Teoría del caos 5 / Marti Lelis

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A veces introducía pequeñas variantes en el sistema complejo de sus letras. Podía presentar un microchip en lugar de una oruga, imaginarle disipadores de calor como alas. Legiones de chips encajados en tabletas de baquelita barnizadas en verde; enjambres de inmóviles insectos en los jardines interiores de radios y televisores. Ciudades miniatura para meter la mano del niño de siete años que fue, y averiguar los secretos del sonido y de la imagen; hurgar en las entrañas en busca de la magia de esas cajas. Un día, habría de recordar cuando destapó la vieja TV de sus abuelos y encontró el cinescopio: un hongo de vidrio plateado y, a su alrededor —resplandecientes luciérnagas eléctricas—, los bulbos en medio de una maraña de cables de colores. Los adultos no sospechaban de estas actividades del niño, y él sabía que hacer eso estaba prohibido, así se lo recordaba el símbolo amarillo y negro de una calavera en la tapa del televisor y, no obstante, destornillador en mano, la destapaba sin temores, emocionado por saber que jugaba con la muerte; tan pequeño el niño y tan callado, muy callado como se quedó después de cuarenta años, cuando cerró la espiral de su vida y recuperó la totalidad de sus recuerdos: como si al destornillar la tapa de su vida hubiese encontrado dentro un teatro diminuto de figuras danzantes sobre la curva suave de una suerte de extraño cinescopio; figuras que bailaban, no se sabe si él lo supo, la danza de la muerte.

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Marti Lelis / Teoría del caos

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