En el tiempo de las dos hambres

Cinco pares de calcetines para toda la semana. Sábado y domingo no se ponía. Tenía un par de huaraches. Sábado, lavaba los diez cilindros de tela, topológicamente vasos o dedales, o bolsas del mandado, o guantes sin dedos para los pies, o condones para las patas y reía al pensar sus dedos espermatozoides gordos y, en consecuencia, la pierna todo un pene con una rodilla en medio. Bastaba de risa.

Lo de usar los calcetines combinados era su manera de estar prevenido contra hechiceras y adivinas, su intento por burlar el ojo del Dios de los otros. Los pantalones, jeans azules de reglamento (no había de otros colores). Playeras negras de Guns & Roses, tenía tres, vía mercado del Chopo, una de manga larga. La del Ché era roja y de la Habana. Ésta se la trajo Helena de cuando se fue a Cuba y regresó con CD’s nuevos de Silvio y le regaló, grabado en un cassette, el álbum que se llamaba Silvio además de unos discursos de Fidel y el Diario del Ché, libros impresos en papel de bagazo de caña, sí, de caña, lo que le parecía muestra de enjundia, de espíritu grande ante el insidioso bloqueo imperialista. Además, entre los regalos cubanos,  una Antología de Maupassant y un Reino de Este Mundo. Todos legibles a pesar de la tipografía que sufría sobre la irregular topografía de la amarillo-verdosa superficie del papel fibroso sobre el que Carpentier hacía volar a Mackandal quien, transformado en mosquito zumbón, se posaba poderoso y diminuto en el tricornio del oficial de la tropa. Esto le recordaba las transformaciones del Don Juan y Don Genaro los de Castaneda, así como al nahual de Miguel N. Lira.

Pero estábamos en la vestimenta. Los chalecos floreados y coloridos los fue comprando con las marchantas guatemaltecas que tendían sus puestos al lado de los de libros en la Facultad de Filosofía y Letras y, a veces, en el Paseo de las Facultades que iba a desembocar a la estación del metro Copilco, camino habitual con más puestos de libros y papelerías, edificios de apartamentos de hasta cuatro pisos con tendederos de azotea y una que otra imprenta en los bajos que lucía en sus aparadores ejemplares de Tesis con títulos dorados y larguísimos.

La gabardina verde olivo había sido herencia de su padre. Una etiqueta en su interior decía Made in London. La tuvo guardada mucho tiempo hasta que se la probó combinada con los chalecos de Guatemala y ya jamás dejó de usarla. Nunca la llevaba abotonada, de tal manera que el viento la hacía ondear bonito pues el vuelo le llegaba a media pantorrilla y, aunque hundiera ambas manos en los profundos bolsillos laterales, la gabardina persistía en su aleteo.

Las botas militares él sólo las usaba cuando salían a prácticas escolares de campo a la sierra, al desierto; para andar en Ciudad Universitaria prefería huaraches oaxaqueños.

escudo-unamLos cuadernos, su libreta roja y los libros los cargaba en un morral de tela verde militar, sencillo, con dos compartimentos; en la tapa de la bolsa frontal había cosido un escudo bordado del águila y el cóndor, “Por mi raza hablará el espíritu”, decía, y Vasconcelos lo perdonaría porque a menudo él le quitaba “raza” y repetía en la cabeza: “Por mí hablará el espíritu, por mí hablará el espíritu, por mí hablará…” y se preguntaba qué significaba eso, sin ahondar en buscar una respuesta porque le gustaba que fuera un misterio más allá del hábito que había adquirido de escribir en libretas rojas.

Pero, ¿tú qué estudias, Juliancito?, le preguntaba con cierta frecuencia la impertinente señora Carmelita, inquilina de la vecindad en que vivía. Y seguía la olvidadiza ancianita: Antes vestías normalito y hasta portafolios llevabas. “Antes” se refería a sus dos primeros años como universitario, los años inanes, de los que, sin embargo, guardaba excelentes recuerdos y anécdotas, además de un par de amigos que, con los años, dejó de frecuentar sin que hubiese un rompimiento. Lo mismo, le respondía Julián. Y Carmelita: ¿Lo mismooo? ¿Filosofía y Letras…? Ni para explicarle a la viejecita. Lo mismo, repetía Julián. Desde hace dos años que estudio en la Facultad de Ingeniería, y ahí seguiré, Carmelita. ¡Aaah…! Decía la viejecita, pensativa, pausada. ¿Y ya te vas a la Facultad, m´hijo? ¿No quieres que te haga un huevito para que no te vayas con la panza vacía? Gracias, pero ya no me da tiempo, Carmelita, entro a las siete, explicaba paciente y salía de la vecindad. Dos horas de camino a Ciudad Universitaria. El hábito de despertar a las cinco: trolebús, camión, Metro, caminar a paso vivo. “Por mí hablará el espíritu” y pensaba en el ave bicéfala. En todo el trayecto leía, de pie o sentado, como podía. Esto fue así. Sucedió en el tiempo de las dos hambres.

***

Marti Lelis / Fragmento de la que no es novela.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s