Ensayo de juglaría y clerecía. Cap. 5 (o el que sea)

La machina de la rubia y en la azotea

Marti Lelis

—Parece que ha quedado mejor, mucho mejor, Juan Manuel —dijo Fernán.

—Bueno, no sé. Al menos resultan legibles los textos —respondió Juan Manuel palmeando con cariño a la computadora.

—¡Eres un genio! ¿Qué le metiste a la compu, Juan Manuel?

—Libros…, no recuerdo, ensayos. Varios tomos los tenía como patas del sofá, pero ya me trajeron la sección amarilla. Le cargué dos métricas españolas, el diccionario que me dejaste y unos “Mundos Medievales” que me estaban haciendo bulto en la covacha. Le podemos ir cargando lo que quieras, Fernán.

Fernán sonrió satisfecho mirando a la semidesnuda, desnuda, semidesrubia, uyyy, ¡qué bien!, que parpadeaba en el protector de la computadora portátil, curvilínea, panorámica, machina, que Juan Manuel —genio entre los hackers, infiltrador de troyanos y gusanos, inspirado maestro de algoritmos y rizos, borracho hasta el delirio, facedor de atracos cibernéticos y mecenas de aprendices de poeta— machina que, decíamos, Juan Manuel tenía ocupada ahora corriendo sospechosos programas en segundo plano, pero que, más tarde, serviría de cinema para pasar por quinta vez en la semana, Fritz con Metrópolis y luego Matrix con palomitas.

Fernán puso la mochila en su hombro, clavó las manos en los bolsillos de la gabardina. Desde la puerta se despidió de Juan Manuel y de la rubia.

 

Más tarde, caminando por la calle, Fernán regresaba —nubes con tintes naranjas, viento de frente que ondeaba los faldones de su gabardina y que, además, lo despeinaba—, a la pensión. Era una oscura vecindad en un barrio peligroso: narcóticos, peleas de gallos y perros, madrugadas con balazos pandilleros. Lo estrecho de las calles, las chatarras de autos bloqueando las vías, los edificios de mediados del siglo pasado, desconchados, un lugar común infectado por la lepra del ozono, le daban a la colonia el aspecto de una villa medieval donde no entraba la policía, a riesgo de ser tomada por los villanos. Una patrulla podía ser desmantelada en menos de un día al amparo de cualquier cochera, de cualquiera de las calles, por donde diariamente Fernán regresaba al cuarto donde vivía, leyendo del anochecer al amanecer, y, donde también, del amanecer al mediodía, navegaba en el kinetoscopio de sus sueños hasta las próximas galletas marías y nescafé aguadito, previo libro, antes de levantarse. Todo por no entrar con violencia a la realidad y ajustar, de paso, las palabras nuevas que repasaría durante la nueva singladura callejera. Ir a la biblioteca, por ejemplo.

Pero antes:

Escena en la azotea:

[Fernán, inspirado, y la señora que lava, indignada. Paisaje gris de tinacos y cables. Las cuerdas de los tendederos colectivos, unos con jaula y otro no, repletos de ropa que ondea al viento]

—Seño, es que yo tiendo a la soledad —había dicho Fernán.

—Pues yo tiendo la ropa sola, y si no me paga, le juro que no regreso.

Tenía que pagarle, pues. “La bandera de la lavandera: mis camisas viejas abriendo sus brazos victoriosos a la soledad tremebunda de la azotea al mediodía. Crucificadas prendas por la seño mal lavadas, camisas como mártires exánimes que han perdido la cabeza y cuelgan, simples torsos ondulantes, a un lado de la falta de piernas resuelta en pantalón, la ausencia de mis pies que pende agujerada a la izquierda del escandaloso no estar de mi vecina en el breve nailon de la tanga y el sostén”, extraño pensamiento.

—Le lleva a la señora del siete eso que olvidó —mi dedo apuntando a la evidencia, mi palabra que ordena a la seño, y la seño que responde frunciendo el ceño:

—Si me paga, tal vez, niño Fernán.

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