Materia dispersa #4

Materia dispersa #4

Marti Lelis

“… Y para imaginar un nuevo arte, hay que romper el arte antiguo. Y así el arte nuevo parece una especie de iconoclastia. Pues toda construcción está hecha de escombros, y nada es nuevo en este mundo más que las formas. Pero hay que destruir las formas”.

Marcel Schwob

***

De lo que se me acusó una vez, hace un tiempo, fue de “dañar al gremio”. Me lo dijo un amigo, o quizás amiga, escritor(a); que porque yo publicaba mis textos en Internet, que regalaba mi escritura en búsqueda del reconocimiento inmediato en las redes, en los “me gusta” de Facebook o de Instagram (por entonces ni sabía que existía Instagram). Por supuesto, me quedé pasmado por el “regaño”. Cuando fui joven, debo haber tenido el sueño, como todo joven, de ser un escritor famoso y vender muchos libros, de ver mi nombre en un texto publicado en papel; pero a medida que fui durando en la literatura, en la escritura y la lectura constantes, y a fuerza de preguntarme todos los días ¿por qué escribo?, me di cuenta de que no escribía para vender, ni para ser famoso, ni para el accidente de ganar un concurso o para tener un libro entre las manos con mi nombre en la tapa, mucho menos para obtener “likes”. De manera que soporté el “regaño” y comprendí al amigo, o quizás amiga, y poco después armé mi página de escritor, Ceremonia de Palabras, en un sitio de la red para seguir compartiendo mi escritura e intentar que llegue a más gente, en todo el mundo.

Al recordar esta anécdota, fue que escribí lo siguiente:

***

Fragmento CVII

De los escritores

Somos los raros.

Los que escribimos.

Nunca nos deja la voz.

Escribimos porque nos gusta y ya.

Porque leemos, terminamos escribiendo.

Porque la literatura es nuestra vida y nuestros ojos, y debemos compartirlos.

No queremos vender libros (aunque los amemos).

No buscamos la fama (ese monstruo).

Escribimos para darnos a los que amamos.

Escribimos todo el tiempo, llorando, durmiendo.

Escribimos desde que amanece.

No dormimos.

Vamos por la vida mirando lo invisible, para hacerlo visible, para nadie, para uno, para el otro, para  los otros.

Escribimos aunque nos vamos apagando: mientras haya luz, mientras queden manos, mientras queden ojos.

Las palabras son de todos.

Somos los raros. Nunca nos deja la voz. Estamos locos. Siempre con la música y las plantas y los gatos.

Miramos con la cámara cuando las palabras no son suficientes o se rinden ante la evidencia y no alcanzan para lo que estamos mirando.

Somos fotógrafos, con o sin la cámara.

Heredamos la mirada, y heredaremos la mirada, tal vez para el nieto de nuestro nieto, heredaremos la fragilidad de las palabras en la mar de la historia: somos de una insignificancia enorme en el tiempo, apenas naces y ya estás muriendo.

Es una locura.

No importa.

Escribimos.

Florecemos.

***

Marti Lelis / “fragmento CVII” en Libro de los fragmentos

***

De otros proyectos de escritura, voy espigando fragmentos aquí. De la ficción especulativa que imagina futuros o pasados posibles, extraje lo siguiente:

 

La vieja Tlaxcala

Último día de marzo, 2067.

Se desataron los vientos.

Grandes olas en la superficie del lago golpean la cúpula del templo sumergido. Es probable que la destruyan. Los viejos pescadores huyen en sus canoas, hacia la orilla.

Deben ir a casa. También los enfermos.

Todos.

Los pocos que quedan.

Grandes olas. Fuertes vientos.

La cúpula del templo sumergido desaparecerá.

De ser así, no quedará ninguna señal visible del sitio donde yace, en su tumba de agua, la antigua Tlaxcala.

***

Ahora que estamos todos encerrados por la pandemia, lo siguiente me llegó de la nostalgia, de la callada relación que llevé con mi madre, cuyas pequeñas acciones me fueron formando desde niño.

Fragmento CVIII

Las manos de mi madre

A veces mi madre era nada más que las manos bordando flores sobre manta. Mis manos niñas querían repetir el gesto de hacer imágenes con hilos de colores. Era tan difícil y tan sencillo tramar de verde, de rojo y marrón un ramo… pero entonces nos volvíamos enteramente la mano que teje, una mano viva secretando colores. Había dos pares de manos frente a la ventana salpicada de lluvia, haciendo con hilos lo que no pueden las palabras, zurcir un desgarrón, levantar un dobladillo, pincharse un dedo y hacer del dolor alegría que convoca al dedal a cumplir su función de armadura para mejor continuar la ceremonia de los hilos. Ahora amo en mis manos las de mi madre, pegar un botón me la devuelve. ¿Sabía bien lo que estaba tramando? Ella no, tal vez sus manos.

Marti Lelis/Libro de los fragmentos

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La cuarentena nos está ayudando a recuperar material para las memorias. Esto, por ejemplo, generado por el hallazgo de unas canicas en el cajón de los objetos olvidados, para agregarlo al Libro de los fragmentos.

 

Fragmento CIX

Canicas

Simulacro de planetas, las canicas se nos quedan desde niños en las manos o en la boca. No nos recordamos comprándolas (y eso es bueno), simplemente aparecían en los juguetes. Cuántas no perdimos en las batallas de la escuela: las cuicas, las agüitas, los ojos de gato, las toninas, las bombochas, las de ondas de la psicodelia; unas opacas, otras transparentes, grandes o pequeñas, el tirito para el chiras pelas. Daba gusto llevarlas en el bolsillo del pantalón, hundir ahí la mano niña, hacerlas sonar, arrancarles el canto leve de lo vítreo en la ansiedad por el recreo. Se jugaba al rombo, al hoyito, al círculo de las constelaciones. Luego, por las tardes, en casa y a solas, las canicas eran exploradoras en los pliegues de la colcha, en las montañas de caminos sinuosos trazados sobre una almohada. Veces había que me llenaba la cara, las cuencas de los ojos cerrados. Yo sentía en lo párpados lo frío, mientras ponía una y otra, y otra. Ahora mis manos viejas han sacado de la caja de recuerdos las esferitas de vidrio, las bolitas. Las miro y son planetas, las pongo juntas, las muevo para escuchar su vítrea, antigua melopeya: la música de las esferas, los mundos de bolsillo, ya están aquí, ya están de vuelta.

***

Marti Lelis / Libro de los fragmentos

smart
Fotografía: Marti Lelis, “Canicas en mi mano”

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