o en hojas de papel. La biblioteca de la Facultad siempre estaba llena. Ustedes, tu generación, le escribí a Julián, ahora tienen el diccionario y una biblioteca en la pantallita del celular; tienen las herramientas para que surjan genios o idiotas. A esto último no contestó, me dejó en “visto”. ¿Se habría ofendido? No lo creo. Casi era la hora de comer o tal vez Julián estaría a punto de diseccionar algún conejillo de indias o analizar un gusano bajo el microscopio. Además, ya me estaba irritando un poco el decirle “yo también” para todo. Lo de mi interés por los insectos, desde niño, era una más de las coincidencias que despertaron mi creciente simpatía por Julián. ¿Eso era bueno o malo?, dudé. Estaba aprendiendo a tener un aprendiz. En el fondo deseaba también ser aprendiz, reflexioné, sin percatarme, en un primer momento, de que ahí se me había colado otro “también”.

Durante el resto del día no volví a recibir mensajes de Julián.

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