Escritos de las cinco de la mañana: #160 Donde se habla de literatura y un poco de tarántulas.

Escritos de las cinco de la mañana: #160 Donde se habla de literatura y un poco de tarántulas.

Marti Lelis

 

La literatura y las artes se convierten en formas de religión desplazada, enclaves protegidos dentro de los cuales los valores ahora considerados socialmente disfuncionales pueden encontrar abrigo.
La propia obra no se debe considerar un reflejo de una historia externa a ella, sino una labor estratégica; una manera de ponerse a trabajar sobre una realidad que, para poder acceder a ella, tiene de algún modo que estar contenida en la obra que, en consecuencia, desbarata toda dicotomía simplista entre interior y exterior.

Terry Eagleton

 

Aquí continúa la historia diaria (o casi) del melodrama literario que a ratos pareciera tragedia. La escritura no se apaga nunca, al contrario, crece. Los aprendices ahora estarán ocupados con los libros recomendados, pensando seriamente en la necesidad de dejar de ser inmortales (cosa que deberíamos hacer todos, pues la ciencia médica no tarda en encontrar la inmortalidad verdadera). En especial nos interesa el aprendiz llamado Julián. A él le dimos las Novelas ejemplares y Rayuela. ¿Cuánto tardará en terminar su tarea? Lleva más de un mes con eso y aún no da señales.

Armados con un gatito, nos paseamos por las letras, amaestrando tarántulas y expulsando cucarachas. Los carcosémidos hace tiempo que fueron controlados. Es tiempo del enclave de la religión desplazada como señala Eagleton. Del lado de allá tomamos a las alimañas y del lado de acá tenemos una piedra en el zapato que nos obliga a la pausa para extraerla. Ya está del lado de acá donde la acomodamos en la colección de piedras, rocas, minerales, ya perfectamente clasificada (como la tarántula).

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Grammostola_pulchra_(aka)Grammostola pulchra. La hembra  alcanza 16 cm. Es la tarántula negra. Para los aracnofóbicos resultará una pesadilla ver sus fotos en internet y el infierno y la locura si se encuentran una de verdad en el cajón de la ropa. Aquí aclaramos de una vez que las tarántulas no pican, ellas muerden, para eso tienen colmillos. No es necesario insistir en que el cuerpo lo tienen cubierto de pelos.

Seguiremos hablando de la tarántula otro día. Por ahora pasamos al

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Ensayo para una novela (que no lo sea)

La primera novela pasa a ser un capítulo de la segunda que recién comienza. El que escribe siempre es otro, de manera que siempre está escribiendo la primera, aunque tenga una docena de “proyectos de novela”. Mejor decir que está escribiendo “una” novela, sin importar si es segunda o tercera, sino siempre la misma. [Ceño fruncido del que escribe ante el escrito en curso. Tal vez debido al insomnio y a un amanecer frío y con nubes en un sitio que ya es ciudad pero que se resiste con sus lotes baldíos, se aferra a su identidad rural con cada lote donde crece, año con año, la maleza al ritmo de las lluvias]. Pero, ¿quién dicta los requisitos para que algo sea novela? ¿El siglo XIX? ¿La tradición? ¿El canon? ¿El mercado? ¿La crítica? ¿Los lectores, a final de cuentas? [Nota mental: romper el molde].

[Punto y aparte. Escribir a continuación la “Historia del gelatinero”].

Ahora me ha caído encima lo de la palabra “anfibología”, de manera que, el que escribe, no sabe si postergar la anécdota de la anfibología o soltarla de una vez para ver a dónde lo lleva [mirada fija, sorprendida, en una mancha en la pared blanca, manos suspensas a unos milímetros del teclado y, a continuación, frotarse los ojos con las palmas extendidas —lo del teclado es ficción porque ahora he vuelto a escribir en cuadernos, en libretas, en papelitos sueltos y, más importante, en la mente].

Resuelta la limitación de espacio y tiempo.

Resuelto lo del soma y el sema (esa tumba del alma).

Antes, en la frontera entre el XVIII y el XIX, lo habían resuelto los Románticos; antes, en el paleolítico, resuelto por los magos de las tribus, esos que no querían (que no quieren, aún en el siglo XXI) misioneros de las religiones extrañas, prestidigitadores de palabras que cuentan sus mitos y son portadores, ingenuos, de la destrucción que los sigue, aunque ellos no lo sepan.

Desde luego esto no es un “ensayo”, aunque lo sea, de otro modo. Pasa que nos peleamos con las palabras, con las definiciones, con los moldes. Llamarle notas, divagaciones o escritos. “Escritos” les he llamado desde que comencé a llenar libretas (1991). Puedo inventarles otro nombre, uno libre de preceptos, uno descriptivo que, a la vez, lo defina. Pero lo haré en las libretas.

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cinco-ribeyro

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