Relojería suiza / Micronovela

Fragmento CCLXVIII

Relojería suiza

(Micronovela)

Marti Lelis

I

Él se había entregado en la ancianidad al recuento de sus memorias. Patriarca de una estirpe de relojeros suizos, aún tenía su taller en las colinas de Biel, cuando un misterioso caballero británico le encomendó crear un insecto, que fuera más aterrador que el ciervo volador y ornamentado con mayores lujos que un makech. Le pidió guardar el secreto y le entregó las especificaciones detalladas del funcionamiento que la criatura debería tener. “Será un regalo”, dijo, “para obsequiar a Hong Xiuquan, supuesto hermano menor de Jesucristo y rey celestial de la rebelión Taiping”.

II

El relojero trabajó de luna a luna en su taller. Se hizo acompañar de un amigo violonchelista que repitió sin descanso las seis suites de Bach para templar las manos arrugadas que, con habilidad, fueron poniendo en su lugar los delicados engranajes, pistones, pivotes diminutos y gemas del mecanismo. El cuerpo imitaba el de una deidad egipcia; cabeza, tórax y élitros plegables sobre el torso. Adentro, instaló el aguijón impregnado del curare amazónico que el inglés le entregó. A la siguiente luna llena el artesano entregó el trabajo y, poco después, murió.

III

Cuando las tropas imperiales de Inglaterra y Francia, a la vanguardia del ejército manchú, entraron al palacio de Nanjin, no encontraron resistencia: la corte de Hong Xiuquan lloraba horrorizada ante el cuerpo convulso del emperador. La parálisis pulmonar llegó. El Rey Celestial finalmente abrazaría a su hermano mayor, hijo de Dios. Sobre su lecho había quedado, desapercibido, el reluciente aguijón.

IV

Posada en un arbusto, ya libre del dardo inyector, la criatura maldita del relojero suizo desplegó sus élitros y se replicó; fueron dos, luego cuatro, ocho, así sin parar. Grabado en una escama de su vientre, llevaban el apellido del anciano quien no vivió para ver crecer su fama cada vez que alguien capturaba un ejemplar del insecto magnicida. Ahora están por todo el orbe.

V

Yo tengo uno atado con una cadenilla de oro a mi escritorio. Mi fortuna está en mirar su pedrería preciosa, su lento andar sobre mis papeles y libros. Descubrí una palanca diminuta en su costado: cada vez que la presiono, puedo escuchar, levemente horrorizado, el violonchelo mortal de Bach.

***

Marti Lelis / Libro de los fragmentos

Photo by abdullah . on Pexels.com

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