Diálogo sobre caracoles

I

[En un jardín de flores de una vieja casona, como la que todos llevamos en la memoria de la infancia, árboles altos, invadidos por enredaderas de campanillas, tejen una red de sombras en la que persiste el olor de la tierra mojada. El hombre en pijama, despeinadas las canas y en cuclillas frente a una roca. La mujer de edad indeterminada, más símbolo que cuerpo, las ropas suficientes para conservar la decencia, un chal enredado al cuello, la mirada torva, se acerca al hombre acuclillado]

¿Qué estás haciendo? Llevas horas ahí.

Viendo a mi caracol

¿Caracol? ¿“Tu” caracol?

Mío. Caracol. Sí.

Esos bichos babosos se comen mis petunias.

Un caracol es más que un mundo. Deberías observarlos de vez en cuando.

Acabaron con mis petunias.

Nos reciclamos: comemos o nos comen. Puestos a pensar, los caracoles son como piedras blandas, como estrellas húmedas. Algo nos quieren decir con las figuras que adornan su carapacho, con la cautela con que extienden sus antenas.

Muerden los pétalos de mis pensamientos.

Verlos a la mañana siguiente, después de una noche de lluvia; ver al mediodía los senderos brillantes que trazaron en las paredes, en el piso; huellas de su lento transitar mientras estamos dormidos, prueba de vida; salir al jardín ya con el sol en alto y ver sólo las trazas, sospecharlos retraídos bajo una roca, detrás de un madero. No hay mayor sensación de misterio que no verlos de día, imaginar el aroma de la tierra y plantas donde están durmiendo.

¡Llamaré al control de plagas o saldré en las noches a rociarlos con puños de sal! Mis margaritas no se saben defender.

No creo que sólo sueñen pétalos de flores o retoños frescos. ¡Mira! ¡Míralo cómo trepa a esa roca! Deben soñar sus periplos, su atrevido pasar de una planta a otra, la aventura de quedar varados a media pared, sorprendidos por el sol matutino. ¿Y has visto lo que hacen cuando no hay más lluvia? ¿No? Secretan un opérculo de baba en la entrada de su carapacho y se recogen como minotauro en su laberinto. Son entonces un sueño de agua, un agua soñada, inmóvil y densa, un puro músculo en reposo.

¡Puños de sal o aplastarlos!

Vendré en la noche a por ellos. Quizás llueva en la tarde y de madrugada el jardín estará pleno.

Más vale.

Deberías observarlos a menudo. ¡Mira! Lo pondré en mi mano. ¿Lo ves? Ha ocultado sus antenas, pero ya las saca de nuevo. Dame acá tu mano. Deja que repte por tu palma.

¡Ni loca! ¡Qué asco!

Se siente fresco y vivo. Mira qué belleza. Los dibujos en su carapacho son una explicación de algo, una respuesta, una pregunta; el universo cifrado… Mujer: ¿tú me amas?

Exterminador o sal. Te doy sólo esta madrugada.

***

II

Entretanto el caracol, replegado en sus volutas, considera beber agua ahora que la primera lluvia lo ha sacado de su letargo. No hay señales del hombre y la mujer que otro día lo estuvieron mirando. Se apresura en la lentitud de la mirada ajena. Aunque para él no hay tal cosa como veloz o tardo. Cumple sus ceremonias en el tiempo debido. Y el tiempo debido es hoy, es el aroma de la humedad en la tierra, la promesa de gotas de agua en la piel de los alcatraces, en el terciopelo blanco de sus flores. No hay timidez en el despliegue de la blanda longitud de su cuerpo, en el milagro de las antenas al final de la cual dos puntitos negros aparecen y hacen aparecer al mundo nuevamente inventado. El agua es la memoria de los caracoles; agua y brotes tiernos, los frutos, la rugosidad de las piedras. Ojos y pie, con el laberinto de su casa a cuestas, ha trepado por los tallos hasta las hojas donde las perlas de agua son el prisma que los primeros rayos de sol han tocado. Ya bebe el caracol, ajeno, quizás, a la figura que dibuja. Duermen el hombre y la mujer en sus propios laberintos.

***

Marti Lelis / Del segundo poemario

Texto que se incluyó el 14 de marzo de 2018 en el No. 4 de Fragmento Revista de Arte de Colombia.

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