Ensayo de juglaría y clerecía. Cap. n° 8

Ni Olivia, ni Fernán, mucho menos Juan Manuel, esperaban la pérdida del zapatito y demás objetos que, aquella tarde, una semana después del desayuno con la Dama de los Duraznos, habían tenido la ocurrencia de llevar a un día de campo en la ciudad. Cada cual se lamentaba por los propios bienes perdidos, desde el mantel que le bordó su madrina a Oli; el Playboy de la conejita tatuada, Juan Manuel; el zapatito, los dados-caramelo, las cajitas de cerillas (única e invaluable colección de arte del juglar), sus libretas de minificciones, Fernán.

La idea de sacar a Juan Manuel de su reclusión solitaria autoimpuesta fue de Fernán. “No sabes, Olivia, lo dañino que puede ser para una persona permanecer aislada”, había dicho Fernán. Olivia sonrió, algo sabría de reclusiones o le haría gracia el contenido irónico de tal aseveración en labios de Fernán: ya le había contado de los siete días durante los cuales descendió al infierno, luego de un preámbulo de cuatro meses sin apenas asomarse a la calle para otra cosa que no fuese comprar unos Delicados o Faros, en la peor época éstos últimos.

Quizás, cuando escuchó ese relato sobrecogedor, Olivia recordó que, su difunto padre fumaba de lo lindo y que no podía estar sin el tabaco, lo cual le daba un curioso “termómetro” de la situación económica y anímica que pasaban en casa (allá, en Zertuche, Sinaloa) o lo que vendría al final de la quincena. Cuando su padre sacaba los Marlboro, no había que temer los arranques histéricos (justificados o no) de mamá; pero cuidado, si papá fumaba Delicados o Alas, la turbulencia y muchos gritos marcarían los cinco últimos días antes de que fuera día de paga. Raras veces lo vio fumando Benson o los Gauloises o Gitane Blonde que quién sabe dónde los conseguía; viéndolo quemar su dinero con estas marcas de tabaco, Olivia podía esperar un par de meses de tranquilidad y amor en el hogar, a veces regalos y salidas a vacaciones. Su padre era chofer de taxi, muy ducho en las tradiciones del volante y los pedales, entre ellas, la más tierna o cursi, según se mire, de llevar colgado en el espejo retrovisor el primer par de zapatitos del primogénito, en este caso, Olivia. Y así he regresado a la cuestión que desde un principio me interesaba comunicar: la pérdida del zapatito de Fernán.

Las digresiones, asunto que me preocupa en demasía porque ya en varias ocasiones me lo han señalado, no son cosa que haga con la mala intención de hacer que los hipotéticos lectores se fastidien, al contrario, porque, por decir, si comienzo hablando de un zapatico que perteneció y, aun, calzó alguna vez Fernancico, es lógico suponer que alguien suelte el libro o la revista o haga clic en el enlace a otro, quizás más entretenido, cuento, o, de plano, apague la computadora y salga a la calle a buscar algo más alimenticio con o sin compañía. Digo, en caso de que no opte por una solución más radical a su aburrimiento como tomar el control remoto para prender su Home Theater y perderse en el delirio Sourround Sound de un odioso thriller con persecuciones, motores, explosiones y balazos que provocan los reclamos y golpes en las paredes por parte de los pacíficos vecinos. No. No, señor. Mis digresiones, ésta en particular, tienden a dar más detalles sobre los personajes (de los cuales soy uno y quisiera ser todos), necesarios para su mayor aprehensión por parte del aprensivo lector (que, en este caso, también soy yo). Señores, señoras: Todo lleva un ritmo. Tal como el ritmo lento, casi suspendido que ahora damos por terminado para dar paso a uno más rápido, diciendo que Olivia, Fernán y Juan Manuel, hacía un par de horas que estaban en la Delegación de Policía levantando el acta por robo. Que para llegar ahí tuvieron que caminar media hora bajo el sol de verano que rostizaba y aletargaba a los osos polares de Chapultepec, tendidos sobre los simulacros de roca, a la sombra, justo donde la vista de Olivia jamás alcanzó y tenían que volver, otro día, a verlos nadar y embarrar sus narices (Olivia y los polares) contra el vidrio del pasaje subterráneo que le permite a los visitantes humanos contemplar la agilidad con que todavía nadan los deprimidos plantígrados, o dar por concluida la contemplación en cuanto el carnívoro incurre en desalojar el intestino ante las cámaras y ojos que lo estaban perturbando.

