Paisaje antes de las elecciones en México

ESCRITOS DE LAS CINCO DE LA MAÑANA #142

Paisaje antes de las elecciones en México, con mano y cosas por contar

Lo cierto es que ninguno de los presidenciables ha propuesto la legalización de las drogas, problema raíz que temen solucionar porque tendría repercusión mundial. Mejor pactar, mejor perdonar, mejor dejar hacer y dejar que ese dinero de las drogas siga generando corrupción. Espero que a mis hijos les toque elegir un presidente que quiera solucionar el problema de fondo.

Estos Escritos de las 5 de la mañana ya habían sido publicados, pero permanece la necesidad urgente de insistir:

***

Y como no todo ha de ser leer y leer, escribir y escribir, sobrevivir y sobrevivir, sin jamás contar, hete aquí que el cuento que quiero contar es cuento que parece viejo, pero sólo lo parece; es más, podría decirse que está sucediendo ahora, en cualquier lugar de la nación.

El país gozaba de paz ahí donde no llegaba la guerra y donde no amanecían cabezas en el cofre de los autos, torturados colgando de los puentes y narcomantas de advertencia. Los habitantes que no estaban en la delincuencia, repartían su vida entre honorables profesiones y oficios, prácticas piadosas y una obediencia facilona a la desprestigiada administración de las leyes laicas, o una ciega a las cosas de la Virgen y Dios.

Cada seis años, desde no se sabe hacía cuántos, pero seguro comenzó en el siglo pasado, llegaba el ritual de poner a alguien más en la silla de los poderes. Para esto, los delincuentes recurrían al mucho dinero que poseían en todo el mundo repartido y organizaban un simulacro de civilidad y votaciones, una fingida contienda muy aseada donde lo más que disparaban los candidatos eran descalificaciones. El pacto, sin embargo, ya estaba hecho de antemano: no te metas con mis negocios y tú te quedas con la silla. Y así la guerra era entre comerciantes y sus aliados busca-sillas. Todo giraba en torno a la mercancía prohibida que podía cambiar de nombre, pero cuyo principal poder radicaba en ser prohibida, placentera o muy necesaria para el cliente (al cliente lo que pida, el cliente siempre tiene la razón). Fármacos, gasolina, viajes en el tiempo y el espacio, la reconfortante evasión en el onirismo, el olvido de la muerte o del yo, aunque fuera por unos minutos, unas horas, por unos cuantos pesos o dólares que iban a engordar los bancos extranjeros, eran el robo hormiga de nuestra libertad, la culpa repartida, el qué tanto es tantito, uno más, uno menos, qué importa, que se maten entre ellos, todos menos tú.

Pero como el miedo a la muerte o al cambio global les ganaba, las cosas seguían igual. El escándalo si se le quitaba la etiqueta de prohibido a lo prohibido, el colapso de las bolsas del mundo si el dinero de lo prohibido ahora ya no era prohibido o acuérdate quién te puso en la silla, quién te dejó llegar y los decapitados y dale a seguir las cosas como están, ¿más dinero?, pero no tanto, ya te ayudé, sácale de donde estás, cómprate unos misiles, deja entrar las armas porque los ambiciosos quieren más, todo sea por el capital.

Y así el cuento de nunca acabar.

Hasta que un día, el viejo fantasioso, el soñador, fue a la playa y descubrió la mano que de todas maneras alguien iba a encontrar, pero que sólo de su encuentro con él podría haber surgido el material para la historia que se tenía que contar. Esto ya lo contamos antes, pero se puede contar una y otra vez, siempre de manera diferente, a lo periodístico, a lo novelesco, a lo ensayístico o poemático, a lo dramático o a lo ciencia ficción: posibilidades sin fin.

No se sabe cuántos cuerpos sin una mano encontraron aquel día ni en qué quedó la averiguación después, ni si correspondía el número de cadáveres y manos encontradas, lo que dejó abierto el abanico de posibilidades. No para el viejo. El viejo sólo la encontró y, desde entonces, tuvo tres manos en lugar de dos.

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