Historia de tres ciudades / Marti Lelis

HISTORIA DE TRES CIUDADES

Marti Lelis

Yo, Edith, contemplo todas las ciudades del orbe, las que han sido, las que son y las que serán. De pie ante las urbes que presido, mis pupilas de sal testifican sin lamento la perdición y la gloria de los caídos en las redes divinas de los tiempos.

Te contaré lo visto en tres ciudades.

Ciudad de Hokusai

Vi en la ciudad de Hokusai que, durante dos días, un sabio de oriente y sus aprendices, contemplaban peces koi nadar en el estanque. Al tercer día, al ver que morían sin razón, el anciano les dijo a sus pupilos: “somos así, peces en el mar del aire”.

De pronto, el tsunami fue la sepultura de los edificios. Ante las grandes olas, se mantuvieron incólumes las cúpulas de los templos. Los habitantes respiraron marejadas de aire lleno de criaturas invisibles, un mar profundo y ligero en el que se movieron cada vez más torpes y cansados, ateridos por el miedo. Salvo los mendigos, quienes siempre estuvieron ahí, nadie más quiso salir a la calle. No era ciudad la ciudad sin gente. En el estanque del sabio no hubo más movimiento; en los mares y en los lagos flotaron millones de peces de costado, y el agua al sol se fue pudriendo.

Así, en todo el orbe —grandes olas de aire infecto, un año y más, aterrados nuestros ojos, veladas nuestras bocas— declinaron las ciudades.

***

Ciudad Renacimiento

En esta ciudad la niña de zapatos rojos fue vista —caminando entre animales— en las calles solitarias. Llevaba entre las manos una pecera pequeñita. Paseó por el parque, se subió a los columpios. «¡¿Quién juega conmigo?!», gritó varias veces, sin respuesta, en la ciudad vacía. Las cámaras de vigilancia, ojos fríos, la siguieron entre el basural que tapizaba el pavimento. Buscaba el río y fue a dar junto al estanque. Una nube cargada de agua la había seguido y ahí soltó la lluvia. La niña saltó en los charcos mientras el torrente que bajó de las colinas limpió el estanque y las calles. Ya no llovía cuando la niña cruzó el puente de madera y se sentó en el muelle. El sol brillaba sobre la tierra húmeda y se enredaba en ondas sobre el espejo de agua, limpio ya de muerte. La niña tomó su pecera, contempló por última vez el matrimonio de los koi que había cuidado, y hundió el recipiente para dejarlos libres. Gente la espiaba desde los edificios o en pantallas. No le importó que la vieran llorar. Volvió al parque, a los juegos, para consolarse de sus peces.

Entonces comenzaron a llegar los niños. Tras de ellos sus padres y los padres de sus padres. Juntos revivieron la ciudad en memoria de los muertos.

Esto vi en la segunda ciudad, desde mi colina eterna.

***

Ciudad de los Nimbos

Ahí no acaba la historia. ¡Mira! Ésta es la tercera ciudad, la ciudad sin fronteras. La última ciudad, la más reciente. Una generación nueva estrenó aquí sus alas.

Antes, vinieron a bajarme de mi plinto en las colinas. Yo no sé con qué magia me han devuelto la carne y los huesos. ¿Desafiaron a Dios o a la Muerte, o simplemente se ha hecho justicia?

No lo sé, pero ya puedo recorrer los templos de cristal con los pies descalzos para buscar a la niña de los peces. En tanto busco, en la ciudad una mujer pregona panes, y en los campos se cosecha trigo.

Liberados de la red del tiempo y el espacio, construimos ciudades entre nubes, vemos el tejido del pasado y del futuro. Mirar atrás ya no te petrifica; mirar adelante ya no es exclusivo de sabios orientales.

Al fin encontré a la niña.

La Tierra ha sido nuestra pecera.

No me olvides. Soy Edith. Soy testigo.

Somos seres de la niña de zapatos rojos, y ahora nos ha vertido (tan frágiles) en el tanque infinito de las estrellas y los mundos.

***

Nota: escribí estas tres ciudades el 22 de diciembre de 2020, para responder a una convocatoria para Antología que nunca se llevó a cabo. Los guardé todo este tiempo a la espera de que se reactivara el proyecto. Ahora que vi una nota en facebook sobre Calvino y sus Ciudades Invisibles, decidí sacar del cajón mis tres ciudades.

Marti Lelis

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