Historia de un conquistador

HISTORIA DE UN CONQUISTADOR

Marti Lelis

Años de vagar descalzo por la selva floridana y, cuando regresó a la Nueva España, Don Antonio de Olavarría encontró invadida su hacienda y desaparecida a su mujer, amigos y parentela. Ahora le cuenta al Comendador la captura de su expedición por los nativos, le dice de las flechas, de los muertos, de la esclavitud a que lo sometieron, primero, y de su aprendizaje de la chamanería; de como en los desiertos del norte, en caravana de hechiceros, resucitó muertos hasta que  fue respetado por los nativos. Cuando al fin pudo fugarse, habían pasado muchos años, caminó hacia el sur, de aldea en aldea, metiendo en su morral de armadillo el oro que le obsequiaban por curar a los enfermos. Así viajó, hasta que vio hombres barbados y a caballo que lo rescataron.

     —Vaya a ver al Adelantado: el oro que reunió le comprará un nuevo comienzo, aquí o en España. Y déjese de herejías, que sus historias de brujerías lo pueden llevar al Santo Oficio —le dice el Comendador, arrogante.

     “Tendría que estar en Sevilla”, piensa Don Antonio. Nunca subió a caballo la Girlada. Entrecierra los ojos y siente bajo sus piernas el brío del animal, su resoplido inquieto ante la rampa. Encaja suave las espuelas y el corcel comienza el ascenso, del latín de la vieja Roma a la talla musulmana, minaretes testados por la cruz de la fe; las rampas de piedra extraídas de la tierra española por romanos, por moros, por manos morenas apiladas para subir en caballo a anunciar que la hora ha llegado. Ya está el caballo arriba. Don Antonio de Olavarría sube a pie el último tramo a los campanarios. Mira a sus pies la Sevilla reconquistada, pero él sólo piensa “España” cuando dirige la vista a la mar océano y sabe que se mira, que se está mirando desde el otro lado. Está en la Nueva España. No tiene más hacienda ni familia, pero tiene el oro y, sin embargo, también lo llaman las aventuras recién pasadas. Vaga ahora su mente, ya se imagina de vuelta por las aldeas americanas; ve de nuevo a los indios que ha curado, las miradas transparentes; él es el brujo respetado, no le falta nada. Ahora está seguro de que hará el viaje: siente el peso del oro en el morral y el de su corazón en el pecho.

     —Entonces, ¿irá a ver al Adelantado? Debería. No son buenos tiempos. Yo lo puedo recomendar —pregunta el Comendador, insidioso—. ¿Qué hará, Don Antonio?

     —Viajaré —dice Olavarría y da la media vuelta. El Comendador sonríe de buena gana al verlo salir con los pies descalzos.

***

Marti Lelis / Libro de los fragmentos

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