Pájaros pequeños

Fragmento CCXIV

Pájaros pequeños

Marti Lelis

Para Irlanda, porque me enseñas a volar en sueños

Lo suyo comenzó en un sueño, hace años: bordó en tela una cinta de ensueños para la cabeza, tenía figuras de mariposas de obsidiana coronadas por destellos. A la siguiente noche, la ciñó a sus sienes. La madre y el padre, al verla, supieron que la tradición estaba a salvo. La dejaron dormir esa noche muy temprano, estaba ilusionada por lo que sería su primer desdoblamiento. Cuando a la madrugada se encontraron, la niña ya había hablado con los muertos y con los amorfos. Risa le dio lo de las escobas, lo del sombrero puntiagudo, las manzanas envenenadas y lo de comer niños.

       Guiada por la intuición, la iniciada practicó a diario el vuelo de los brujos, salió del sueño, se metió a lo real y recorrió el pueblo, incluso de día. La gente acaso la creyó centella o la vieron murciélago y al otro día gato, cuervo o una bolsa de papel rodando en la calle; la mayoría podría decir que era una muchachita con los ojos muy brillantes y otros creyeron reconocerla de sus sueños, porque ella podía meterse en los de cualquiera y adoptar cualquier forma. Pero estaba en la edad plena y, por debajo de su aprendizaje, en el vientre y más allá, la niña sentía el vacío, como dedos delicados que acariciaran sus entrañas y la urgieran en busca de la compañía de otro ser con quién compartir el asombro de que sólo fueran los de su estirpe los que pudieran vivir esa otra vida extraña y bella.

       Había alguien especial en quien se había fijado, eran compañeros de la escuela. Él siempre estaba ensimismado, y escribía en los cuadernos cosas que luego llamaba poemas. Ella le contaba sus vuelos nocturnos y el los escribía, dejaron de ser poemas y se volvieron cuentos, historias donde los dos eran temidos y respetados. En la escuela los apodaron “los raros”, los acosaban, pero ahora estaban juntos. Como sus acosadores ya tenían el miedo por dentro, de ahí los tironearon. Cosas malas pasaron en el pueblo en esos días y noches.

       Ahora son otros tiempos. Nos sabemos brujos y raros. Escribo estas historias y, cuando me canso, la tomo a ella de la mano; salimos a planear sobre los tejados de las casas, el viento en la cara, no nos importa quién nos vea porque sólo los dejamos ver volar un par de pájaros pequeños.

***

Marti Lelis / Libro de los fragmentos

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