Ángel

Ángel

Marti Lelis

Y si ahora el peligroso arcángel descendiera de atrás de las estrellas
un paso apenas hacia nosotros, nuestro propio corazón nos mataría. ¿Quién sois?

Rilke, Segunda Elegía de Duino

 
Desde el principio de los tiempos los ángeles hemos estado aquí, aun antes de que existiera una palabra para nombrarnos. Nosotros no necesitamos las palabras, ustedes las inventaron, mucho tiempo después. Hablamos otro lenguaje. Sabemos el suyo porque a veces necesitamos comunicarnos con ustedes. Parece que tú entiendes por qué estamos aquí. Nosotros somos uno y somos todos, todo. Una conciencia única para miles de millones de cuerpos. Estamos en todas partes, en cualquier cosa, viva o inerte. A veces nos comunicamos sin palabras. Solo uno, entre un millón de ustedes, podrá sentirnos cuando estamos dentro de algo, cualquier cosa: en una piedra, posados en un árbol, en la música, en la sirena de una ambulancia, en un charco de agua sucia. Somos lo que queramos ser, lo que necesitemos ser para poder hablarles cuando les tenemos que hablar. También te puedo susurrar en sueños, pero ahí lo hago con imágenes; te gustan los sueños eróticos y el vuelo. En sueños te puedo dar placer o hacerte volar. Ahora escucharás (ya estás escuchando) mi voz. Hace rato que despertaste. No quieres abrir los ojos y sigues en la cama. Hay mucha luz. Debe ser tarde. No hay ruidos al otro lado de la pared. Los vecinos deben seguir dormidos, sus cuerpos entrelazados. Esa imagen, tan nítida, te ha hecho levantar los párpados. ¿Qué es lo que ves? Ves que una araña baja, caminando lento, por la pared, hacia la cabecera de tu cama. Te has levantado lo más rápido posible, ya tienes la pantufla en la mano. A pesar del vértigo, no pierdes la intención. ¿Por qué vas a aplastar a la araña desde la que te estoy mirando detenido en la pared? No lo dirás. No sabes el porqué. Es tu instinto. Ya lo has hecho, despachurrarla, pero ya no estoy en la araña. Puedo estar a tu lado, o en tu cabeza. Te causan terror las arañas. Siempre habrá una esperando por ti, tengas miedo o no. Era una araña adulta, estaba preñada; ahora tendrás que limpiarla de tu blanca pared, esa repugnante mancha parduzca.

No fue tan difícil. Quizá molesto. ¿Recuerdas que te gustaba quemar hormigas con una lupa en el jardín? ¿Recuerdas que cortabas con una navaja de afeitar las lombrices que encontrabas bajo las piedras, sólo por ver los trozos retorcerse? ¿Y las arañas? ¿Recuerdas? Les quitabas las ocho patas, no las matabas, se las arrancabas una por una, contando del uno al ocho, y las dejabas vivas, sin patas, en la entrada de un hormiguero para que la devoraran. ¿Recuerdas? Cortabas flores. Pasabas horas en el jardín. Desde entonces te hablaba, pero no tenías oídos para mí, no me escuchabas.

—¡Cállate! ¡Cállate de una vez!

Has gritado otra vez. Te siguen dando estos arranques. ¿Qué voy a hacer contigo? Te ríes y hablas cuando caminas por la calle. ¡Cómo te mira la gente! No saben que hablas conmigo. Prefieres salir lo menos posible. No te dejan de mirar. Hay furia en sus miradas. Te asustan. Son monstruosos. La gente es así. Mejor ignorarlos, soportar la vergüenza, el terror. No tendrían por qué saber lo que tienes en la cabeza, eso que los médicos no pudieron operar. “La zona de alojamiento es crítica, inoperable. Le queda poco tiempo, tal vez un año; si sigue el tratamiento, quizá un poco más. Ya no podrá trabajar”. Fue lo que dijo el neurocirujano, hace más de un año. ¡Cómo ibas a poder trabajar! Desde antes de que sospecharas algo malo, te acosaban en la oficina, por tu aspecto; además, te daban los desmayos. Tres veces te tuvieron que dar puntos en la cabeza. Golpeabas contra los muebles al caer. La última vez despertaste en el hospital. El golpe requirió la radiografía, luego las tomografías. No, no. Estamos mejor así, en casa. En soledad.

Y dime, ¿ahora qué quieres hacer? Meterte de nuevo en la cama. El libro. Sí. No hay nada malo en tumbarse en la cama e intentar sumergirse de nuevo en esa historia. El personaje es extraño, no terminas de comprenderlo, mucho menos con los gritos de los niños que se meten por la ventana y no te dejan concentrar. Es lo malo de vivir en estas unidades habitacionales que financia el gobierno, son pequeñas, apiñadas, y con paredes que parecen de papel. ¿Escuchaste? Regresaron de la calle y ríen. ¡Cómo te dan envidia los recién casados del departamento de al lado! Te excita escucharlos. Hacen el amor a diario y su dormitorio está justo al otro lado de la pared de tu habitación. Su cama golpetea contra el muro y gimen de placer. Es cuando te tocas. Los escuchas y te tocas. Sé que te tocas, cierras los ojos y los ves. No me puedes ocultar nada. Claro que lo sé. No te dejan dormir. Pero te gusta. Lo que no te gusta es que peleen. Él es violento; ella sabe insultar. Cuando discuten, no siempre terminan en la cama. Él debe dormir en el sofá. La semana que se fueron de vacaciones los extrañaste. Ponías un vaso contra la pared para amplificar el sonido y escuchar mejor: sólo silencio del otro lado, una semana entera. Fue duro para ti.

