Cúmulo de incertidumbres

Cúmulo de incertidumbres

Marti Lelis

I

Quizás las huellas de aire de algo que ha pasado frente a mí mientras me ocupaba —aprendiz de mundos, porfiado niño— en mirar no el árbol, no los cuerpos; en oír no la lluvia, no las cuerdas ni el viento en las agujas; en sentir no la piel, no tu corazón obstinado; en probar no la miel cotidiana, no unos labios ni la sal ni la sangre exhibida; en oler no tu piel de nuevo, no las flores, no el incienso ni en las manos las caricias ni volutas de un incendio. Sino la sombra de lo visto, la imposible sombra de lo oído, lo tocado, lo sentido, la sombra del sabor de tu cuerpo: sombras dibujadas, sombras que son signos y no son más, pero nada menos, que el pretexto (la gota que colma, el copo que desata la avalancha, apogeo de la parábola, el primer aliento, el primer latido), nada más, pero nada menos, que el pretexto para verte despertar por la mañana y no atreverme a decirte que, porque naciste, he nacido. Y escribo. Siempre solo escribo, y sólo escribo.

*

II

Deja el tiempo: la voz que no regresa, que lo hace a su capricho, la voz que narra, la voz que sabe y te acompaña, la voz de la imaginación que lo puede todo y lo pide todo, te pide sin aspavientos, pero te pide entero y sin dudas, la voz que te ama y te besa y te mata, pero siempre entero.

*

III

Ande usted, no tenga miedo. Sumérjase, báñese en el fantasma del mismo río. Busque usted sus respuestas ahí, porque de este lado ya sabe cuál es su destino. No le tema a la muerte. ¿A qué habría de temerle si allá no hay muerte? Tiene usted a sus gatos. Váyase confiado: los gatos conocen los mundos. Serán sus guardianes y sus guías del otro lado; y de este lado cuidarán su cuerpo de las moscas. ¡Abandónese, abandónese! No se haga el difícil porque si no, en lugar de un paso pequeño, tendrá usted que saltar al abismo, y se siente bien feo. Respire profundo. La muerte es nada, el miedo es nada; no existen. Acuérdese: son palabras, palabrillas, palabrejas, palabritas, dibujos en papel o en la tierra, en la pared de una caverna, muescas en tablillas; son los ruidos, acuérdese que son los ruidos; las palabras: ruidos, sonidos, sólo sonidos, borre las letras, los dibujos, cierre los pinches ojos y móntese en los sonidos. Alucine que bailan las palabras, que le componen su novela o sus poemitas, que bailan a lo loco, histéricas las palabras, unas bonitas, otras feas. Si no le gusta bailar, mírelas cómo se agrandan, se deforman y póngales colores, no sea usted aburrido con puras letras negras. ¡Ándele! ¡Cerrados los ojos! Y luego bórrelas. Y no se atreva a abrirlos hasta que las borre de su cabecita. Ya lo sabe: un pasito o saltar al abismo. ¡Ande usted, ande usted! Sus gatos están listos, le espantarán a las moscas y a las ratas. Busque usted la voz. Dese cuenta que todo lo construye la voz, que sus ojos lo que miran son palabras, que las palabras son el gran engaño en el que nos enredamos. Búsquela y cállela. Luego tome usted la palabra y haga lo que nadie podrá como usted: reinvente el mundo, póngale nombre a las cosas y a las personas. Seguro lo hará con arte. Porque para usted las palabras son vida y muerte, es decir nada y todo. Sea usted la voz, éntrele, no tenga miedo. Al final descanse. Arrebatarle la voz a la voz no es cualquier cosa, todo se derrumba y hay que levantarlo de nuevo. Eso es la felicidad, aunque parezca la muerte. Pero usted puede, la luz ya está en todos lados.

*

IV

Tras de cada palabra vive —sombra necesaria, infaltable reducto— la suma de los mundos que cargamos como el caracol su carapacho para salvaguarda de lo que fue, lo que es y lo futuro: postulados los límites mediante la sensitiva membrana que nos contiene (la mano pertinaz que todo lo acaricia; la pupila infatigable al aire momentáneamente desecada; néctar de frutas en la lengua; delicadas ondas en el mínimo tambor, en el diminuto martillo, cuasi caracol de los oídos; o bien, asalto —de moléculas oleosas y fragantes— a la cotidiana maravilla del vaivén del aire dentro y fuera de los cuerpos, tuyo y mío), interfaz sin la cual no, necesariamente no y nunca, cobran su sentido mariposas y besos, la ilusión de la vida, la certeza de la ausencia postergada, abalorio sin fin de palabras, un solo verso rebelde que sigue y sigue la desmesura de la primera página, de la primera línea por capricho necesario prolongada.

Los géneros son útiles para hablar de las figuras que forman en los textos las palabras; pero es en el cúmulo de incertidumbres donde habita la belleza una vez emancipada el ave de la jaula, libre el agua del vaso que cantaba el poeta (vaso o cuerpo de donde el agua y la conciencia, piden ser derramadas). ¿Cómo hacer entonces la crítica de un texto que comienza con voluntad de ensayo y, a la vez, se quiere poema; que muere por decir “Había una vez” o dejarse leer novela a pesar de ser un verso (no se olvide: un solo verso exagerado) que pide personajes, tiempo, espacio y un devenir ficticio? Escribo de buena fe; eso, ya se sabe, es un pacto para el ensayo, y el tono conversacional, muy importante. Entonces, ¿quién te impide en la charla decir un poema (correr el riesgo del poema, por ejemplo); un texto para abrazarlo fuerte a sabiendas de su anunciada resistencia y transfiguración durante su tentativa de librarse del redil de tus brazos, un texto Proteo, transgresor de hecho, pero sincero?

***

Marti Lelis / Libro de los fragmentos

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