Pero, ¿a quién se le ocurre llevar a paseo objetos tan personales y queridos?, ¿por qué llevarlos o para qué? Resulta una actitud excéntrica por parte de los caracteres, pudo pensar Fernán. Sin embargo, por más disparatada que parezca  la secuencia de hechos, la explicación es sencilla, transparente y lógica ¿ilógica? Bueno, si el Barón de Munchaussen se rescató a sí mismo de una muerte segura: ¿qué de malo hay en llevar a paseo el zapatico y las cajicas de cerillicos?

Lo preocupante era el aislamiento de Juan Manuel quien, terminando de levantar el acta con la policía, se despidió de sus amigos y fue a recluirse a su cuarto de azotea.

***

Que Juan Manuel desapareciera no inquietó a nadie más que a nosotros. Yo no pienso que se haya suicidado. Lo que pasa es que ya estaba tocado por el mismo mal que yo padezco: el aburrimiento a todas horas. Para combatirlo, el hackeaba; yo escribía, o escribo, tontería y media o cosas que nos pasan. Es decir, ya no tenía gracia para él, así me lo dijo una vez, meterse a los servidores de sitios de Internet, famosos o no. Las primeras veces era emocionante, pero impune: nunca llegarían a buscarte los policías judiciales, aquí en México no, en definitiva no. Tenía descartado emigrar a E.U. Por otro lado, el “robo-hormiga” de los centavos sobrantes en las cuentas electrónicas, cinco aquí, diez allá, aún no lo volvía millonario, supongo, porque si así fuera ni estaría desaparecido, ni estaría viviendo en Ciudad Capital. No le gustaba hablar del proyecto hormiga y nosotros ya lo habíamos olvidado.

Ahora está desaparecido, quién sabe si muerto y tendremos que enterrarlo, Olivia y yo. Nosotros somos su familia y queremos cumplir con su “pliego petitorio”.

Olivia se ha emocionado. No es que no lamente la desaparición de Juan Manuel, sino que celebra que al fin haya dejado de padecer el desánimo generalizado y las incomodidades físicas que hemos estado pasando todos en la ciudad durante el último mes con estos calores horrendos que nos hacen sudar hasta empaparnos los calzones y sentir pegajoso ahí abajo. Ha sido horrible. La señora que lava perdió las cuatro plantas de maíz que había sembrado en la azotea. Es absurdo, pudiendo regarlas a cubetazos o con la manguera; pero no, ella quería sus plantitas naturales, que Kukulcán las regara con su lluvia. Ya ven, es yucateca, la seño.

La cuestión es que tanto calor nos tiene mojados y bebiendo como locos a todas horas. Y si menciono lo tórrido no es por desviarme del “asunto Juan Manuel”, nada de eso, porque ya ustedes saben lo que sucede con un cadáver con temperaturas mayores a treinta; y, la verdad, resultaría embarazoso avisar a la Delegación de Policía, que vinieran por él, padecer preguntas, torturas y sospechas. Además, la carta que nos dejó JM es muy clara al respecto: “¡Que no busque mi cadáver la policía, porque yo sé lo que es una autopsia y no caeré en la ridiculez de verme sometido a una!”. En el resto de la carta hay instrucciones diversas, aventuras, pensó en nosotros, era buen amigo; es. Como si él hubiese decidido no pasar una muerte aburrida, o no ser un cadáver desanimado y, de paso, contagiarnos con la última tontería que se le pudo ocurrir a un hacker nada famoso pero muy eficiente. Tampoco había que incinerarlo. La machina, vaya, heredé a la machina Intel inside. Lo demás terminará, terminaría “en un pueblo: San Juan Chauburgo, no lejos de la ciudad, tres, cuatro horas en auto y busquen a un tal Julián, alias Julianchis”. Olivia aplaudió y agradeció a Juan Manuel que todo esto sucediera justamente en fin de semana, por lo que no se perdería de nada y podría visitar algunos templos “churriguerescos”, no, no son churrerías ni venden chocolate, luego te explico, le dije. La verdad es que Olivia sí sabía lo que quería decir “churrigueresco”, pero en ese momento no estaba para contrariar a su trovador y yo estaba en plan de “te perdono todo”.

Con tanto lío olvidamos el robo de nuestra caja de recuerdos, ya habría tiempo, más adelante, para echarla de menos. La Dama de los Duraznos lucía radiante; el caballero-trovador-juglar-Fernán, parecía animado, pero se cagaba de miedo en secreto: no sabía aún si confiar o no en Olivia para revelarle sus debilidades; y, además, que la desaparición de Juan Manuel lo tenía consternado, en parte, pese a que ya barruntaba una de las jugarretas del muy taimado.

***

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