¿Y el libro? Te gusta leer mucho. Tienes una pila de libros en la mesita de noche. Ser una persona culta está bien, aunque vas a morir pronto. Por el momento ya no te interesa la historia fragmentaria de este libro, una mala novela. Mejor pensar. Para personajes extraños, tienes suficiente conmigo y con los recién casados. No sabes cómo se llama ella, tan frágil y voluptuosa. Él se llama Rubén. Lo sabes porque ella lo grita; es torturante para ti, grita su nombre cada noche, al otro lado de la pared, mientras te tocas bajo las sábanas y quisieras ser él, Rubén, poderoso, altísimo; lo has visto en su uniforme gris de la Guardia Nacional; quisieras ser él porque tiene una mujer. O ser ella, lo sé, también quieres ser ella, probarte la delicada lencería que deja al alcance de tus ojos en el patio de atrás, secándose al sol, provocadoras, negras, blancas y breves piezas de tela con encaje. Pero tú eres tú. Cuando los encuentras afuera les das los buenos días, o tardes. Te sonríen y fantaseas que te invitan a su casa. Estar en la cama los tres, o con él, o con ella cuando él sale de madrugada vestido de uniforme, la nueve milímetros en la funda, a la cintura, atlético; lo ves subir a la camioneta grande que pasa por él. Ya que se ha marchado, piensas en ella durmiendo al otro lado de la pared, desnuda; imaginas sus caderas, la cintura, los pechos grandes que tiene. La imaginas y recuerdas los gemidos. Quieres ser ella, y él. Estar con ellos. ¡Quieres tantas cosas!
Te quedaste dormido. Anocheció. Es verano. Vamos al patio de atrás. Aun afuera sientes calor. Ellos están en casa. Tienen puesta la música otra vez. Es su preámbulo. Te asomas por la barda al patio trasero de ellos. Luz de luna. Suficiente para ver que la lencería de ella ha quedado, junto con camisas y pantalones de él, en los tendederos. Ya llega la angustia. No debes gritar, no ahora. Se te ha metido una idea en la cabeza desde días atrás. Quieres robar unas prendas, un corpiño, una tanga, el sostén. Te imaginas probándotelas mientras los escuchas hacer el amor del otro lado de la pared. La barda te llega hasta el pecho. Será fácil saltar. De acuerdo, es fácil. Hay que pisar con cuidado. Están ocupados. No te escucharán. Ya estás trepado en la barda. No te llevará ni un minuto. No te verán. Pisa con cuidado. Tu pie se ha atorado en la tubería de los cilindros de gas. Tiras despacio hacia arriba, no se destraba. Sientes las rebabas de la tubería rasguñando tu piel. Vuelves a intentar liberar el pie. Estás atorado del lado de la barda de ellos. Te vienen ganas de reír. Sólo a ti se te ocurre. Mueres de miedo y quieres reír. Apagaron la luz del patio. Han subido el volumen a la música, eso te permitirá hacer un poco de ruido, dar un jalón fuerte para zafar el pie y bajar por la ropa. El regreso será igual, pisarás con cuidado en el tanque de gas. Late fuerte tú corazón, sientes el sudor escurrir por tu cuello. No te arrepentirás. Tomarás las prendas de ella y, cuando estés de vuelta en tu cuarto las olerás, te las pondrás y ellos estarán gimiendo al otro lado de la pared. ¡Ahora! Tiras con fuerza, con demasiada fuerza. Caes junto con los cilindros metálicos de gas, gira tu cuerpo y ves la luna entre las nubes, no sabes si has gritado, si ya terminaste de gritar o vas a gritar, no sabes cuándo vas a terminar de caer, te llevas las manos a la cabeza, te sientes fuera y dentro de ti. Te he visto caer. No es una pesadilla. El estruendo de los tanques resuena en tus oídos, has quedado boca arriba, la luna sobre ti, solo escuchas el chirriar de un grillo detrás de ti. Aguzas el oído. Sigue la música, no prendieron la luz. Tal vez no escucharon nada. Ahora te levantas con cuidado. La casa está en la oscuridad, ya deben estar en el cuarto. Te quieres asegurar. Te arrastras un metro hasta la puerta que da al jardín, han dejado las cortinas abiertas, te asomas a la venta, no hay luz, apenas distingues las siluetas de los muebles ahí adentro, una sombra aparece de pronto en el interior y ves el fogonazo, la luz que entra por tus ojos y te llena, te expande. No hay más dolor, no hay miedo, me escuchas cada vez más lejano. ¿Me escuchas? Ya no podremos hablar con palabras, se acabaron las palabras para ti. Contigo he cumplido. Sólo escuchas el chirrido del grillo, monótono, armónico, exasperante. Esto te sonará extraño. Escucha. No te muevas. Desde el principio de los tiempos los ángeles hemos estado aquí, aun antes de que existiera una palabra para nombrarnos. Nosotros no necesitamos las palabras ustedes las inventaron, mucho tiempo después. Hablamos otro lenguaje. Sabemos el suyo porque a veces necesitamos comunicarnos con ustedes. ¿Me oyes? ¿Comprendes? El ladrón está muerto, deja la pistola, calma a tu mujer. ¿Me estás escuchando, Rubén?

***

Marti Lelis / Libro de los cuentos

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“El tiempo”, de Jorge Marín. Fotografía: Marti Lelis

 

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