La vida en cuarentena

La vida en cuarentena

Marti Lelis

I. De las cosas de casa, de caza

Aquí todo fue quedarse en casa. Ya por entonces iba herido de letras y el suero de los libros me caía gota a gota con cada palabra leída.  Años sobre años. Y para qué. Tal vez para esto. Ya tenemos nuestro fin del mundo y nos hemos encerrado en casa (hay tantos fuera). Desde las colinas puede verse la ciudad en la hondonada. No sé con quién hablo, quién es el otro torturado y leve de cuerpo que me acecha. Debo ser yo. Habré de calmarlo con lo que esté a la mano, porque no hay que salgo, que deambulo, que me voy: no, aquí todo es quedarse. Y a la mano siempre los objetos. La mano oficia para los ojos nuevas maneras. Cuántas cosas hay que no sabemos. Increíble el contenido de una casa cuando afuera el miedo. Abrimos cajones, buscamos en el ropero, cuántas cajas de otros tiempos, cuántas almas, cuántos libros, qué silencio. De las cosas —de cualquier objeto— está por decirse casi todo, no se agotan para ellos las palabras, tan colmados de ellos mismos. Nombrarlos, definirlos, describirlos, piezas de caza, de casa, y la palabra arco y flecha para la mirada hambrienta, para el otro sin sosiego. Silencio. Las manos se han prendado de un objeto, ya lo tienen sobre la mesa, bajo el haz implacable de una lámpara, ya lo tienen. Ahora niño, ahora, niño, abre los ojos. El mundo comenzará de nuevo.

***

II. Vida con los objetos

Es crucial la convivencia con los objetos. Ahora que no sales, los habrás de mirar. Darle a su quietud la dignidad de un espejo y mirarlos: ¿quién es el reloj, quién la manzana sobre la mesa, y la mesa? ¿Quién es la canica que encuentras en un cajón y los frascos de la cocina? Los damos por hechos. Son palabras en el diccionario ejemplificadas por el que sostienes en la mano. Pero, de cualquiera que se te ocurra, apenas se ha dicho casi nada. No están petrificados (aunque sean piedras). Los objetos guardan un secreto. Estuve treinta años mirándolos, inmóvil para actuar por simpatía. Era un desafío. Fue mi cuarentena. Si no te mueves, no me muevo; he de mirarte hasta que algo nos traicione, a ti o a mí, te hablo a ti, simple florero, no me arredra tu mutismo, tu estar quieto. Yo sé, yo sé: la casa donde estás, florero, también es un objeto y me contiene. Pasaron los treinta años y al fin me moví. Tuve que sacudirme el polvo, librar mi cuerpo de telarañas. Fue de mañana. Entonces comencé a escribir. De ustedes no se ha dicho, casi, casi nada.

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III. Brochesbroches mariposa latonados

Pequeños broches latonados, dorados, amarillos, casi oro. De mariposa les llaman, pero no son alas, son patas, son bailarinas de torso extraño, pequeño plato. Son androides diminutos, de películas salidos. Si los miras de cerca, devienen espejos descarados donde te reflejas monstruo de cabeza circular que al mirar se mira. Ahora: levantarlos. Da gusto tener un grupo en la mano, pequeño enjambre de bípedos metálicos con aires de mosca dorada, casi abejas que al moverse sueltan su canto delicado. Los he visto de patas o alas cortas, largas, medianas; eso también lo comparten con el simple humano, par de patas con sólo la cabeza. Su anhelo de reunirse con el papel está en su forma: casi espermas o pequeños falos, siempre ansiosos por salir de la caja, del cajón del escritorio (esa cárcel) para ir a cumplir su cópula fecunda con las blancas hojas, ritual de apareo que lo dejará en los márgenes, donde nadie habrá de recordarlo, a menos que al pasar el tiempo se haya oxidado.

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Marti Lelis

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