Trayectoria de un ateo

Trayectoria de un ateo

Marti Lelis

 

Cuando nací, pesé 3.8 kg. Llegué al mundo sin ideas que yo recuerde, desnudo y ateo. Lo primero fue que me vistieron. Más adelante, en algún momento me inscribieron en la cofradía del lenguaje y debí tener alguna que otra ocurrencia. Pero ateo me mantuve bastante tiempo. Como a los nueve años me recuerdo hojeando en casa una Biblia Torres Amat, edición mexicana del 53, con ilustraciones de Gustav Doré, que me gustaba más que por las letras por los dibujos.

Un día se murió la comadre y había que ir al velatorio. Yo no quería pues no sabía persignarme, cosa que me enseñó a regañadientes mi madre, experiencia más bien fea: toda una tarde memorizando y moviendo la mano de la frente al pecho y a la barriga con mucho llanto y mocos. Pero seguía ateo, conducta reforzada  porque en todos los templos a los que el azar de los bautizos o bodas me llevaba de la mano de mis padres, confirmaba con escándalo infantil que en esos santos lugares tenían la horrorosa costumbre de alojar Cristos torturados en la cruz o sobre una mesa, sangrientos y aterradores cadáveres de yeso.

En la escuela nos hablaron del panteón azteca, pero me resultó algo más bien pintoresco. Lo mismo con la mitolgía griega; ambas, con todo y cosmogonías, me resultaban entretenidas historias. Me entrené en los horrores infantiles de aparecidos, fantasmas y demonios de la televisión y el cine.

Más por indiferencia y falta de lecturas, que por no tener la Biblioteca a la mano, la adolescencia preparatoriana la inicié y la terminé ateo. Luego realicé estudios científicos de Ingeniería (Geología, Ciencias de la Tierra) y me mantuve ateo estudiando el origen del Universo, de la vida y de la Tierra. La religión siempre me resultó un tema incómodo a la sombra de mis experiencias infantiles. Estudiar matemáticas avanzadas y los métodos de las ciencias sostuvo mi atención bien tensa sobre otras cuerdas que nada tenían que ver con lo divino.  La cosa cambió cuando me dio por la literatura y las humanidades. ¡Qué buena literatura resultó la Biblia! ¡Cuántas obras por leer! Un mundo nuevo se me había revelado. Además de mis lecturas científicas, comencé a leer ficciones, filosofía, periódicos y revistas; vaya que para entonces ya llevaba yo una vida religiosa, pues desde que me dio por inventar mis propios personajes y cuentos, luego novelas, oficiaba en secreto para un culto de autores, libros, y toda esa “consecuente masturbación” (diría Juan Carlos Onetti) de “la vida literaria”, mientras mis condiscípulos de ciencias me veían cada vez más como un bicho extraño con el que compartían aulas y artículos científicos. No supe cómo, pero terminé mis estudios de Ingeniería y me embarqué oficialmente en los de Literatura, los cuales concluí sin problema.

De manera que ahora, pasados ya mis cincuenta años, escribiendo ficciones y leyendo desde hace treinta, vengo a constatar que la evidencia dice que hay algo que mantiene funcionando el Universo, leyes, una voluntad ciega, una fuerza. Atrás quedaron los dioses antropomórficos o abstractos de Oriente y Occidente. A la religión de la literatura y mi interés por las ciencias,  ahora he agregado la creencia en un Dios inexplicable, entre literario y científico, ni bueno ni malo; un simple Dios imperturbable que mantiene las cosas funcionando y que no necesita de nosotros; administrador del Caos mediante la voluntad ciega, habitante sin nombre de mis ficciones y poemas, monarca impávido de los milagros, testigo mudo de nuestra sed de sangre animal y humana; proteico, va llenando las cosas que miro, sean cuales sean y vaya a donde vaya. De este Dios no se libra nadie, aunque seas ateo, y nadie jamás lo ha visto. Quizás somos creyentes por un instante, el de la muerte, y luego entras al círculo del reciclaje con todo tu Carbono, tus Hidrógenos y Oxígenos disueltos, libres para crear de nuevo vida. Entonces entran en juego nuevamente ciencia y poesía. Imagen en la memoria de los deudos, tu cadáver, simple materia ya en la búsqueda de una nueva forma en la cual nacer ateo, o creyente sin saberlo.

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