La brocha

La brocha

Marti Lelis

Desde hace rato venimos caminando sin decirnos nada. Martínez no habla y yo lo dejo estar así porque a sus historias las saca del silencio, de estar callado pensando. Vamos de regreso al pueblo. Fuimos a la ciudad  a ver si nos daban trabajo de obreros, pero ya no había vacantes. Con el atardecer descansamos del sol, pero la lumbre se le mete todo el día al asfalto de la carretera y nos contagia los zapatos. Yo le había dicho a Martínez “Hay que atravesar por el monte y nos ahorramos media hora”, pero él miró al poniente  y me dijo: “De noche no, Benítez; hay animales”. Luego siguió callado. Después de varios minutos, al fin me dice:

—Ya vamos a cumplir un año de casados, Meche y yo, Benítez. Dos años de lo de su padre, don Pedro Barbosa. Fue antes de que anduviéramos de novios o quizá por eso fue que anduvimos.

—Esa historia no me la sabía, Martínez.

—Pues nada, comenzó aquélla vez que hospitalizaron a don Pedro y a mí se me ocurrió comentar mi caso en casa de Barbosa. Estaban la señora y Meche y me pareció correcto, luego del más reciente episodio de don Pedro, contarles que a mí me había pasado algo similar, una sola vez, pero que ya lo había superado y que a partir de ahí se me dio lo de contar historias. De eso se debe haber acordado la Meche y por eso fue a buscarme el día que su padre se puso malo.

Lo encontré fuera de la casa, me le acerqué despacio, para que me reconociera y me dijo:

—Está en el patio de atrás, en el garaje —Y luego—: Ya le llevé carne, comió y creo que se quedó dormido. No dará más problemas.

—Más vale, don Pedro —le dije—. Su hija fue a buscarme y vine a verlo porque a ustedes…, porque yo, los considero amigos.

—¿No quiere verlo, Martínez? —dijo don Pedro, ansioso—. Está ahí atrás. Desde en la tarde le digo a Meche, y  a todos los que pasan, y nadie quiere verlo, Martínez; nomás me dicen que me meta a la casa, que mañana vendrá el médico a verme, pero yo me siento bien, Martínez, con mucha energía, como nunca.

—Ya es noche. Usted debiera hacerle caso a Meche e irse a descansar. ¿No le bastó con la hospitalizada de la última vez? Usted no tiene control, don Pedrito, después de esto lo van a llenar de píldoras y piyamas nuevas —le dije y se quedó callado un momento, aún inquieto, pero ya como metiéndose adentro de sí mismo, la mirada fija en el garaje.

—Pero éste no me atemoriza, Martínez, no es persona —dijo al fin, desenterrando las palabras de muy hondo—. Le di de comer. Es manso.

—El problema no son las cosas que ve, don Pedro, sino lo que hace cuando las ve. No puede invitar a todo el mundo a que vea lo mismo. Debiera calmarse. Haga como yo cuando veo o escucho cosas en el monte: se las cuento a los niños para que se entretengan, les dé el susto, y se porten bien.

—No entienden. Estoy tranquilo. Yo no me espanto como los niños. Y si la última vez dicen que me puse violento, no era por agredirlos. Quería que fueran conmigo para que lo vieran, por eso los jalaba; no lastimar a Meche ni a nadie —dijo Barbosa y se volvió a callar, la oreja apuntando al garaje, como esperando escuchar algún ruido.

—Vámonos para adentro, lo voy a llevar a su cuarto —le dije—. Le diré a su hija que le dé un vaso de leche tibia y usted se va a dormir tranquilo.

Se tardó en reaccionar. Quieto, los hombros caídos, avejentado, dijo:

—Está bien, Martínez, pero prometa que al irse le dará un vistazo al garaje.

Yo le dije sí y lo llevé del brazo a la casa. Mercedes le sirvió la leche, le temblaban las manos; luego se calmó cuando vio al viejo beberla toda. A él no se le quitaba la mirada entre el espanto y la alegría. Ya en su cama no habló gran cosa; decía sí o no, movía la cabeza sin violencia para decirnos que ya estaba bien. Estuve con él hasta que se durmió. Mercedes ya estaba más tranquila y le dije que iría a verlo al otro día.

—¿Y fuiste a verlo?

—A primera hora, me acuerdo que era domingo. Me encontré a Meche desconsolada porque el viejo amaneció muerto.

—¡Pobre! ¡Y pobre la Meche! En menos de tres años se le fueron la mamá y el papá —le digo a Martínez y lo miro esperando, porque se ve que ahí no acaba la historia—. ¿Y entonces?

—Como cuatro meses estuve pasando a saludar a Mercedes, por si se le ofrecía algo; al final me tomó la palabra y me pidió que la ayudara a sacar los trebejos del garaje, a ver qué podía venderse. Yo entonces me acordé que a Barbosa esa noche le había prometido echarle un vistazo al garaje y no lo hice. Así que fui y estuve solo, toda una mañana, sacando tiliches; y sí que salieron cosas buenas que luego vendió Meche. Lo que no le dije a Meche, y no se lo vayas a contar tú, Benítez —me dice Martínez—, es que en un rincón me encontré mechones de pelambre, así, gruesos, pardos, y no eran de coyote, Benítez; hasta ahora la verdad es que no sé de qué animal serán y los veo todas las mañanas.

—¡¿Los conservaste?!

—Con ellos me hice una brocha para la espuma de rasurar.

—Luego que te vaya a visitar me enseñas la brocha esa, Martínez.

—Seguro, Benítez —me dice Martínez y me pide un cigarro, señal de que ahora sí acabó la historia y de que ya mero llegamos al pueblo.

***

Marti Lelis / Libro de los cuentos

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