Donde se habla de novela / Marti Lelis

Donde se habla de novela

Marti Lelis

«Cómo íbamos a escribir una novela que no fuera quijotiana si ya en Cervantes estaba todo.

»No importaba, parecía una frivolidad pensar en eso con el virus asediándonos las narices, los ojos, la cara entera; parecía una frivolidad con tantos muertos, mujeres y hombres y niños por la violencia; y, si lo hacíamos, sería porque la desgracia no nos había tocado lo suficientemente cerca. Entonces, ¿qué hacer?: ¿acaso entregarse a la melancolía? ¿Rebelarse contra el estado y organizar una revolución que derrocara al mal gobierno?¿Y si el problema son los Funestos?

»Desde que los implantaron no han dejado de actuar, pero no hay pruebas de su existencia. Los que quieren al país de vuelta para despojarlo, no dudaron en sacrificar lo que fuera y le dieron carta blanca a las hordas de los armados, de los sin alma o de alma mudable: ahora te acaricio, ahora te saco las entrañas, te corto la cabeza, por el bien del territorio (como si no fueran absurdas las fronteras).

»Pero se hablaba de novela o de narrativa, o de aquello en lo que se ha vuelto la prosa, algo así como un poema; no la prosa estilo siglo XIX, tan correcta, tan lineal y fotográfica, tan mimética, la más leída y segura para el mercado, ahora que todo es mercado. Además, Borges no necesitó escribir novela. Pero, ya entrados en el tema, quizá sea mejor darle a la novela corta, ni lo muy breve ni la novela río, novela total como las de antes, fárragos cuando no son poemas y mira cómo la crítica se despista y no premian cosas así porque, o son muy experimentales o harto codificadas y vaya que no encajan en la cuadrada medida del canon y para eso no son los premios y qué impresión, ¡tanta sangre en las letras!, pero se entiende: son los tiempos, sí,  pero ya cansa, aunque esté bien escrito.

»Lo que sí es que hay para todos los gustos, en el mercado, digo, porque debajo de la corriente se escriben otras cosas, subgéneros y paraliteratura, para pocos, escritores de culto y escritores de los que no pintan (en sentido figurado) porque no quieren ser escritores sino escribir, los malos y los buenos… ».

Cosas así pensaba la mujer de treinta años, la que le miraba la sombra a la gente que conocía en lugar de mirarles los ojos; mirarles la sombra a las personas para mejor conocerlas y ver si congeniaban. La solitaria mujer de la gabardina roja, la de labios negros, la de pelo rojo, la que siempre pensaba estas cosas y las discutía consigo misma, rumiando en la calle, anotando en libretitas de tapas negras el número de pasos del kiosco a la heladería; el número de pasos del kiosco a la tienda de antigüedades; del kiosco al edificio donde habitaba un cuarto de azotea. Ella, mejor que la muerte estereotipada y oscura; ella,  la que no se compra alas porque prefiere andar a ras del piso para que la dejen en paz los que vuelan, siempre molestos, humanos o drones. Mejor andar debajo, posición menos precaria en tanto no perfeccionaran la antigravedad; mejor, en tanto la teletransportación no sea cosa segura.

Sin embargo, en sueños, a veces volaba. Esto le producía enojo. Ella que juró jamás volar, jamás comprar alas, jamás subirse a una nave. En el fondo tenía curiosidad y había ocasiones en que hubiera deseado poder transportarse más rápido, mirar desde arriba los tiraderos de chatarra para mejor localizar las alas rotas y recolectar más partes para la reventa o para seguir construyendo sus propios artefactos.

***

Marti Lelis / Fragmento de novela / Apuntes en papel reciclado

Photo by Suzy Hazelwood on Pexels.com

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